Pensar es fácil, actuar es difícil, y poner los pensamientos de uno mismo en acción es lo más difícil del mundo.
Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832), escritor y científico alemán.
Estamos en semáforo rojo, lo que establece la disposición de por seguridad no salir, de mejor quedarse en casa. Sin embargo, para muchas personas es imprescindible tener que salir a trabajar, a comprar alimentos, tratar un negocio, hacer pagos, entre otras urgencias que no facilitan realmente quedarse tranquilamente en casa, si bien se comprenda perfectamente la razón de la instauración de las normas. Los números hablan por sí solos y el número de contagios y fallecimientos han alcanzado niveles inconcebibles en nuestro país, sin que se logren detener debidamente las cadenas de contagio.

El día de hoy, yo tuve que salir para hacer un pago al banco, pues aún si la alerta estuviera señalada con el semáforo en ultra rojo, si no pago la mensualidad, el banco sin duda estará atosigándome con frecuentes y acosadoras llamadas telefónicas, que por unos cuantos pesos que tengo de deuda llegan al nivel de terrorismo financiero, además de cargarme los exorbitantes intereses que se acostumbran descaradamente por retardo, por mínimo que este sea. Así que en estos casos el cruel semáforo rojo no reconoce ni concede ninguna pausa.
Esto también le ocurre por desgracia a los millones de consumidores que deben salir de casa para saldar los abonos mensuales de sus deudas en las tiendas comerciales, de forma imperiosa por las mismas razones antes expuestas. Esto viene a reflejar la desigualdad de condiciones en las que se concibe y se maneja arbitrariamente el desarrollo de esta desmesurada pandemia, en la que a las grandes empresas y empresarios les vale un comino la desgracia del entorno; para ellos no existe la posibilidad de conceder algún tipo de tregua para los deudores, aun cuando ellos sí chillan y patalean exigiendo apoyos gubernamentales para sus «precarias situaciones”, clamando que su lamentable situación financiera no les permite tan siquiera contar con los recursos suficientes para comprarle el modesto cochecito del año al junior como regalo de Santa Claus, o hacer pucheros porque ahora no podrán ir a festejar en familia a Las Vegas y los pobres se tendrán que conformar con irse sólo un par de semanas de vacaciones a Cancún.
Voy por la calle tratando de tomar las precauciones de distanciamiento, usando cubrebocas y con el gel en la mano para ponerme cada que toco algo. En el camino se da uno cuenta de que realmente hay muchos ciudadanos que tratan seriamente de cumplir con los protocolos de seguridad, plenamente conscientes de que los contagios están a la orden del día y que cada vez toca más de cerca enterarse de amigos, familiares o parientes contagiados. Por cierto, camino tarareando “Somos Novios” y pensando que en las primeras horas del día de hoy murió Armando Manzanero de Covid-19 y el pequeño gigante compositor yucateco se suma a las terribles estadísticas de México.
Tal vez se trate sólo de especulaciones, pero se alcanza a apreciar que algunas personas no cumplen las disposiciones de prevención por razones de ignorancia, todos esos que en su diario trajinar, en realidad casi no tienen tiempo para reparar en las noticias, y que para ellos es realmente imperioso tener que salir a conseguir los recursos del día para poder darle de comer a la familia, con un genuino nivel de angustia por las carencias, que les llega a impedir incluso la capacidad de adquirir un cubrebocas.

