Vitrina

El intercambio

Francisco Javier Lemus

Acababa de cruzar la alameda, de eso sí estoy bien seguro, iba un poco dando tumbos y sin mucha prisa de llegar. El clima esa noche era particularmente agradable, fresco tras un día de insoportable calor, las noches de mediados de septiembre tienen esa característica de ser templadamente agradables. Había salido de una fiesta, ya era viernes, pero afortunadamente al día siguiente no tenía que ir a la escuela, así que podía darme el lujo de caminar de la zona de La Merced a la Tabacalera, donde vivía con unos tíos que a estas alturas ya toleraban mis juergas siempre y cuando se limitaran a ser una vez a la semana. Así que caminaba con gran parsimonia, apreciando la ciudad en su silencio, o lo más cercano que hay al silencio.

La realidad es que no se requería ser muy observador para descubrir a la mujer sentada en una de las bancas de la pequeña extensión de la alameda que se extiende hacia Balderas, parecía muy concentrada en lo que estaba frente a ella, pero sólo eran más bancas y unos árboles, con algunas ratas corriendo de vez en cuando. Definitivamente no era la mejor vista de la ciudad, cualquiera hubiera preferido ver hacia la avenida Juárez, al menos se tiene un amplio rango de opciones, desde la Latino hasta el inicio de la plaza de la República.

Pero ella prefería ver el cochambre y basura de una plaza que hasta mal iluminada está. No pude evitar hacer una comparación entre el halo que le daba una luz que estaba detrás de ella —tal vez proveniente de la estación del metrobús— y un espectro. Fue como un chiste personal, pues en ese momento pensé en que al menos si fuera un espectro, podría mañana salir en uno de esos programas idiotas que ve mi abuela en la televisión. Ya me lo estaba imaginando, después de verme en la tele mi abuela no tardaría en llamar para, después de aclarar que me vería mejor con el cabello corto y esos tres pelos de barba, empezar a cuestionarme por caminar tan tarde en la calle, que por qué mis tíos me daban esas licencias, y que ojalá el encuentro con lo sobrenatural me haya dado una lección para ser más obediente; además que seguramente la próxima vez no sería un espectro sino una churpia la que se me iba a aparecer y seguro me iba a hacer ver mi suerte.

Pero mientras me entretenía con esos pensamientos que me hicieron sonreír y hacer una mueca que me imagino bastante estúpida, me topé con la realidad de que ya estaba a unos pasos de la mujer en cuestión. En ese momento pareció que ella también me descubría. Al instante que su mirada giraba para cruzarse inevitablemente con la mía, sentí un escalofrío y mis manos se crisparon dentro de mis bolsillos, lo que me hizo recordar cómo ese jueves por la tarde, mientras caminaba por las calles de la Merced, para llegar al jolgorio antes mencionado, una mujer con un atuendo colorido me miró intensamente y dijo que esta noche los espíritus del centro de la ciudad vibraban con particular fuerza, que tuviera cuidado. Desde luego la ignoré y apresuré mi paso, temiendo que fuera alguna clase de truco para despojarme de los pocos pesos que llevaba encima.

Finalmente sus intensos ojos color miel se cruzaron con los míos, su mirada era serena, pero en el fondo había algo en ella que delataba un dejo de desesperación. En cualquier caso entre el enigma y la belleza, era imposible no quedar atrapado en ella, sentirse dichoso al ser observado por esos ojos, a la vez que estremecido por el nervio y la indecisión.

Afortunadamente fue ella la que lanzó el puente que me permitió hacer contacto, pues con un sencillo buenas noches sentí una conexión instantánea que hacía que lo más profundo de mis entrañas revoloteara como si la mismísima Taylor Swift me estuviera invitando a ir al Oxxo en su jet privado. Era simplemente hipnótico, así que tardé lo que a mí me pareció una eternidad para responder con un sumamente torpe buenas noches. Entonces ella bajó su mirada y de nuevo la llevó a mis ojos y con una familiaridad que invitaba a sentarse y pasar una vida junto a ella me preguntó: ¿A dónde vas? Es algo tarde para estar en la calle, ¿verdad?

Reconozco que balbuceé antes de poder dar una respuesta efectiva, cuando por fin mis neuronas conectaron con mi lengua, a la vez que se esforzaban por reducir la emoción que papaloteaba en mi vientre atiné a responder:

—Voy a casa, aquí en la Tabacalera. Pues sí es tarde, pero afortunadamente las calles están tranquilas, ¿no? Tú qué haces, ¿esperas a alguien?

Sólo esperaba que me dijera que me esperaba a mí, que obvio era imposible. Pero entonces si me decía que esperaba a alguien más, pues sería mejor seguir mi camino y dejar de observarla con mi predecible cara de idiota.

—No, no espero a nadie en particular, sólo espero ver el amanecer, tal vez alguien quiera acompañarme.

Esa frase hizo que mi corazón se acelerara, creo que pude sentir que la presión se me bajaba y volvía a subir, jalé aire tan fuerte que mi sorpresa era notable. Seguro a estas alturas ella sabía que era un auténtico pelmazo, lejos totalmente de la seguridad y experiencia que caracteriza a los galanes de las series. Pero me quedaba la esperanza de que le gustaran los tímidos, eso siempre funcionaba en las películas. Claro, cuando el tímido se ve como Timothée Chalamet, pero la esperanza muere al último.

