¡Llamen al profe!

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Ser docente es, no me cabe duda, una de las mejores profesiones que existen. No por el sueldo, que en realidad es menor de lo que la mayoría piensa, sino por la enorme responsabilidad que representa y las inmensas satisfacciones que brinda.

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Porque se trabaja con una materia prima única, extremadamente delicada y no desechable: los niños. Uno puede armar un automóvil, errar y echar a perder una portezuela, incluso un motor, pero más allá del efecto económico no habrá mayores consecuencias: la pieza defectuosa será simplemente substituida, pero si uno lastima el sentimiento de un menor, de un joven; si frustra sus esperanzas o destruye sus anhelos, no hay vuelta atrás y el daño es irreversible.

Yo soy profesor de carrera. Aunque laboré en varias escuelas, hubo una, particularmente, que me dejó hondos recuerdos, pues en ella estuve a lo largo de 15 años. Dicho plantel se ubica en un poblado llamado Los Lorenzos, entreverado en una cañada surgida de las vertientes del majestuoso Cerro del Gigante. Pese a su relativa lejanía, la comunidad es grande y próspera, gracias a la laboriosidad de sus habitantes y al “oro del norte”: gran cantidad de lugareños trabajan en el otro lado y envían una considerable cantidad de remesas.

Me quedaron muchas anécdotas de ese periodo. Hoy, en el desvelo previo al Día del Maestro, recordé una que, paradójicamente, ocurrió cuando ya no estaba en un aula.

Además de la docencia, he ejercido el oficio de periodista. En un tiempo compaginé ambas actividades, pero recientemente trabajé únicamente como editor en un periódico de circulación estatal. Quien haya sido parte de una mesa de redacción, sabrá que, hasta hace poco, las jornadas solían extenderse hasta la madrugada, así que las trasnochadas eran cosa de todos los días.

En cierta ocasión, pasada la 1 de la mañana, me comunicaron de la recepción que tenía una llamada desde Pittsburgh, Pensilvania, Estados Unidos. Intrigado, tomé el auricular. Al descargarlo, se escuchó un verdadero alboroto, con estruendosa música de fondo. Mi interlocutor pidió a todos que se callaran, porque “ya contestó el profe”.

Cesó la algarabía, bajó la música de fondo y la voz al otro lado me preguntó:

– ¿Sabe quién soy?

– Respondí que obviamente no.

Su explicación me dejó pasmado. Se identificó. Me dijo que era uno de mis alumnos de años atrás (al que de inmediato recordé, por inquieto), que junto con otros camaradas –once, más o menos- habían organizado una parranda y se habían acordado de mí, pues a todos les había dado clase.

Nunca supe cómo averiguaron el número telefónico, pero me aclararon que esa noche querían saludarme y hacer un brindis conmigo, por lo “buena onda” que había sido. Me indicaron que pidiera la canción que me gustara y que la pondrían en mi honor. Mientras la tocaban (una de Javier Solís, por supuesto), uno por uno tomó la bocina para hablarme un momento. Agradecí el gesto y me despedí de ellos recomendándoles que no tomaran demasiado, por aquello de la cruda.

En lo particular no sé si fui buen o mal maestro, o si tuve un nivel estándar, pero que se acuerden de uno luego de tantos años y te lo digan a deshoras, desde tan lejos, es algo magnífico, una carga de energía que va directo al ego. A la salida, me compré un par de cervezas para brindar mentalmente y a la distancia con ellos, mis alumnos.

Escribo esta añoranza con dedicatoria especial a los profesores y maestras, muchos de ellos amigos míos, que se esfuerzan día a día por dejar huella en sus alumnos, por escucharlos, enseñarles y confiar en su talento y capacidades. A quienes se las ingenian para, pese a las circunstancias, inculcarles algún conocimiento y esperanza en estos días aciagos.

¡Felicidades!