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De la Ley de Herodes a Manzana de la discordia: las vicisitudes de un escritor moral, cultural, económica y políticamente incorrecto

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Para los derechistas, criticar a Donald Trump y su intervención imperialista en Venezuela me pone del lado de los chairos que defienden a dictadores; para los chairos, decir que Nicolás Maduro fue un “dictador pedorro tercermundista” me pone del lado de los fachos que aplauden el intervencionismo yanqui. Así que me hice la pregunta: ¿cómo me hubiese respondido mi gurú Jorge Ibargüengoitia a una situación similar?

Y es que Ibar fue el ejemplo de un escritor que no se aceptaba como humorista, pero no dejaba títere ideológico con cabeza: para las buenas conciencias sigue siendo, a sus 98 años de haber nacido, un sátiro satírico que se burlaba del buen vivir al desnudar la doble moral (así lo dicen desde esas ruinas del Cuévano gentrificado); para la neo izquierda revolucionaria (que vive con opulencia burguesa y transforma sin revolucionar) era un escritor reaccionario, sin compromiso con el pueblo bueno y sabio (y que vota con acordeón).

Y es que ese escritor irreverente de humorismo desmitificador (en este momento me la debe estar mentando porque siempre recalcó que no era un Borolas que hacía chistes y que los mitos los hacía él) tuvo la fortuna de vivir de los premios que le dio Cuba y de las becas que le dio Estados Unidos.

“Manzana de la discordia”, una compilación de Cristina Secci, libro editado por Joaquín Mortiz ilustrado con un cuadro de Joy Laville. Al lado, portada de “La ley de Herodes”, reimpresión de la SEP en 1985. La foto ilustra el espíritu del cuento principal del libro.

Imaginen que Maduro le da un premio literario en dólares por criticar al imperio y Donald Trump lo beca por no ser un “escritor comunista” de la ralea de Paco Ignacio Taibo II, y que luego que escribiera un cuento o una novela o artículos periodísticos con ellos como personajes. Posiblemente al primero llamaría “Reduro” y sería personaje de una segunda parte de Maten al León y al segundo llamaría “Don Altrón” y se parecería el médico que le metió dos dedos ahí donde las arañas tejen su nido (ya sé que las arañas no tejen nido, pero recuerden que debe haber metáforas literarias para ganar premios).

Pues todo eso me llevó a releer varios textos de antaño y a leer un tercero.

Primero releí La Ley de Herodes, especialmente el segundo de los 13 cuentos que integran el libro. Publicado en 1967, ya para entonces Ibar había ganado el Premio Casa de las Américas en 1963 con su obra teatral El atentado y en 1964 con su novela Relámpagos de agosto. Recibió mil dólares de mano del revolucionario gobierno socialista cubano, mismos que utilizó para pagar deudas (entre ellas una a don Jesús “Chucho” Valadez, que se infló por los intereses) y para sobrevivir unos años más.

Ganar un premio internacional por hacer sorna de la sacrosanta revolución mexicana era una afrenta a una casta intelectual que podía criticar al clero laico priista, pero no a esa revolución que era una especie de santa madre iglesia con su sagrada doctrina que nos dio justicia social y nuevos millonarios.

Lo anterior lo convertía nuevamente en becable parte de un imperio que en 1955 le había becado con cochino dinero capitalista de la Fundación Rockefeller (Rockefeller Foundation) para estudiar teatro en la ciudad de Nueva York.

Luego de su incursión en La Habana y de lidiar con los camaradas de la isla, en 1969 la Fundación Guggenheim (Guggenheim Fellowship) le dio otra beca.

Así forjó su destino: la revolución le premiaba su sarcasmo hacia la reacción y el imperio le financiaba por mofarse de la izquierda.

En ese contexto surgen dos obras que parecen ideológicamente contrapuestas: la novela Maten al León y el libro de cuentos La ley de Herodes.

La primera es una novela en la que critica a las dictaduras latinoamericanas y vuelve a dar un raspón a la revolución mexicana. La izquierda de su tiempo considera que es una paparrucha dirigida a los tiranos bananeros financiados por el capitalismo; la derecha cree que la sorna incluye a la joven dictadura socialista cubana.

La ley de Herodes es una serie de relatos que hace mofa del ambiente intelectual mexicano. El que le da nombre al libro relata la historia que un escritor, para ser tal acorde con los cánones de la intelectualidad latinoamericana, debe ser crítico y revolucionario (aunque con una vida sibarita, como lo hacían Carlos Fuentes, Octavio Paz y similares).

