El espacio de Escipion

Y tocaron las trompetas del séptimo arcángel del Apocalipsis

No es por querer espantarlos, pero sí vale la pena preocuparnos un poco por lo que ocurre a nuestro alrededor. Aunque a simple vista pareciera que estamos lejos de los conflictos que azotan el mundo, en realidad nos afectan mucho más de lo que pensamos. México está, paradójicamente, muy lejos de Dios pero demasiado cerca de Estados Unidos, el principal generador de violencia a nivel global. Aquí no hay tregua posible: desde la llegada de Trump, parece que estamos a punto de escuchar la séptima trompeta del ángel del Apocalipsis, como si se anunciara el fin de «los reinos del mundo».

No es exageración: el mundo está en llamas, y no hay que esperar a que se declare una tercera guerra mundial, porque ya estamos inmersos en una serie de conflictos que nos afectan a todos. Venezuela, Ucrania y, ahora, Irán, son focos de incertidumbre permanente. Esa supuesta «guerra de un mes» no es más que un pretexto para que los nuevos imperios impongan sus reglas, no para instaurar un nuevo orden mundial, sino para dictar las nuevas órdenes de los más poderosos y belicosos. Mientras tanto, en nuestra América tenemos que ir asimilando qué sigue en ese manual, nada improvisado, de la llamada Doctrina DonRoe.

Ante este panorama, México no puede mantenerse indiferente. Los conflictos en el extranjero, especialmente en el Golfo Pérsico, tienen repercusiones directas en nuestro país, siendo dos las iniciales: la volatilidad en los precios del petróleo, que temporalmente podrían beneficiarnos en términos de ingreso de divisas, y la presión para vigilar nuestras fronteras, desde el sur al norte y las costas, ante posibles amenazas tanto de terroristas como de agentes de países enemigos de los Estados Unidos que quieran tomar venganza con un nuevo 11-S en alguna de las ciudades importantes de nuestro vecino del norte, que en caso de ocurrir, no nos la perdonarían. Así de directo y sin contemplaciones.

Además, las alertas de seguridad que llegan desde Estados Unidos nos obligan a tomar precauciones adicionales, vigilando tanto a diplomáticos como a personas consideradas de interés, lo que implica no sólo abrir un frente nuevo a nuestra seguridad y el empleo de mayor número de policías e inteligencia en un momento que estamos en foco rojo por el proceso de desarticulación de dos de los mayores cárteles de la droga.

Pero no sólo esto es la seguridad inmediata, sino posterior, cuando vengan las reacciones. Hemos sostenido que después del 11-S, si algo aceleró el empoderamiento militar, territorial y sanguinario de los cárteles mexicanos fue sin duda las medidas unilaterales de los Estados Unidos para cerrar el espacio aéreo y control férreo de la frontera con nuestro país para evitar que pasaran narcos centro y sudamericanos.

Así también el impacto de estas guerras en lo económico, que de pronto pareciera que la explosión de petroprecios es positivo, sin embargo, en el mediano plazo, dado que importamos aproximadamente el 80 por ciento de la gasolina que consume el aumento en los precios internacionales de los hidrocarburos impactaría negativamente al elevar el costo de los combustibles importados y los índices inflacionarios con todo lo que ello implica: inflación galopante y, cómo no, la devaluación del peso que tanto “alegra” a la economía nacional. Otro frenón más al crecimiento, cortesía del caos global. ¡Una ganga, pues!

Por si fuera poco, mientras el gobierno de Estados Unidos anda tan entretenido en el Medio Oriente y obsesionado con blindar su seguridad interna (porque los aranceles ya ni figuran en la agenda luego de los reveses de la Corte), la relación bilateral con México se va por el despeñadero. Temazos como la cooperación en seguridad, la migración o esa famosa corresponsabilidad en la revisión del T-MEC, quedan tan relegados que seguro ni en las notas al pie aparecen. Así que, si esperaban trabajo en equipo, mejor siéntense y esperen sentados.

En este momento histórico, México debería estar, mínimo, echando una buena discusión sobre cómo, social y políticamente, vamos a sobrevivir a tanta guerra. Pero claro, aquí seguimos jugando a hacernos de lado, pelear por privilegios partidistas, acentuando el odio y echando culpas unos a otros, y nuestra política exterior repitiendo la Doctrina Estrada como si fuera un mantra milagroso… aunque ya sabemos que ni de lejos es suficiente.

La verdad, en esta situación, nuestra política interna tendría que estar poniéndose las pilas y abriendo el debate que urge: pensar qué papel le toca a México en el circo internacional y, sobre todo, la importancia de fortalecer nuestra unidad, instituciones y soberanía—porque a cómo van las cosas, más vale que nos preparemos para lo peor. Total, parece que esto no tiene reversa y ya nos subimos al tren sin frenos.

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