Yo no sé, cómo hay quien maneja la vida
cómo hay quien invoca una herida
cómo pueden gastar el amor…
Yo no sé
cómo si no faltaran cadenas;
cómo si nos sobraran las penas
cómo si diera dicha el dolor…
*
“Abracadabra”, Silvio Rodríguez

Dicen que si en un pueblo hay pirules, ni lugar a dudas es un pueblo mágico, dado que cuenta con la práctica de artes oscuras en la brujería negra y otras artes de bondad de la brujería blanca para contrarrestar la maldad. Magos, brujos, brujas, hechiceros, curanderos, adivinos, son visitados por las personas para ayudarlos a volver a poner las energías en su cauce, en equilibrio. Guanajuato es sin duda una ciudad que contiene una diversidad de energías misteriosas que deambulan por este mundo; el mundo de los vivos que a veces es tan confuso que logra enloquecer a algunos cuantos, esto, sin dudarlo, da más terror que cualquier historia de muertos o aparecidos que haya contado en este espacio.
Hoy, un taxista me ha narrado la sucesión de infortunios que le sobrevinieron allá por el año de 2011. Y todo por manejar ese taxi. Comenzó su calvario —dice— con una serie de dolencias en diversas partes de su cuerpo que prácticamente lo inhabilitaron de trabajar. Me cuenta que él y su padre comparten el oficio de ser choferes de ese carro en esta mágica ciudad. Así que ambos, en distintos turnos, ejercían su oficio de manera rutinaria. Una tarde, cuando lavaban su carro, si querer ve que en la puerta del lado del conductor, hay una pequeña, pero extraña abertura. Sin dudarlo, mete su mano cuidando no lastimarse y saca una bolsa negra de tamaño mediano que contenía varios elementos que a todas luces daban fe de un hechizo muy bien aplicado. El contenido era: una figurilla pequeña de un hombrecito hecha con cera anaranjada —casi roja— llena de alfileres clavados en toda ella, una fotografía de él incrustada en el muñequito, un líquido rojo maloliente embarrado en dicha foto, un pedazo de carne seca, quizás un bistec, bañado en sangre putrefacta, lleno de hongos y polvo de panteón con una pequeña crucecita negra clavada en su centro. Sin dar crédito a lo que veía, inmediatamente guardó lo encontrado en una bolsa de plástico e inició fervientemente una búsqueda de datos entre sus conocidos sobre algún alma de Dios que pudiera ayudarle a deshacer el hechizo y entablar un conjuro lo suficientemente fuerte para que lo protegiese del obvio peligro que ya estaba padeciendo desde hacía meses.
Él, en su afán por dar con el origen de este deplorable estado, reconstruía en su búsqueda una y otra vez los hechos significativos con las personas que convivió en ese periodo de su vida, y dio cuenta de que una mujer que preparaba comida en la central de autobuses le invitó a comer de manera muy insistente “una sopa” cocinada por ella misma “especialmente para él”. Lo que recuerda —ahora con verdadero horror— es cómo la mujer lo miraba comer con una especie de deleite y placer malsano esbozado en una sonrisa casi mueca perversa con una mirada curiosa e insistente, como esperando un efecto inmediato de lo que él de manera inocente, le había aceptado. “El mal sólo tiene cabida si tú se lo das”, me insistió, “y yo, sin saber ni querer, se lo di”.
Cuenta que su sanación fue paulatina y que encontró varios datos de brujos, desde alguien que pudiera verlo en la ciudad de Dolores Hidalgo, Guanajuato, hasta uno muy conocido en la ciudad, cerca del Panteón de Santa Paula. Sin dudarlo, se puso en manos de los sabios de tradiciones milenarias y logró, después de casi un año de limpias y amuletos, salir de su deplorable situación. No todo termina ahí, dice que por las noches que duró su fuerte agonía, veía seres descarnados que se le abalanzaban en su cama, oía cuchicheos y murmullos espectrales en toda su casa, se acercaban seres de oscuridad y no lo dejaban dormir, pues una interminable retahíla de balbuceos oía desde el interior mismo de su ser llevándolo a casi a la locura.
Terminó con su relato y con la mirada puesta en el horizonte, me dijo que como yo tomo taxis casi diario para ir a mi trabajo, comprara una estatuilla de San Ignacio de Loyola, Patrono real de esta ciudad, y me pidió que la pusiera a la entrada de mi selvática y gatuna casa para protegerme de los espíritus de los muertos que muchas personas de mala fe utilizan para dañarte por el simple hecho de tener celos, fruto de sus inseguridades, o de no hacer lo que desean de ti. Y también me insistió en eso: que me cuidara de las mujeres y hombres que celan a los taxistas, pues al parecer, es el amor obsesivo que estas personas les profesan, es lo que detona su furia y la levantan en contra tuya. Él reconoce que la mujer que lo hechizó, lo quería ver muerto atendiendo al dicho popular: “Mío o de nadie”.
Ya en estos días, ha logrado recuperarse del todo, por ello, en su taxi carga con una profusión de amuletos que lo protegen de todas estas cosas que dice la gente que no existen, pero acontecen. A él le pasó. No sé cómo la gente no confía en su propia magia para poder lograr el amor del otro, y utiliza sombrías prácticas para obtener, mantener y obligar a estar a alguien a su lado.
Sé que tal vez no creas en estas historias, pero lo que sí sé, es la maravilla que es escuchar estos relatos de la gente común en esta encantada ciudad. Te invito a vivirlas. Ven, lee y anda Guanajuato.
