El espacio de Escipion

“La iztapalapación”, el estigma del reaccionario capitalino

Esta semana, en la alcaldía Iztapalapa, se celebrará (¡por 183ª vez!) el Vía Crucis, lo que atraerá a miles de fieles católicos de México y de todo el mundo. Pero, por supuesto, lo realmente importante para las redes sociales es lanzar una de las campañas de estigmatización más creativas y ofensivas: “la iztapalapación”. Porque, ¿cómo podríamos sobrevivir sin memes y etiquetas ingeniosas para descalificar a una demarcación?

Los portadores de esta joya lingüística, opositores internos y externos a la jefa de Gobierno Clara Brugada, la usan no para criticar su gestión con argumentos, sino para insultar, ofender y atacar, todo justificado, obviamente, por prejuicios y estereotipos bien fundamentados en su desprecio a la demarcación y su gente. ¡Qué elegante manera de debatir!

«Iztapalapación» se ha vuelto tendencia en redes y discursos políticos para describir, de forma muy “objetiva”, la expansión imaginaria de las características urbanas o socioeconómicas de Iztapalapa hacia otras zonas de la CDMX. Porque nadie quiere que la “Iztapalapa profunda” invada la Condesa, ¡qué horror!

El trasfondo es, evidentemente, político: no quieren que la jefa de Gobierno brille en el Mundial de Fútbol, cuando tenga muchos reflectores internacionales, ni que su liderazgo crezca rumbo a la sucesión presidencial del lejano 2030. Pero el fuego amigo y enemigo cruzan líneas muy refinadas, como la estigmatización por pobreza y clase sin que les importe enarbolas las banderas reaccionarias del clasismo y racismo. Porque asociar inseguridad, deterioro y comercio informal con el perfil demográfico de Iztapalapa como si fueran problemas exclusivos de la demarcación es una asociación mental muy fácil.

Por otro lado, los ciberactivistas del PAN y PRI, siempre creativos, sugieren que la gentrificación es la fórmula mágica para curar la “iztapalapación”. Expulsar a los de bajos ingresos y atraer a clases altas es el remedio infalible; basta con que llegue la plusvalía y se acaban los males del barrio pobre.

O sea, la receta es expulsar a los que no tienen dinero para que los privilegiados puedan presumir su nuevo estatus, y de paso, elevar la “plusvalía” gracias a la llegada de las dinámicas económicas del capitalismo postmoderno. Es una lógica impecable, digna de Harvard y de aspirantes a ser pobladores de colonias tipo Beverly Hills.

Y aunque Iztapalapa es una localidad milenaria, con historias de lucha, cultura intensa y aportes económicos a la urbe, además de ser pivote del descontento social tras los sismos de 1985, todo eso es irrelevante cuando se trata de usar sus contrastes sociales como arma propagandística. No vaya a ser que la gente se entere de lo que realmente aporta.

“Iztapalapación” se convirtió en herramienta de propaganda sucia; nada como sugerir que el modelo impulsado en la alcaldía durante la gestión de Brugada fue tan “deficiente” que replicarlo en toda la ciudad sería un retroceso, casi como si nos estuvieran condenando a vivir como en el “tercer mundo” — casi su versión distópica.

Para estos portadores del discurso discriminatorio, ni la fuerza social, ni las utopías, ni el transporte, ni la economía productiva de Iztapalapa cuentan. Lo único que importa es su narrativa, porque si reconocieran algo bueno, ¡se les cae el teatro!

Frente a este lenguaje tan sofisticado que solo refuerza el estigma y la discriminación, principales causas de exclusión en la capital, no hay que hacerse de la vista gorda ni hacerse los locos. Hay que confrontarlo, señalarlo y denunciarlo, porque el paso siguiente es la polarización, la violencia y la disputa de clases por origen territorial, color de piel y estatus socioeconómico. Total, ¿qué puede salir mal?

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