El espacio de Escipion

Con la Iglesia de León XIV hemos topado

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Mientras muchos celebran, otros se lamentan y algunos más cuentan los días para que la era de Donald Trump llegue a su fin, los ultracatólicos mexicanos, sin demasiado disimulo, trabajan a marchas forzadas para convertir 2026 en un año de “resurrección”. Y no es una metáfora gratuita: la fe católica es la que más ha retrocedido en las últimas décadas en México, al pasar de alrededor del 88 % de la población en el año 2000 a 77.7 % según el Censo del INEGI de 2020, con estimaciones recientes que la sitúan ya en 76.4 %. Peor aún es el dato de confianza institucional: de acuerdo con el Pew Research Center, apenas alcanza el 59 %. Un panorama nada sencillo en una sociedad atravesada por una proliferación de denominaciones religiosas que, poco a poco, han llevado almas a su propio molino celestial.

Como buenos estrategas de la fe, los ultracatólicos no están dispuestos a quedarse de brazos cruzados mientras sus filas se adelgazan y sus banderas —contra el aborto, la libertad de elección sexual, el reconocimiento de las familias diversas, la unión entre personas del mismo sexo y la emancipación femenina— retroceden frente a sociedades cada vez más progresistas. Faltaba más.

Así, mientras algunos rezan por el retiro definitivo de Trump y otros suspiran por el regreso de tiempos mejores, los guardianes de la moral católica tradicional despliegan toda su creatividad —rosario en una mano y teléfono inteligente en la otra— para reavivar el entusiasmo de los fieles y, si es posible, recuperar a quienes se fueron seducidos por otras “ofertas espirituales”. De paso, buscan colarse en las agendas de partidos políticos y gobiernos locales y nacionales para corregir, a su juicio, las desviaciones de las sociedades mo-der-nas.

La competencia celestial en la tierra es feroz: testigos de Jehová, pentecostales, coaching motivacional disfrazado de plegaria; cada quien jalando para su santo —literalmente— y dejando a la Iglesia católica el desafío de no perder el paso en esta maratón por la salvación de almas. Pero no se trata sólo de fe: detrás de este nuevo versículo hay también intenciones políticas diversas que no conviene perder de vista.

Creer o no creer —según el lugar desde el cual se mire— resulta secundario frente a una maquinaria eclesiástica que parece recién aceitada tras el papado de Jorge Bergoglio y la llegada de Robert Prevost, ambos cardenales formados en América Latina y con una marcada vocación social. Para algunos, incluso, demasiado progresistas y alejados de las posiciones que pregonan los defensores de la vela perpetua, desde el PAN hasta El Yunque, MURO, FRENAA o alguna nueva expresión del conservadurismo militante.

No es que 2026 vaya a estar necesariamente saturado de procesiones, jornadas masivas de oración con hashtag incluido o apariciones marianas por Zoom. Lo relevante es que, tanto desde el interior del segundo piso de la 4T como desde la oposición, comienza a perfilarse una corriente que apuesta por una “resurrección” de las relaciones entre México y el Vaticano.

Por ahora, el gobierno mexicano eligió el día de la Virgen de Guadalupe para extender públicamente la invitación al Papa. Detrás del gesto, se asume que una eventual visita no sólo implicaría su reconocimiento como jefe de Estado y líder religioso, sino también la expectativa de una bendición simbólica ante las embestidas derivadas de la nueva redistribución del poder mundial.

No faltarán las rabietas de algunos cuadros jacobinos de la 4T que rechacen la visita del estadounidense-peruano Robert Prevost, quien eligió el nombre de León XIV, y el mensaje que representa. Para ellos, su misión sería apuntalar a los trasnochados del imaginario cristero o a los próceres de una nueva derecha mexicana, atrapada entre ultraconservadurismo doctrinario, liberalismo al estilo Milei y Trump, y la nostalgia colonial de la Nueva España.

Habrá críticas contra la Iglesia católica y todo lo que simboliza, aun cuando exista una línea institucional que plantea conmemorar el movimiento cristero como una oportunidad para la reconciliación nacional, en un contexto de presión geopolítica ejercida por la mayor potencia del mundo. De no manejarse con cuidado, este episodio podría convertirse en un nuevo factor de polarización que entorpezca los ya frágiles gestos de buena voluntad entre el Estado mexicano y el Vaticano, deteriorados desde la llegada de Andrés Manuel López Obrador al poder.

Y no ha sido fácil, en parte, porque los propios prelados católicos han sido víctimas —o, en el mejor de los casos, comparsas— de la violencia criminal. Entre 2000 y 2025, según el portal Pájaro Político, 84 ministros de culto de distintas religiones han sido asesinados en México, con mayor incidencia en Ciudad de México, Guerrero, Chihuahua, Chiapas y Veracruz. Destacan, por supuesto, los dos sacerdotes jesuitas ejecutados en Chihuahua, orden a la que pertenecía el Papa Francisco, cuyos asesinatos y el trato recibido por el aparato propagandístico del oficialismo influyeron en que no visitara México por segunda ocasión.

Ante una eventual aceptación del Papa León XIV, se prevé un intercambio de mensajes entre el gobierno de Claudia Sheinbaum y el Vaticano para recomponer distancias y reproches. Para ello, el nuevo pontífice deberá antes afinar 153 nombramientos episcopales, incluidos 92 obispos clave para la pastoral cotidiana de su pontificado, lo que implicará también la salida de figuras designadas durante el papado de Juan Pablo II.

Por lo pronto, el semanario Desde la Fe, vocero de la Arquidiócesis de México, anticipa que una eventual visita tendría como propósito encomendar el pontificado de León XIV a la Virgen de Guadalupe, en el marco de la cercanía de los 500 años de las apariciones guadalupanas. “495 años después, seguimos necesitados de la intervención divina para pacificar esta bella tierra y unir nuevamente al pueblo de Dios”, señala el semanario, que recuerda al Papa como “mensajero de paz” en un contexto nacional marcado por la violencia. De paso, lanza preguntas incómodas a sus feligreses: “¿Cuántos bautizados participan en la desaparición de personas? ¿Cuántos en los asesinatos y la violencia? ¿Cuántos promueven el aborto como un derecho?”.

Ante esta plegaria, muchos optamos por hacer como si la Virgen hablara en abstracto. Sin embargo, más allá de la fe, la eventual visita papal tiene claras implicaciones políticas y geopolíticas. En un escenario de avance del neocolonialismo, la Iglesia busca también recuperar el predominio de su doctrina: defensa de la vida, centralidad de la palabra de Dios y crítica a la explotación deshumanizada del capitalismo en su fase neoliberal más depredadora. En ese contexto, al gobierno mexicano le resulta estratégico recomponer esa relación, recuperar esa amistad y ese respaldo simbólico que León XIV podría representar ante los desafíos que se avecinan.

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