El fallecimiento de Jürgen Habermas sacudió profundamente al mundo occidental. El pasado 14 de marzo se apagó la voz del último gran representante de la histórica Escuela de Frankfurt, el pensador que revisó, ajustó y actualizó las tesis de Carlos Marx, y que situó la acción comunicativa como pilar de la razón, de la comprensión de la democracia y de la soberanía popular.
Habermas fue un teórico complejo, exigente en su lectura y asimilación; sin embargo, logró atraer a un amplio número de seguidores a lo largo de su trayectoria. Su obra cumbre, Teoría de la Acción Comunicativa —compuesta por dos volúmenes y un complemento—, ofrece herramientas críticas fundamentales para analizar fenómenos contemporáneos como la polarización y la desinformación. Bien podría considerarse lectura obligada para quienes ejercen el gobierno y la política.
En el contexto actual de nuestras sociedades, donde las imágenes digitales tienden a dominar la conciencia colectiva, el ruido mediático y las percepciones distorsionadas nos bombardean de manera constante. En este escenario, las ideas de Habermas adquieren un valor renovado y deberían ocupar un lugar central en la enseñanza de la ética política y la comunicación social.
El ciberespacio y la sobreabundancia de información han generado una fragmentación del sujeto y una suerte de parálisis cognitiva, en la que el diálogo auténtico se ve amenazado por la manipulación y la propaganda, orientadas únicamente a la conquista del poder por el poder mismo.
Como ya advertían pensadores como Guy Debord, Gilles Deleuze y Félix Guattari, el capitalismo ha transformado nuestra manera de comunicarnos y de percibir la realidad, desplazando la escritura pausada por el impacto visual inmediato (“sociedad del espectáculo”), que hoy desempeña un papel determinante en la configuración de nuestra vida cotidiana y en la elección de quienes nos gobiernan.
La propuesta de Habermas consiste en recuperar el diálogo racional y el entendimiento mutuo basado en la convicción, no en la manipulación ni en la imposición. Va más allá: este entendimiento debe ser la base de toda construcción democrática. Se trata de convencer, no de vencer; de rechazar la idea de que cualquier medio, incluida la mentira, es válido para alcanzar un fin. En este sentido, el lenguaje se convierte en instrumento de racionalidad crítica y de emancipación.
El legado de Habermas no reside únicamente en su teoría, sino en su constante invitación a construir espacios de deliberación y entendimiento, incluso en medio de la incertidumbre y el ruido del capitalismo tardío. En este sistema, el nuestro, el Estado asume la responsabilidad de evitar crisis económicas y estallidos sociales mediante regulaciones y políticas de bienestar; sin embargo, al hacerlo, pone en evidencia que el orden social no es “natural”, sino una construcción política que requiere ser validada por la ciudadanía.
En este marco, Habermas identifica cuatro crisis del capitalismo actual: una crisis económica, cuando el sistema no logra generar riqueza suficiente ni garantizar el consumo de manera estable; una crisis de racionalidad, cuando el Estado es incapaz de responder coherentemente a las demandas contradictorias del mercado y de la sociedad; una crisis de legitimación, cuando los ciudadanos dejan de confiar en la autoridad política al percibir que esta favorece intereses particulares; y una crisis de motivación, cuando el sistema sociocultural deja de producir los valores que impulsan a los individuos a participar en la vida social (el nihilismo).
Hasta aquí hemos intentado esbozar apenas algunos rasgos de la obra de Habermas, mientras seguimos recibiendo imágenes y mensajes que moldean percepciones y nos asedian desde el ciberespacio; en un mundo poblado por drones, robots, contenidos digitales y posverdades generadas por inteligencia artificial, así como por magnates neofascistas y disputas neocolonialistas que tratan de dominarnos en nombre de la “libertad” y “la democracia”.
Hace unos treinta y tantos años, quien esto escribe, abordaba desde las aulas la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM las obras de Jürgen Habermas en un contexto distinto tanto en México como en el mundo; ahora el capitalismo ha superado con creces a la razón. Estas pinceladas del pensador entenderse como un llamado a rescatar la razón comunicativa frente a esa razón instrumental del sistema; a reivindicar una democracia deliberativa fundada en la verdad, la rectitud —es decir, en la ética pública— y el respeto a la esfera pública donde se deben construir esos entendimientos.
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