Museo del Café

Jürgen Habermas, filósofo, y Yolanda Montes “Tongolele”, vedette: un encuentro disímbolo

En 1989, el filósofo alemán Jürgen Habermas quedó deslumbrado por la vedette Tongolele cuando visitó la ciudad de México. El integrante de la segunda generación de la Escuela de Frankfurt que actualizó al marxismo y fue base para una postura de pensamiento crítico que lo mismo cuestionó al nazismo que al socialismo real, declaró su admiración a una bailarina exótica que seducía a las masas y con la que el sociólogo comprobaría su teoría de la acción comunicativa.

El texto es de Felipe Gaytán Alcalá, en alusión a una anécdota narrada por Francisco Gil Villegas, profesor investigador de El Colegio de México y testigo del encuentro entre ambos personajes:

En 1989 el Instituto Goethe en México a cargo de Tilman Waldraff, organizó, junto con otras instituciones académicas entre ellas la UNAM, un ciclo de seminarios y una conferencia en el que participaría Jürgen Habermas. La conferencia se llevó a cabo en el Antiguo Palacio de Medicina en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Los comentaristas esa noche fueron José Pérez Gay y Francisco Gil Villegas. Si el lector desea conocer el contenido y los incidentes de esa conferencia sugiero revise la crónica que el propio José María escribió en la Revista Nexos (https://www.nexos.com.mx/?p=5621) como también la rueda de prensa en el que participaron tanto Habermas como Francisco Gil Villegas y José María Pérez Gay en el Instituto Goethe y publicada en el diario El Nacional el 12 de septiembre de ese mismo año. La referencia más amplia aparece en el Libro Los profetas y el mesías del mismo Francisco Gil Villegas editado por el Fondo de Cultura Económica en 1996.

Después de esa conferencia de prensa en el Instituto Goethe, los organizadores querían llevar a Habermas a recorrer algunos lugares turísticos de la CDMX. Él heredero de la Teoría Crítica se negó, no quería ser acompañado por funcionarios de la embajada alemana o del Instituto. Waldraff sugirió entonces lo acompañara Francisco Gil Villegas a lo que él accedió. Caminaron hacia la Glorieta de los Insurgentes y Habermas preguntó si había una estación del metro cerca. Francisco Gil Villegas asintió y en ese instante el pensador alemán le dijo

—Nos vamos en el metro, no pase a recogernos y por favor no nos siga.

Asombrado y preocupado Gil Villegas le comentó los inconvenientes de trasladarse por ese medio. Habermas reiteró su petición de trasladarse sin compañía en este tipo de transporte para conocer el centro de la CDMX.

Quizá el viejo profesor, heredero de Adorno, decidió explorar los mundos de vida bajo tierra de la gran metrópoli junto con su esposa que lo acompañó en el viaje a México. Pero la preocupación de Francisco Gil Villegas no se disipó. Según lo expresó temía que al día siguiente apareciera en las notas periodísticas “Profesor alemán desapareció en el Metro” y otra más que dijera “Profesor de El Colegio comparece en la Fiscalía por desaparición de académico alemán”. Esto generó risas cuando lo platicó con José María Pérez Gay.

Los organizadores, incluido el director del Instituto Goethe, estaban preocupados por la elección de viajar en metro de Habermas cuya personalidad siempre amable pero  al fin alemana, quizá chocaría con el jolgorio, el ánimo festivo y el cansancio de los que usan ese transporte. Pero él no tuvo contratiempos de andar en Metro, como si fuera un usuario asiduo a desplazarse por ese medio.

Posteriormente, la conferencia en el Centro Histórico de la CDMX transcurriría sin contratiempos. Los organizadores decidieron ir a cenar al Café Tacuba, un lugar emblemático del Centro Histórico muy cerca del Palacio de Medicina y al cual podían ir caminando para evitar el infernal tráfico de la ciudad o, en su defecto utilizar el Metro ahora de la mano de Habermas.

Llegaron al famoso café, hablaron con el dependiente quien ya les tenía un lugar reservado en la planta alta pues el local estaba lleno y por el número de personas era el mejor lugar. Subieron y se instalaron en una gran mesa. A un lado de ellos, en otra mesa, había un grupo de mujeres que departían alegres pero que guardaron silencio al ver llegar la comitiva de un grupo de hombres y mujeres que parecían más académicos que políticos. Todas en esa mesa se preguntaban quién era el personaje famoso al que acompañaba ese séquito de profesores, acólitos, y mujeres (ellas eran las traductoras de la conferencia y la esposa Tilman Waldraff) ¿Quizá un embajador o un ministro de otro país? Entre esas mujeres que veían desde la mesa llegar a la comitiva estaba Yolanda Montes mejor conocida por su seudónimo artístico de Tongolele, famosa vedette y una mujer de belleza incomparable quien era el centro de atención de lugar antes que llegará la comitiva.

Tongolele miraba con insistencia a la mesa. Quería descifrar quién había osado robarle su momento de gloria. Tal fue la mirada insistente que Tilman Waldraff, director del Instituto Goethe, preguntó a Francisco Gil Villegas quién era esa mujer y porqué los veía de esa manera. Francisco Gil Villegas explicó que ella era una estrella en México y que los veía porque no los reconocía. La explicación fue seguida de manera atenta por Jürgen Habermas quien escuchó las hazañas cinematográficas de esa mujer. Terminando de escuchar los relatos idílicos sobre Tongolele, el viejo profesor alemán se levantó de su silla y fue hasta la mesa de aquellas mujeres. Se dirigió a Yolanda Montes y en un diálogo en inglés, idioma que ambos dominaban y, bajo la mirada de Francisco Gil Villegas, Habermas se acercó a ella  y dijo:

“Soy un admirador suyo”, acto seguido le tomó la mano y la acercó a su rostro simulando besarla.

Tongolele acertó a decirle “gracias”, mirándolo fijamente.

Yolanda Montes habrá imaginado que aquel personaje extranjero, si bien era importante también era un admirador suyo. Simplemente sonrió.

Habermas regresó a su lugar y los asistentes quedaron intrigados por la charla. Al final, Tongolele se retiró antes que los invitados por el Instituto Goethe. Levantó la mano despidiéndose de Habermas a la distancia. Ella nunca perdió su lugar como la diva de la noche mientras que el profesor comprobó la potencia de su concepto de acción comunicativa.

Después de esa cena, y conociendo la anécdota, José María Pérez Gay propuso a Francisco Gil Villegas escribir un ensayo sobre este encuentro. Gil Villegas lo prometió, pero nunca lo escribió.

Este es un relato contado por Francisco Gil Villegas, recuperado por Felipe Gaytán Alcalá, uno de sus alumnos que busca registrar la memoria de estos sucesos que marcaron la vida cotidiana de los grandes pensadores en la CDMX.