Jorge Ibargüengoitia. (Fotografía propiedad de los herederos de Jorge Ibargüengoitia)

En ese breve texto, Ibargüengoitia cuenta que para poder recibir la beca de la Fundación Katz debió someterse a cierta exploración en cierta parte corporal, para lo que tuvo que exponer su humanidad ante esos dos dedos que tenían simbólicamente pintada la bandera de las barras y las estrellas. Y remata: “que yo me había doblegado ante el imperialismo yanqui”.

Años más tarde, volvería a hacer mofa de ese espíritu burgués revolucionario en Dos crímenes, donde constituye al Marcos “El Negro” como alter ego que a la vez representa a una casta intelectual mexicana que depende de la subvención gubernamental para poder tener tiempo de escribir ensayos y diatribas contra el gobierno.

Todo lo anterior es la cara de una moneda, pero faltaba la otra. De ahí la trascendencia de Manzana de la discordia, compilación, introducción y edición de textos inéditos a cargo de María Cristina Secci, con excelso prólogo de Juan Villoro y epílogo de Jorge Fornet.

La Secci ya había publicado en 2013, vía La Rana, La realidad según yo la veo. La ley de Jorge Ibargüengoitia. La postura de la autora es que Ibar era parte de sus obras, que se constituía en personaje literario para narrar su biografía tanto en novelas como en cuentos y que el humor no estaba en los hechos en sí sino en cómo el escritor veía la realidad.

Su gran ensayo tiene en La ley de Herodes su base reflexiva, pues en esa secuencia de cuentos Ibargüengoitia exhibe desde la literatura parte de su postura hacia izquierdas de su tiempo y abona al debate ideológico durante la Guerra Fría. A partir de esa plataforma, Sacci recopila textos que se encuentran en las universidades de Chicago y Yale, además de los archivos de Casa de las Américas para crear un texto con unidad, secuencia y sentido (sobre todo sentido del humor). En ellos, Jorge Ibargüengoitia relata sus impresiones sobre la Revolución cubana y la Guerra Fría cultural. Se trata de versiones originales de crónicas y correspondencia que ofrecen una perspectiva de la relación del escritor con La Habana, sus políticos y sus intelectuales.

La obra rescata la versión íntegra de Revolución en el jardín, en la que el autor narra con ironía su estancia en Cuba tras ganar dos veces el Premio Casa de las Américas 1963 y 1964. También exhibe su desencanto con las expectativas políticas de la isla.

Señala a sus compañeros de viaje, la participación en un simposio financiado por Estados Unidos. Dice cómo vio a los intelectuales latinoamericanos desde dos miradas: la del escepticismo y desde la ironía.

Villoro plantea a Ibargüengoitia como un símil de Nuestro hombre en La Habana, de Graham Greene, que en vez de mandar reportes falsos a la CIA hace de la candonga con un reporte que exhibe a la Revolución Cubana a ritmo de carcajada o al menos de risa sutil.

Secci explica con rigor y orden cómo Jorge Ibargüengoitia navegaba en su barco de guasa literaria en las aguas de los mares del imperialismo y los mares de la revolución. Le da un gran uso al expediente 162 que está en la Casa de las Américas y muestra cómo es que el escritor es apapachado hasta la ignominia, al grado de hasta cobrar por adelantado una conferencia y ser un pachorrudo para cumplir compromisos contraídos, para pagarles con textos con su característico humor irreverente y anda favorable a una revolución que todo intelectual decente debía aplaudir.

Sucesivamente: una de las tantas portadas en las diversas ediciones de “Maten al león”; portada de “Dos crímenes”, que alude a una historia desarrollada en San Miguel de Allende convertido en el trasunto literario de Muérdago; y “La realidad según yo la veo”, gran ensayo de Cristina Secci, publicado en 2013 por La Rana.

Otra parte de los documentos fue encontrada en archivos de los Estados Unidos. Secci les da forma, orden y estructura y permite gozar de los gracejos literarios del guanajuatense y permite profundizar en el conocimiento de su peculiar personalidad.

Carlos Ulises Mata, ibargüengoitiano de cepa, celebra lo que llama una “rectificación histórica” el que los libros de Jorge Ibargüengoitia vuelven a circular con portadas que presentan obras de Joy Laville. Gracias, Joaquín Mortiz

Sobre la pugna entre Reduro, al que seguro los médicos yanquis le hicieron la misma prueba que al amigo de Sarita, y Don Altrón, no sé cómo la abordaría el insolente que pasó a vivir su última eternidad a unos pasos de la casa donde nació, allá por los Tepozanes, abajito de la Presa. Se lo voy a ir a preguntar ahora que vaya a visitarlo a su cenotafio, aunque temo que sigue clavado en lo suyo y ni me va a pelar.