Hace unos días viví un incidente, en apariencia inofensivo, que me hizo sentir como un objeto o tal vez como un cachorro y colorada como una chamoyada, lo que provocó que francamente no supiera cómo reaccionar.

Estaba en el trabajo corriendo con ambas manos ocupadas con bolsas pesadas y delicadas, ya que contenían comida caldosa y calientita en charolas. Llevaba puesta, para quitarle un poco lo monótono al uniforme, una sombra de ojos azul eléctrico acompañada de un delineado cargado, que eso del “clean look” no me cabe ni en el ropero y mucho menos en la cosmetiquera. Una señora, entrada en sus cincuentas y muy arreglada, me cortó el paso diciéndole a su acompañante: “¡Mira cómo se pintó los ojos ésta! A ver, ciérralos un poquito”. Desconcertada, bajé los parpados, más de vergüenza que de ganas, mientras pronunciaba un “gracias” con voz agitada por la carrera y la sorpresa. Reglas uno, dos y tres juntitas, uno: no interrumpas a alguien que está visiblemente ocupado o concentrado a menos que sea un asunto muy importante, dos: no hables sobre una persona que está frente a ti como si no estuviera o no pudiera entenderte, de preferencia no le digan “ésta” o “éste, que no somos floreros y tres: no des órdenes de la nada.
Me quedé pensando en la intención de dichas frases, en si estaban halagando mis habilidades de maquillaje, la calidad de la sombra espacial o si más bien creyeron que era osada, kitsch tal vez o directamente fea. Aquí va entonces la cuarta regla del manual: sean claros, no cuesta nada decir las cosas de modo que su interlocutor no tenga lugar a dudas, insulten con valor y con ganas y si eso amerita una trompadas, pues que estén bien dadas halaguen con efusividad, que se note el gusto, vean a las personas convertirse en gorilas furiosos o en orgullosos pavorreales, ambos son mejores que esos darditos ambiguos que despiertan las inseguridades más profundas, los recuerdos traumáticos o que confunden los sensores, aunque vayan con buenas intenciones.
No me habían tratado así desde que era niña y creo que ahí está la clave, en que un trato de este tipo donde se interrumpe, ignora, ordena y confunde al interlocutor conlleva una relación asimétrica, real o asumida, cargada de paternalismo, superioridad y condescendencia. Pensándolo bien, ni siquiera necesitamos estas reglas si partimos de tratar al otro, a pesar de lo distinto que nos parezca, como a un igual.
