El espacio de Escipion

¿De qué se ríen los súbditos del Escudo de las Américas?

Vaya capacidad de reinvención tiene Donald Trump para poner al mundo entero en ataques de angustia y desesperación. A un año de su segundo mandato, sus derrotas las disfraza con nuevas estrategias y victorias simuladas. Si escala el escándalo de los expedientes Epstein, del que no logra desprenderse, amenaza con invadir Venezuela y lanza advertencias contra México y Colombia; si la Corte de su país le quita el garrote arancelario con el que pretendía arrodillar a sus socios comerciales, entonces toma una metralleta política y apunta contra Irán, arrastrando consigo a Israel y a lo que queda de sus aliados en la OTAN.

A pesar de todo, Trump sigue moviendo las piezas del tablero internacional a su conveniencia, y eso aterroriza tanto a sus conciudadanos como al resto del planeta. Ante cada derrota o crisis, su reacción vuelve la mirada hacia los países al sur del Río Bravo, especialmente hacia el nuestro. En México observamos con cautela, conscientes de que cualquier decisión impulsiva desde Washington puede traducirse en consecuencias directas para nuestras economías, nuestra seguridad y nuestra estabilidad política. Se trata de un juego de tensiones permanentes, donde las alianzas y las amenazas se redefinen constantemente, y donde Trump manda, se autoprotege y manipula al Derecho Internacional.

En esta nueva etapa, Trump se rodeó de doce fieles aliados —o lacayos, según se mire— entre los gobiernos derechistas de América Latina para impulsar el llamado Escudo de las Américas, al cual se sumaron otros ocho países mediante una Declaración de Seguridad Conjunta que anuncia una ofensiva militar de gran escala contra los cárteles de la droga… o ese es el pretexto. El mandatario fue contundente al afirmar que ya han actuado contra Venezuela y contra el Tren de Aragua, y que también lo harán en Cuba, aunque —según dijo— después de resolver el conflicto en Medio Oriente.

Como es su costumbre, remató sus declaraciones acusando que en México gobiernan los cárteles, lo cual, según él, “no puede ser posible porque están demasiado cerca de nosotros”. Y esta es la frase más preocupante. ¿Qué anuncia realmente? ¿La formación de una especie de mini OTAN latinoamericana subordinada a Washington para operar contra otros gobiernos del continente que no sean ideológicamente afines? ¿Una nueva arquitectura de seguridad hemisférica fundada en la obediencia ciega? ¿O no se trata en realidad de la seguridad ni del combate al narcotráfico, sino de las riquezas del subsuelo de nuestros territorios?

Surge entonces la pregunta inevitable: ¿qué pretexto utilizaría para enviar fuerzas armadas a nuestro país si así lo decidiera? Tal vez no como invasores formales, pero sí para operar con o sin autorización, con el argumento de detener a cualquier persona acusada de colaboracionismo o de narcoterrorismo.

El discurso de Trump frente a estos presidentes subordinados no es una ocurrencia aislada ni un episodio sin conexión. Forma parte de la construcción de acuerdos con gobiernos ideológicamente afines para reforzar su proyecto político, el cual, por cierto, muestra signos de desgaste dentro de su propia narrativa de Make America Great Again. Y no dudemos, que si logra afianzar su estrategia, veremos operando halcones político-militares estadounidenses en la elección de 2027 y, sin duda, del 2030.

Apenas el 14 de febrero de 2026, durante la Conferencia de Seguridad de Múnich, el vicepresidente Marco Rubio declaró que Estados Unidos y Europa comparten una “civilización occidental” forjada por una historia común, la fe cristiana, la cultura y sacrificios ancestrales. También advirtió que la migración masiva sin fronteras amenaza la cohesión social y la supervivencia de esa civilización. Resulta, cuando menos, paradójico que un político de origen cubano defienda estos valores mientras respalda políticas que incrementan la tensión y la polarización en la región.

Más allá de los discursos, ninguno de los gobiernos que acudieron a esta iniciativa escapa a la estrategia energética de Estados Unidos. En el fondo, Washington busca asegurar el control sobre el llamado Triángulo del Litio y sobre las tierras raras que representan las enormes riquezas minerales de Chile, Argentina y Bolivia, sin dejar de lado el peso estratégico de Perú y Venezuela.

Esta narrativa, cada vez más dominante en el escenario internacional, muestra cómo la política exterior estadounidense se ha transformado en un juego de símbolos, declaraciones y alianzas estratégicas. El Escudo de las Américas, más que una iniciativa de seguridad, parece un instrumento para reforzar el liderazgo regional de Trump y proyectar una imagen de control frente a los desafíos globales que convenza a los estadounidenses que ya tiene asegurada la seguridad energética para un siglo. Mientras tanto, los países latinoamericanos con gobiernos progresistas deben navegar entre presiones externas, el riesgo de intervenciones y la necesidad de proteger su soberanía en un panorama cada vez más incierto y polarizado.

Las risitas y reverencias de los súbditos del Escudo de las Américas —a quienes sólo les faltó entregar las escrituras de sus territorios— se convierten así en piezas de un complejo tablero geopolítico, donde cada movimiento y cada declaración puede detonar nuevas crisis o redefinir alianzas.

El desafío para nuestro gobierno es actuar con inteligencia y prudencia, evitando caer en provocaciones. Habrá que esperar, en todo caso, a que sean los propios estadounidenses quienes terminen por acotar a su presidente y a sus desplantes.

Se aproxima la elección intermedia del próximo 3 de noviembre, y los pronósticos no son optimistas para los republicanos ni para Donald Trump. Una derrota contundente podría convertirse en el primer juicio político de facto sobre su segundo mandato.  Y como diría Kalimán: serenidad y mucha paciencia”.

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