Carmen Nozal
En Sur de la noche, publicado por la Universidad Autónoma de Aguascalientes en 2018, Fabián Muñoz nos entrega 59 poemas divididos en cuatro momentos donde la acción poética que transcurre en un rincón de Aguascalientes y que a través de la memoria se recrean escenas de Guanajuato, Tijuana y Ciudad de México, tiene inicio durante el atardecer y finaliza al llegar la mañana del día siguiente.
El autor fija en el paso ineludible del tiempo la estructura de este libro que abre con un epígrafe de Charles Bukowski: “Hay una soledad tan grande en este mundo / que puedes verla en el lento movimiento / de las manecillas de un reloj”, versos extraídos del poema The crunch, y con los que se introduce al lector a un encuentro con la bitácora de las emociones que surgen y se desvanecen ante los acontecimientos de unas horas significativas, mismas que evocan a la Noche oscura del alma, de San Juan de la Cruz, no por la hechura mística sino por el enfrentamiento de la propia existencia con el palpitar del tiempo.

Como un observador, el autor impulsa los versos para describir lo que sucede: “Afuera / un trinar de pájaros, / en el bar, un murmullo, / el cronista de futbol / ladrando en la tele.” Es evidente que la vida en su sentido amplio se genera afuera y que lo importante aquí es sumergirse en las ciénagas oscuras de la desolación, donde el que se sienta a atestiguar lo que sucede, se pregunta: “Qué años turbios / quieres olvidar. / Qué tanta sangre / queda de ti / en estas noches. / Qué cuerpos / sin su nombre / ya olvidaste. / Qué bar has elegido / ya para tu muerte.”
La nostalgia se apodera de la voz, el que escribe tan pronto da testimonio como se convierte en protagonista para transformarse de nuevo en observador y el pasado toma más fuerza que el presente, convertido en pasarela por el que desfila una serie de personajes anónimos: cuatro jovencitas, borrachos aficionados, el vendedor de flores, el limosnero, el alcalde, la monja, las casadas y las solteras, los jubilados, los traileros y en medio, de estos rostros sin nombre, aparece Fernando, desfigurado de su humanidad, reiventando “su cuerpo con las manos”.
El bar se ha vuelto una mezcla de refugio y de prisión donde “la noche es ya un despojo / de carne / y de murmullos / al volver al día”. A través de esta escritura genérica donde premeditadamente se describen los sucesos cotidianos sin atribuirles a los protagonistas un nombre propio, despersonalizándolos y, por tanto, privándolos de humanidad, el autor logra transmitir un ambiente ácido y cosificado donde resulta sencillo vivir sin identidad. “Ellos cambiaron sus nombres / por Jannette o por Patricia.” Y también, “se arrastran / sin memoria”.

En este viaje por el tiempo, pareciera que nadie recuerda quién es. La soledad se vuelve inevitable donde todos se han convertido en turistas de la vida y “ni tampoco sus nombres / tienen el gusto / de conocer.”
El autor escribe: “En este motel todas las mujeres / y todos los hombres / cogen ya en la misma cama, / porque en este lugar / todos los lechos / son uno solo / y todos los cuerpos / son uno solo / y tú eres / al fin / todas las mujeres / que gritan, besan, callan / sobre estas sábanas / que son las sábanas / de todos”. En realidad, es la ausencia a través de la que se construyen estos textos, donde la insaciabilidad queda ligada a ella, y vuelve al presente una y otra vez como si fuera un fantasma buscando en los rincones más sórdidos aquello que en el pasado tuvo como experiencia el amor. “Se miran con la pasión / de descubrir / poco a poco / sus cuerpos, / de saber / que en esta madrugada / tal vez / se crean amados.”
En este viaje el autor pareciera habernos sumergido a modo de catarsis a través de la miseria humana que sólo al amanecer termina. “Cuando amanece, / esta ciudad es solamente / de los pájaros / que inundan de trinos / las calles desiertas”.
Finalmente, en este mundo se puede aprender de dos maneras: a través del amor o a través del sufrimiento. Que sea pues este libro no sólo un mero ejercicio poético para nombrar la ausencia sino la celebración de una semilla, un rayo, o finalmente, como diría Rumi una herida para que entre la luz.
