El Laberinto

Las sirenas de oficina

Entre las muchas formas en que hemos reinventado la adultez los nacidos entre 1980 y 1994 (milennials) le hemos dado un papel enorme a la comodidad y a la libertad estética, recuerdo las amenazas de adultos de la vieja escuela con respecto a lo complicado que sería conseguir trabajo con tatuajes o a lo inevitable de la formalidad en el vestir y ambas cosas aún no han sucedido.

Hemos dejado atrás los peinados de alto mantenimiento, ya no necesitamos dormir con pasadores en la cabeza para mantener unos rulos perfectos ni utilizar sombrero y guantes al salir, hemos instituido el calzado cómodo en casi todas las esferas de la vida, yo uso zapatos aproximadamente una vez al año, casi logramos erradicar el planchado obligatorio, la gente ya no se arregla para subirse a un avión y para muchos la vida cotidiana, salidas a la calle incluidas, es perfectamente posible en pijama o en ropa deportiva. Incluso los adultos de la vieja escuela sucumbieron, con sus reservas,  a los encantos de la sencillez.

Recuerdo lo feliz que fui cuando llegué a un nivel educativo en el que podía vestirme como yo quisiera y vaya que lo desquité, vaya que lo desquitamos todos: cabellos de colores, pantalones que arrastraban por debajo mientras arriba apenas cubrían mis caderas, tenis rotos, pulseras de hilo excesivas, maquillajes dramáticos, mochilas con parches de bandas o caricaturas. Con el tiempo se refinó un poco, pero ahí sigue y no pienso cambiarlo.

Y de pronto me encuentro con adolescentes de dieciséis años vestidos como oficinistas noventeros, trajes de dos o tres piezas, camisas planchadas, corbatas, lentes chiquitos sin armazón, maquillaje neutro, cabello natural, calzado formal, mochilas cuidadas y simples, sin adornos en general. Mi primer pensamiento fue: “tanto que peleamos por salirnos del huacal, para que éstos se metan por gusto”.

Pero profundizando un poco la reflexión me di cuenta de algo, más allá de la nostalgia estética, de la que yo también padezco, de la practicidad de uniformarse voluntariamente para ir a la escuela todos los días sin quebrarse demasiado la cabeza y del halo de misterio que les da lo neutro ante un mundo súper expuesto y personalizado existe algo más profundo: Mi lucha ya no es suya y aquello que nosotros conquistamos para ellos ya está dado por hecho y peor aún, puede que  hayamos construido un nuevo huacal del cual (algunos, porque hay montones de tendencias a la vez) ahora deciden salirse. No olvidemos que finalmente los milennials son los padres de estos adolescentes.

Y no me preocupa en sí que se vistan como gusten, la cuestión es que yo puedo extrañar e incluso usar los peinados y vestuarios de décadas o siglos anteriores, pero jamás voy a añorar la falta de derechos o los prejuicios que imperaban en las épocas en que estaban vigentes estas modas. Y espero, de corazón, que ellos tampoco.