Estaba observando con atención la carta de la torre: unos cimientos quebradizos que apenas y sostienen una estructura pesada que aparece retratada en el momento justo en el que está colapsando: enormes llamaradas escapan por las ventanas, el techo representado en irónica forma de corona aparece cayendo hacia un lado, los otrora habitantes se ven diplomándose al abismo con las caras deformes de desconcierto o terror, el cielo es negro y esta cruzado por rayos apocalípticos. Es la representación del Caos, esa deidad sin rostro ni forma al que sólo alcanzamos a conocer, la mayoría de las veces en contra de nuestra voluntad, a través de sus manifestaciones.

El Caos es entonces el eterno incomprendido, el temido, el indeseado, al que se intenta evitar a toda costa, vemos llegar a sus emisarios y les cerramos la puerta, nos vendamos los ojos ante las grietas que aparecen, las cubrimos con tapices y cuadros, hacemos ruido para ocultar los crujidos, ponemos polines para mantener los muros medianamente en pie y dormimos o intentamos dormir mientras el techo amenaza con cambiar de función para convertirse en mortaja.
Sabemos que está mal desde la base y que todo esto no comenzó ayer, pero que sin duda puede terminar mañana y aun así tememos meternos a reformarlo, a ensuciarnos las manos, a pasar incomodidades mientras reparamos, seguimos habitando ahí, creyendo que no queda más opción, pensando en lo que nos costó poner cada piedra en su lugar, guardándole cariño a esos rincones que nos hicieron felices antes de convertirse en una amenaza. O a veces, simplemente todo parecía sólido hasta que llega una sacudida de verdad que lo reduce a escombros, sin avisos ni concesiones, pero es probable que desde las alturas se pueda ver el panorama completo mientras caemos, nos regala la verdad y la verdad no es necesariamente confortable, pero da libertad.
Se nos olvida que antes de todo estuvo el Caos y que al final será lo único que quede, pero también se nos olvida que el terreno donde ahora descansan las piedras caídas es nuestro y que necesitamos demoler si queremos recuperarlo, porque ahí está el corazón de la cuestión, desde el vacío que queda tras la caía es que comienza lo nuevo, el lienzo en blanco donde podemos empezar a pintar algo mejor, algo diferente, algo sólido… una vez que hayamos terminado de sobarnos la cabeza después de caída y nos hayamos recuperado de la fuerza del impacto.
Como detalle final, las cartas del tarot cambian de significado dependiendo de si aparecen al derecho o invertidas, casi siempre siendo positivas en el primer caso y negativos en el segundo, excepto con la torre donde es más perjudicial evitar el derrumbe que atravesarlo. Bienvenido Caos, te estaba esperando.
