El espacio de Escipion

Las horas finales de la ONU

No es por presumir, pero ¿se acuerdan cuando dijimos “se los dije”? Pues sí, se los dije. Y no porque uno tenga poderes de adivinación de pitoniso ni porque ande por ahí como el cuervo que anuncia desgracias. Hace un año, en febrero para ser exactos, advertimos que “Europa se preparaba para despedirse de la famosa Pax Americana, ese invento donde Estados Unidos se sentó en la silla grande para ser el policía del mundo y, de paso, crear la ONU, el Banco Mundial, el FMI y hasta la OTAN”, todo lo cual, por supuesto, se iba a acelerar gracias al renovado papel de Estados Unidos bajo el show de Donald Trump, quien a cada rato repite que la ONU y la OTAN nomás le estorban y le salen caras. Así que, si alguien quiere reclamar, que se lo reclame a la tendencia global, no a un humilde opinador.

O sea, la Pax Americana —ese orden mundial impuesto por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial— se transformó de “vamos todos juntos” a “¡América Primero!”, la archifamosa MAGA que Donald Trump grita como si fuera un mantra. Dicen que es multilateralismo, pero en realidad ahora es “mi país, mi país, mi país y, si sobra, luego les aviso”.

¿Sorpresa? Para nada. Los internacionalistas llevan años diciendo que ese orden mundial ya dio lo que tenía que dar, sobre todo desde la crisis financiera de 2008-2009, cuando Estados Unidos empezó a perder influencia en Europa y dejó a América Latina con un “ahí se ven”, además de adoptar políticas proteccionistas y romper con acuerdos como el de París. Por ello, comenzaron a analizarse alternativas para que cada región garantice su propia pax sin depender del otrora policía del mundo.

Desde entonces, la tendencia global está clarísima: la multipolaridad se vuelve protagonista con potencias como China y Rusia, y, a su manera, la emergente India, las cuales están impulsando con fuerza sus economías e influencia en los ámbitos tecnológico, energético, político, cultural e incluso militar. Todo lo que puedas imaginar, porque si van a ser protagonistas, que sea en grande. Estas potencias marcarán el rumbo del próximo lustro, para bien o para mal.

Las predicciones se cumplen sin falta: estamos en la antesala de un momento crítico, el probable adiós a la ONU, con exequias incluidas, pues sus integrantes están cada vez más convencidos de que el organismo, ya reumático, no camina: nadie lo respeta y sus posicionamientos carecen cada vez más de autoridad. Véanse la atroz criminalidad de Israel y Estados Unidos contra Palestina o la ofensiva contra Irán como ejemplos claros de su inoperancia.

Porque la ONU, esa institución que nació con la promesa de unir al mundo, hoy parece más una reunión de vecinos donde nadie escucha y todos se quejan del ruido, de la invasión de áreas comunes, de la basura, de la contaminación y del gritón del vecindario. Las potencias juegan a ver quién tiene el veto más grande, los países pequeños luchan por ser escuchados y el presupuesto se reduce más rápido que las promociones de un Buen Fin del mundo capitalista. Los desafíos globales —como el cambio climático, la inestabilidad económica y la revolución tecnológica (léase, IA)— desbordan su capacidad de respuesta, y el único consenso es que cada quien va por su lado.

Así que, si nos ponemos a esperar un milagro o una resurrección, mejor vayamos buscando otro santo, porque la ONU está en la cuerda floja y el mundo parece decidido a cambiar de espectáculo. Quién quita y pronto tengamos una nueva “Liga de Superpotencias”, donde la paz sea una ilusión y el multilateralismo, un recuerdo de museo.

No es para menos: el Consejo de Seguridad está cada vez más paralizado por el recurrente uso del veto de los cinco miembros permanentes, que han bloqueado acciones eficaces en Gaza y Ucrania, por citar los casos más recientes. Y, para colmo, hasta febrero del año en curso, solo una minoría de los países miembros (55 de 193) había pagado sus contribuciones obligatorias a tiempo, lo que ha generado recortes presupuestarios y falta de recursos operativos, debido a que tres naciones morosas —Estados Unidos, Rusia y China— han condicionado sus aportaciones.

Este adeudo, superior a mil 600 millones de dólares, ha obligado a realizar ajustes en presupuestos administrativos y de personal de misiones fundamentales; por ejemplo, recortes del 20 % en recursos para UNICEF y del 22 % en la OMS para el periodo 2026-2027.

Para acabarla, las llamadas “Observaciones Finales” que emiten los distintos comités de derechos humanos de la ONU tras revisar a un país han perdido credibilidad, pues ya no cuentan con el respeto de antaño, en parte debido a sesgos metodológicos en tiempo, espacio y datos. El caso reciente de México —en el que el Comité contra la Desaparición Forzada emitió conclusiones críticas sobre la situación del país, señalando indicios de crímenes de lesa humanidad entre 2009 y 2017— ya provocó el rechazo del gobierno actual y abrió un debate aprovechado por las oposiciones del PAN y del PRI, las cuales parecen olvidar que en sus gobiernos ocurrieron las peores atrocidades. En fin, tan cuestionable la reacción opositora como la del gobierno federal.

El actual 80º periodo de sesiones de la Asamblea General de la ONU concluirá formalmente el 8 de septiembre de 2026, con lo que se prepara el relevo de Antonio Guterres en enero de 2027, si es que llegamos a esa fecha o, quizá, entonces sí anuncien la fiesta de despedida. Entre los nombres señalados para ocupar la Secretaría General destacan figuras latinoamericanas como la expresidenta de Chile, Michelle Bachelet; el argentino Rafael Grossi; la costarricense Rebeca Grynspan e Ivonne Baki, de Ecuador.

Así que esperemos que estén a la altura de la crisis más aguda que ha enfrentado este organismo desde su creación. Hoy se visualizan dos escenarios: reformar la ONU con nuevas reglas internas y mayores obligaciones, o sustituirla por un nuevo organismo adaptado a la realidad global, con acuerdos tejidos con filigrana por las grandes potencias y dando mayor peso a naciones emergentes como México… aunque eso, quizá, sea soñar demasiado.

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