El Laberinto

La saturada aventura

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Me andaban buscando por un asunto pasado, pero decidí darle prioridad a mi sordera voluntaria por otitis (en traducción: «no oír» porque se me hincharon los…) pero son  tan omnipresentes, es tan costoso estar mal con ellos, tienen pactos con toda la comarca para hacerle el vacío a sus enemigos, que para evitar el destierro terminé buscando yo mismo una negociación con ellos, en modo de humillación reptante. Existen los sabios mercenarios que te pueden orientar, pero he decidido ir solo, que el mundo me ha hecho desconfiado.

Pedí la audiencia con su majestad, aunque nadie le ha visto el rostro, muchos forajidos dicen que ni siquiera tiene cabeza, solo tentáculos y poder, los guardias son tajantes con la hora, un segundo te cuesta una semana de vida, a menos que te pongas una máscara y entres con otra identidad. Una vez salvado aquél obstáculo empieza la verdadera travesía.

Me enviaron a sus monos voladores, tienen prohibido negociar, toda necesidad cabe en un listado o para ellos no existe, me intimidaron agrupándose para que me sintiera pequeño, me desviaron varias veces al  pedir orientación,  tuve que probar con varios de ellos y formular de manera correcta mi dirección o petición, llegar a donde no iba y tener que volver por reliquias que ni sabía que necesitaba.  

Apenas y logré  atravesar estas dos misiones sin perder la cabeza o la jornada, porque ahí aunque el tiempo es lento y eterno, se reinicia a veces  más rápido del lapso que puedes llegar a requerir para conseguir llegar al sitio donde por fin puedes suplicar piedad y pagar tu tributo. Nadie de sus súbditos conoce el camino completo, ni las respuestas ante los fallos, ni cuál es la siguiente puerta, solo queda gritarle a los sordos, soportar la ira y la desesperación y confiarse a la suerte o al destino. Lo he logrado, he conseguido el perdón y he salido con el rostro cansado bajo una frente bien en alto sosteniendo entre mis manos un folder que vale mi vida, mi paz, mi futu…

  • ¿Un folder has dicho?, ¿acerca de qué me estás hablando?

He ido a Hacienda sin ayuda de un contador, perdí mi cita y tuve que agendar desde mi celular con otro correo electrónico, los becarios me mandaron a otros lados, incluyendo un Starbucks que por alguna razón está en el mismo edificio,  tuve que salir a conseguir copias y comprar una memoria, nadie sabía porque no funcionaba en las computadoras ni tampoco a quien preguntarle y de puro milagro todo salió bien.

  • ¡Pero que exageración!
  • Ya sé, así son todos los trámites de gobierno.