Sin embargo, antes de poder ofrecerme como el gentil caballero que soy, los manoteos de unos weyes que estaban parados del otro lado de la avenida llamaron mi atención, eran tres tipos distintos, ataviados con ropas muy extrañas, uno usaba pantalones bombachos y una playera de los Toros de Chicago, el otro era claramente un emo, de esos que andaban reviviendo esa moda seguramente, mientras que el tercero usaba pantalones muy entallados y lentes de pasta negros, se quedó atrapado en la misma moda que un tío. Eran un trío muy dispar, pero parecían estar juntos, no decían palabra, pero parecían decirme que no. Seguro eran un trío de acosadores o algo así.

Ella notó que los miraba y volteó a verlos y dijo:

—Oh, ahí están esos tres, no dejan de molestarme. Pareciera que son décadas las que he tenido que soportarlos. Mándalos a freír espárragos y siéntate aquí conmigo.

No hizo falta decir más, por qué razón atendería más a un trío de tipos vestidos de facha tan extraña, cuando tal belleza me hacía tan atenta invitación. No dejé de mirarlos de reojo en caso de que me quisieran madrugar, pero no se veían de ese tipo, en realidad no se veían nada vivos, o sea vivos como para atacarme.

—Tranquilo, sólo les gusta hacer gestos, pero no se van a acercar, saben que no deben hacerlo. —Dijo ella a la vez que sus dedos inspeccionaban un pin que llevaba cerca de la solapa. Y agregó: — ¿Qué significa ese conejo? ¿No eres algo grande para llevar caricaturas en tu ropa? —Dijo ella sin dejar de inspeccionar a Juan Carlos Bodoque.  

Lo de los espárragos llamó mi atención, por qué alguien diría algo así, pensé que tal vez estaba obsesionada con las películas viejas, hechas con traducciones ridículas, pero desconocer a Bodoque, eso sí que ya me parecía extraño, sobre todo porque se veía en sus 20’s, probablemente era de provincia y en su pueblo no hay esas cosas que la gente civilizada conocemos, como el Walmart, bancos, cines, tal vez ni teles para ver 31 Minutos. Así que tuve a bien explicarle que era un personaje de la televisión chilena.

—¿Chileno como el Puma?

Yo dije que sí, aunque para mí los pumas son totalmente mexicanos, mamones, pero mexicanos, nada como mis águilas.

—¡Me lo regalas? dijo, y yo dije: —Te lo cambio.

Por fin la seguridad empezaba a volver a mí, y estaba dispuesto a correr el riesgo de ser bateado, pero no sería la primera, ni siquiera la centésima vez, así que qué más daba.

—Claro, ¿qué quieres? aunque creo que puedo adivinarlo, se ve que eres ese tipo de hombres.

—A qué te refieres, yo soy un caballero, acaso hay algo en mí que te demuestre lo contrario. —Dije, ya haciendo gala de mis mejores técnicas y la seguridad de que estaba cerca de obtener lo que buscaba. Después de todo qué hacía ella aquí sentada de madrugada, no es lo que las típicas niñas de familia suelen hacer, menos aún con tres fulanos extraños que la acosan, así que me hinché de seguridad y dije: —No hay nada de malo en un intercambio, además yo sólo tengo ese pin y se ve que tú tienes muchos besos para dar con esos dulces labios.

Ella agachó la mirada de manera fingidamente tímida, se notaba que no se iba a resistir. Aunque traté de mantener la calma mi corazón latía con fuerza, pues ella pasó su mano izquierda detrás del pin para safarlo de la goma. Fue entonces que sintió mis latidos y posó su mano en mi pecho, algo pareció iluminarse en ella al sentirlo, levantó su mirada que esta vez tenía poco de fingida y mostraba una emoción real. Seguro ya eso la había conquistado.

Entonces se acercó buscando mis labios, aunque fue apresurado, el preámbulo de su beso se sintió eterno, mi pecho explotaba al igual que mi estómago se sentía girar de la emoción. Sin embargo el contacto se llevó toda emoción, todo sentimiento, sus labios estaban helados, fríos como ninguna persona podía estarlo. Sentí desvanecerme y perderme. Fue entonces que la luz del sol cegó mis ojos, percibía el olor de flores pero no me generaban una sola emoción. Escuchaba el ruido de tambores, pero en mí no había sensación alguna, no podía disfrutar del ritmo, de los cambios de tono, todo estaba vacío.

Fue entonces que me vi a mi mismo, estaba parado en la acera de enfrente, mirando con melancolía hacia un vacío. Miraba hacia arriba de la pequeña plaza, hacia el cielo, hacia algo ausente. Los trabajadores de limpia se arremolinaban alrededor mío, no de mi doble que estaba enfrente y tuve que moverme, pues empezaban a adornar con flores el centro de esa placita, donde unas manos se amontonaban tratando de alzar una bandera. Amanecía y un evento estaba por llevarse a cabo.

Caminé en automático rumbo a mi casa, como he hecho todo desde entonces, pues es imposible sentir emoción alguna desde ese día.