(Foto: Especial)

El “Grito” en Guanajuato y en la Capital

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COSAS DEL BICENTENARIO/CENTENARIO

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Fiesta del Centenario Mexico 1910
Fiesta del Centenario Mexico 1910

El “grito” de la provincia era un grito exclusivamente literario, hecho a base de consonantes y de corazón de membrillo para alisar las cabelleras indómitas. Los ripios y el pelo rebelde eran los habituales invitados de la fiesta. Ni siquiera se traicionaba la colación familiar de la noche con alguna extraordinaria vianda servida en una mesa de restaurante. A lo más, el “grito” era pretexto para prolongar la tertulia en una banca del jardín, tronando contra el historiador Alamán por su escaso entusiasmo a favor de la independencia  y de su caudillo principal. Nos parecía poca la sangre ibera con que el Libertador había creído conveniente regar en Guadalajara el precioso arbusto de la libertad. Y quién sabe si hayamos tenido razón. La experiencia enseña que la libertad es una planta de mucho mérito, pero que necesita tener las raíces perpetuamente mojadas en sangre si se quiere ver a los pueblos sombreándose bajo sus follajes. Lo que falta averiguar es si la bondad de tal sombra justifica tan costosa jardinería. De cualquier modo, en aquella banca florida éramos insurgentes de hueso colorado; no existía para nosotros presidente más notable que don Guadalupe Victoria, autor de aquel decreto troglodita que desterraba a los castellanos del territorio nacional. Todo lo que de animación circundante faltaba al “grito” provinciano lo poníamos en aquellas conversaciones, más sangrientas que las matanzas de la Alhóndiga.

El “grito” de la metrópoli ya fue otra cosa. Respondía mejor al florecer de la vida, a la inquietud juvenil y al orgullo que nos poseía, sabiéndonos conterráneos de los insignes caudillos. Orgullo solariego y casi doméstico, que pasaba inadvertido al pie de las montañas guanajuatenses, pero que relucía como una lanza cuando el tren, dejando atrás la estación de Lechería, nos mostraba la gran ciudad, tendida como una cortesana imperial vibrante  de joyas, en las alcobas de la noche. Con efecto, Guanajuato había dado a la causa de la independencia sus héroes principales. En una hacienda de Pénjamo había nacido hidalgo. De San Miguel era Allende, el brillante capitán del Regimiento de la Reina, que no hacía tanto merodeara de muchacho en las huertas del risueño pueblo. Dolores era un castillo de España. Jiménez, aunque potosino, practicaba la profesión de minero en La Valenciana, cuyas montañas le hicieron amar la libertad y cuyos abismos lo habían desposado con la muerte. Los Aldamas eran de san Miguel el Grande; uno había sido el primer embajador de la revolución ante el gobierno de Washington; otro acompañaba a Hidalgo en la toma de Granaditas y en las batallas de las Cruces y Calderón; los dos habían dejado la vida y la fortuna en los pañales de la patria niña. La Alhóndiga se veía desde las ventanas de la casa paterna y los ojos infantiles se habían apacentado largamente en su pétrea leyenda de gloria. Habíamos conocido los campos bendecidos por Hidalgo con la cría del suave gusano de seda y en la del fuerte aguilucho de la libertad; y la mesa donde el cura épico y familiar preparaba la independencia de su país, acusando con una sonrisa la malilla de copas entre dos sorbos de Soconusco. Rafael López. Prosas transeúntes.