María Cristina Alfaro Tecualt
Ese día apenas logré llegar al Franz Meyer porque como siempre, el metro se pone imposible con la lluvia: hasta la madre y leeeeento y otra vez al último día, en esta ocasión, de la exposición de orfebrería novohispana la cual me pareció espectacular.
A pesar de estar rendida por haber calificado tareas casi toda la noche, recorrí por completo la exposición. Tantas veces que había ido a ese museo y sin embargo, ese día había algo distinto en el aire que incluso los custodios de las salas actuaban de una forma rara y nerviosa, como queriendo huir lo más pronto posible de ahí. Conforme avanzaba por las salas me sentí menos acompañada de gente. En algunos momentos empecé a sentir ese frío penetrante que solamente el miedo sabe dar. Me sentía observada. Recordé que años atrás, cuando estaba estudiando la maestría en Historia del Arte, la administración del museo nos invitó a una charla con el entonces director del recinto, quien entre otras cosas, nos explicó que el edificio funcionó como hospital hasta mediados del siglo XX y que tras años de abandono y durante la restauración del inmueble, los trabajadores no dejaban de rumorar que se les había aparecido “La planchada”. No voy a mentir. Por un momento rogué a Dios y a todos los santos porque no se me apareciera pero también ejercí mi autocontrol objetivo y deseché ese pensamiento.
Esa sensación de no estar sola me siguió acompañando a través de las salas y más porque algunas de las áreas del museo ya estaban apagadas, a las 5:30 de la tarde me pareció extraño que ningún custodio me estuviera invitando a irme y como había terminado de ver la exposición decidí entrar rápido al baño porque ya no aguantaba las ganas de hacer pipí. Hice lo que tuve que hacer lo más rápido que pude y antes de que me inundara el cansancio, creí haber visto pasar unos pies con zapatos planos blancos por debajo de la puerta del baño.
Entre sueños la vi con su uniforme blanco perfectamente planchado cuidando mi sueño enfebrecido y al despertar ahí estaba secando el sudor de mi frente enfundada en un hábito blanco. Por un momento me costó entender que había estado soñando con un mundo extraño donde yo era una mujer blanca y libre y no una mujer negra que habla español bozal y que escapó de sus amos bajo la lluvia.
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