Pero también observa uno con gran preocupación cómo a muchos individuos la situación riesgosa les vale y hasta parecen mostrar en su semblante un gesto de altivez y hasta un globito, como en los comics, en el que vociferan: «pendejos alienados con tapabocas», con una actitud de necedad, esa maldita condición habitual de tiempo completo, de cerrarse a escuchar las voces de la prudencia, necedad que van insolentemente escupiendo por las calles con una flagrante estupidez.
Echar la culpa de este tipo de conductas, en realidad no resuelve nada, pero no puede uno pasar por alto la forma como se conducen nuestros líderes políticos de alto rango, empezando por el mismo presidente. Es realmente lastimoso contemplar los efectos negativos de actitudes que han desvalorizado el trabajo en equipo, negándose a pesar de los fatales resultados mostrados en el manejo federal de la pandemia y que están a la vista de todos, a convocar y escuchar otras voces expertas y de liderazgo para reorientar las estrategias.
Todo ese cantar mañanero, modulado a voz pausada y nunca sin cubrebocas, manifestando que todo va bien, que ya vamos saliendo de la crisis, que la economía está mejor que nunca, además de esa postura moralina con la que se pretende dar ejemplo de austeridad republicana, pregonando que sólo necesitamos un par de zapatos y de que le basta cargar junto a la imagen del «detente enemigo, el corazón de Jesús está conmigo», la frugalidad de doscientos pesos en la billetera. Sí, doscientos pesos que le han durado por años, probablemente desde que era un «luchador social» allá en Tabasco, pasando por su período como Jefe de Gobierno del Distrito Federal y luego por más de doce años de campaña para la presidencia de la república ¡Vaya con esos inagotables doscientos pesos con los que ha podido mantener a toda su familia!, ya que por desgracia, a cualquier otro ciudadano común, esta cantidad puede que ni le alcance para costear una semana del imprescindible transporte a su trabajo.
¿Otros culpables? Pues claro que sí, también son responsables de esta situación de penuria las autoridades del pasado, todos esos políticos rapaces que crearon un monstruoso sistema corrupto. Políticos cuya codicia les hacía desviar hasta los recursos destinados a hospitales y escuelas, para llenarse los bolsillos: «Un político pobre es un pobre político», decían con cinismo y jactancia. Un sistema que ha provocado la generación de un enorme sector empresarial ilegal que representa casi el 50% de la economía global en México, con trabajadores que no cuentan con seguridad ni en salud, ni en fondo de retiro, ni para ninguna contingencia. Un sistema que dejó crecer y diversificarse en decenas de formas espantosas, a la criminalidad y delincuencia, que en algunas regiones se han constituido en los poderes de facto que, impunemente hasta el día de hoy, también cobran impuestos, puesto que el actual gobierno solamente ha tratado de combatir a «los malos» con abrazos y besos, o en el peor de los casos, con acusaciones a las mamás por la mala conducta de sus hijos descarriados.
Este año veremos nuevamente el circo de la cargada. Con la alianza nefasta de Morena con el PT, PVEM y PES, mofándose, sin morderse la lengua, de la otra alianza grotesca que trata de establecer el PRI, PAN y PRD. Seremos testigos una vez más de los brincos y piruetas de los políticos resentidos, hombres y mujeres, que según ellos no fueron justamente considerados para puestos importantes, buscando acomodo en otros bandos, con el único fin de lucrar, de sacar tajada, de sólo velar por sus propios y egoístas intereses. Finalmente, para muchos corruptos ir a Morena significa que sólo basta la absolución del jefe, para que todas sus fechorías políticas realizadas en el pasado sean debidamente purificadas y pasar a formar parte de la lista de la honestidad transparente.

Las promesas estarán a la orden del día, cada uno de los aspirantes a cargos públicos clamarán que tienen la fórmula de conducir a México hacia un futuro radiante, un escenario ideal nunca antes visto. Presentarán un amplio análisis de las fallas de los gobiernos pasados y de sus contrincantes. Todos se sacarán sus trapitos al sol, todos expresarán que tienen los pantalones bien puestos para combatir la inseguridad, que en cuanto asuman el cargo acabarán con la pandemia, que mejorarán la economía y crearan millones de empleos. Unos harán apología de la cuarta transformación, pero sin mostrar las evidencias, más allá de los programas asistenciales electoreras, los opositores criticarán y jurarán que ya cambiaron, que ellos sí saben gobernar y que ya no son corruptos. Pero por favor, para unos no bastan las justificaciones y pretextos, diciendo que van muy bien y que sólo falta un poco de tiempo para alcanzar el México soñado. Para otros no bastan las promesas, ni el pedir perdón de rodillas por el pasado, se requiere la legítima denuncia de los actos fraudulentos y la garantía absoluta de la reparación de los daños. Sólo así podremos empezar a tener un mínimo de confianza en un sistema político que hasta hoy sólo se ha mostrado sinvergüenza.
Bueno, me digo mí mismo, por ahora ya mejor le corto a mis cavilaciones, ya me desfogué por un rato escribiendo esto. Pero debo expresar con sinceridad que nunca voy a perder la esperanza. México es tan grande que a través de su historia ha podido resistir el pesado lastre de una añeja corrupción e ineficacia política, que prevalece y sigue haciendo daño hasta el día de hoy. Pero el pueblo despierta y se va a dar cuenta de los engaños, las simulaciones y los fraudes. Finalmente, los ciudadanos llegarán a tomar el control y mediante un análisis juicioso, pronunciarán: “¡Cómo no me había dado cuenta!”. Sí, los gobiernos son para servir a los genuinos intereses de la población, son designados para planificar de forma transparente y participativa su desarrollo en materia de salud, educación y bienestar. Los gobernantes son empleados de los ciudadanos, no tienen dinero para supuestamente destinar dádivas a los pobres, ni para hacer favores a los ricos. Los recursos nacionales son las contribuciones de la población, que deben ser eficazmente invertidos para el desarrollo y crecimiento de la nación, para que efectivamente un ciudadano cualquiera sepa que el país marcha con una economía sana y productiva, que va al mercado y puede adquirir los bienes indispensables para su familia, tener para los hijos una educación de calidad, servicios de salud eficientes; plazas de trabajo suficientes, oportunas y con salarios decorosos; seguridad en las calles, infraestructura y procedimientos administrativos que faciliten emprender, innovar y crear, todo lo cual permitirá, entonces sí, generar condiciones de paz y no la atmósfera de simulaciones politiqueras que nos tienen invadidos e inseguros.
La esperanza existe y se vislumbra. Depende de nosotros.

