Luces de esperanza surgen desde las calles de varias ciudades del mundo. Y no, no son movimientos cualesquiera o tradicionales, porque surgen en respuesta a las provocaciones, abusos y desplantes de los poderosos del mundo por conquistar más territorios, y al mismo tiempo, ser más proteccionistas. Vaya paradoja.
Cuando creíamos que ese lado maldoso de la democracia electoral nos iba a recetar una dosis amarga de candidatos neofascistas triunfadores y que el espíritu neocolonialista iba a sostenerse sin que algún líder mundial o una nación le pusiera topes, límites o siquiera una tarjeta amarilla a los desplantes de la “Doctrina DonRoe” imponiendo aranceles, amenazando con ocupaciones o intervenciones, invadiendo naciones como Venezuela sin respeto de sus propias leyes o tener una cartera abierta para comprar territorios o rutas marítimas, terrestres o aéreas con el fin de recuperar esa grandeza que han tenido los grandes imperios: cooperas o cuello, plata o bala, entre otros lapidarios dilemas.
Pero no todo está perdido. Hace apenas unas semanas advertíamos que, además del Senado estadounidense —donde los disensos republicanos crecen como grietas en una pared mal construida—, existen otros diques de contención política en el corazón mismo de Estados Unidos: gobernadores de Illinois, Colorado, California, Nueva York, Maryland y Minnesota que ya no comulgan con la línea trumpista; una Nueva York con alcalde musulmán y socialista; y una Nueva Orleans que recibe en su alcaldía a una veracruzana, Helena Moreno, por la vía liberal demócrata. Y eso fue solo el principio.
Para sorpresa de propios y ajenos, mientras algunos se desgañitan defendiendo ese modelo de “democracia gourmet” —exclusiva, cara y con derecho de admisión—, las calles se han convertido en auténticos laboratorios de rebeldía y creatividad política. Resulta que las viejas recetas del “te alineas o te alineo” ya no caen tan bien. Ni siquiera en los desayunos de los poderosos.
No es asunto menor. Mientras unos siguen exigiendo la “liberación” de Maduro, como si se tratara de un prócer incomprendido y no de otro engranaje autoritario, las movilizaciones avanzan más allá del discurso fácil y apuntan al fondo del problema: poner un freno al nuevo fascismo y al nuevo colonialismo que se cocinan en el consenso oscuro de una nueva repartición del mundo. En otras palabras: frentes sociales antifascistas y antiimperialistas, sin romanticismos selectivos.
Porque el fascismo de nueva generación no solo desfila con banderas. Mezcla patrioterismo barato, racismo, clasismo y exclusión, y se impone no solo con armas o discursos intimidatorios, sino con mensajes, algoritmos y plataformas que moldean un pensamiento cada vez más dócil y totalitario.
Mientras tanto, la figura del villano global —ese que amenaza con sanciones, aranceles y la eterna intervención— se desgasta más rápido que la batería de un smartphone en plena manifestación. Y aunque intenten convencernos, a punta de titulares huecos, de que el caos siempre es culpa de “otros”, la realidad se filtra: la resistencia se organiza, los escenarios ya no son de sumisión y cuando suena la alarma, no es para esconderse, sino para salir a la calle y recordar que el miedo, como las dictaduras, también cae.
Así empieza a vislumbrarse. En marzo de este año, en Porto Alegre, Brasil, se celebrará la primera Conferencia Internacional Antifascista y Antiimperialista, con el objetivo de articular una respuesta continental frente al fascismo y las agresiones imperialistas, respaldada por organizaciones como el CADTM y la Cuarta Internacional.
Hoy, personalidades de más de 50 países y colectivos artísticos de alcance internacional han firmado un manifiesto para reforzar la acción conjunta frente a las amenazas contra los derechos sociales y la soberanía de los pueblos, además de impulsar el proyecto “ANTIFASCISM: NOW. 2026–2028”.
En lo inmediato —y donde más duele—, la elección especial en el Distrito 9 de Texas dejó una señal clara: un territorio que Trump había ganado por 17 puntos en 2024 vio ahora a su candidata perder por 14. Coincide, casualmente, con las marchas contra el ICE, el desplome en encuestas por la economía y el recordatorio incómodo de la crisis crediticia, de unidad y de solidez política de un régimen que no convence, fractura a los suyos y, de seguir así, podría tropezar en noviembre.
Un golpe electoral, sí. Pero hay más. En Minneapolis y en Minnesota se han vivido paros históricos que paralizaron buena parte de la actividad económica y educativa. El pasado 23 de enero, la Huelga General de Minnesota —bautizada como el “Día de Verdad y Libertad”— cerró más de 300 empresas y golpeó de lleno a la agricultura, el procesamiento de alimentos y la hospitalidad: sectores que, ironías del sistema, dependen de la mano de obra inmigrante que tanto demonizan.
Y no es un fenómeno aislado. En América Latina, Asia, África y Europa, movimientos sociales crecen en repudio a la amenaza expansionista y obligan tanto a las grandes potencias como a los regímenes autoritarios —sí, también a esos que en nombre de la “revolución” sostienen nuevas élites en Cuba o Nicaragua— a preguntarse si resistirían una explosión social de escala mundial. Una que apenas se incuba y cuyo desenlace sería, por ahora, impredecible.
El mundo se mueve desde abajo. De abajo hacia arriba. Para obligar a gobiernos y representantes a no ceder, a no ser condescendientes ni sumisos. Sorprende —y se agradece— que figuras de las industrias culturales estadounidenses desafíen abiertamente la Doctrina DonRoe y su política migratoria: Bruce Springsteen, Bad Bunny, Billie Eilish, Lady Gaga, Sabrina Carpenter, Mark Ruffalo, Robert De Niro, Meryl Streep, y una ola de artistas que portan pines y prendas con mensajes como “ICE Out” o en memoria de víctimas de abusos migratorios.
Y entonces surge la pregunta incómoda: ¿y nuestras estrellitas del espectáculo, por qué tan calladas? ¿Dónde están los progresistas mexicanos de las industrias culturales? ¿Y las organizaciones sociales y partidos que se dicen libertarios, socialistas o de izquierda, ya habrán entendido que la unidad contra el neofascismo y el neocolonialismo no se construye desde el sectarismo, el personalismo o la defensa de élites que han engañado al pueblo?
Esto apenas empieza. Y nadie debería fingir sorpresa.
