Después de tantas batallas, raspones, saltos, caídas, flexiones y escalones; de mostrarlas con vestidos, de tostarlas al sol, de meses de diez kilómetros diarios, y en realidad sin un detonante que no sea el exceso de vida un día, cuando ya me disponía a dormir, embalada más que tapada, sentí dolor en las rodillas y hasta el sueño se me espantó. Motivo número quince para detestar el frío: me hace pensar sobre lo finito de la juventud y por supuesto, de las articulaciones.

Iba a ser deportista, famosa, hasta que me averié (o chingué, aunque nos lavemos los dedos después) la rodilla, predigo el clima con el dolor de mis rodillas ¡mi reino por unas articulaciones nuevas! La vida cotidiana de cualquier persona que ya sobrepasa por unos lustros la edad para votar, está plagada de chistes tristes acerca de lo frágiles que son ¡porque además tenemos dos! esas partes del cuerpo, de lo poco que las valoramos cuando estaban en su esplendor, de lo inexorable que es en realidad la experiencia del dolor punzante en ellas, que nos alcanzara y se quedará para siempre ya sea punzante o latente. Y si sigo tirándome al drama así seguramente ustedes también van a tener un nuevo motivo para odiar al frío.
La cuestión no es que niegue el paso del tiempo, o que viva con complejo de veinteañera. Tengo que ver canas y arrugas en el espejo pero esas no me angustian lo suficiente como para escribirles un laberinto, la fealdad es aceptable, no así la incomodidad.
Todo se resume a fallos estéticos o mecánicos; un auto rayado puede tener un gran motor que no te va a dejar tirado en cualquier momento, todo eso es hojalatería y pintura pero ¿qué tal si le fallan los amortiguadores? entonces empieza hacer ruiditos agónicos al sortear un tope o frenar de golpe o avanzar de subida o cuando quiere dormir durante una noche de enero… ¡Ah no!, esperen dejemos las proyecciones, afortunadamente no somos objetos, si lo fuéramos ya estaríamos muchos en proceso de ser convertidos en chatarra, más con la rampante obsolescencia programada que andamos viviendo.
Mejor vamos cerrando este segmento con optimismo, acabo de idear un nuevo rompehielos para situaciones sociales novedosas o incómodas:
—Háblame un poco de ti, ¿a qué edad te empezaron a doler las rodillas?
—A m íno me duelen las rodillas.
— ¡AÚN! —dicho con espuma entre los labios por la envidia—.
