El espacio de Escipion

Progresismos unidos contra neoconservadurismos

El desplome electoral de los partidos de izquierda progresista en América y Europa ha provocado derrotas monumentales y cambios de gobierno hacia una derecha cada vez más rancia, en algunos casos con guiños al neofascismo. Sin embargo, parece que, por fin, alguien comienza a notarlo. Con el paso de los años, la llamada Internacional Populista de Derecha —apadrinada actualmente por Donald Trump, pero impulsada en Europa y Sudamérica desde hace al menos una década— ha sabido capitalizar el desgaste de los regímenes de izquierda populista y progresista. Y sí, todo indica que los progresistas apenas están tomando conciencia de ello.

El panorama no ha sido sencillo. En América, las fuerzas progresistas han sufrido derrotas en países como Chile, Argentina, Uruguay, Perú, Bolivia, Ecuador y Honduras. En Europa, las izquierdas también han perdido terreno en el Parlamento Europeo, así como en Islandia, Portugal y el Reino Unido.

La situación es tan preocupante que incluso la presidenta Claudia Sheinbaum participará del 16 al 19 de abril en Barcelona en la “IV Cumbre en Defensa de la Democracia”. En este foro, los convocantes proponen establecer un gran acuerdo de cooperación global para enfrentar, contener y revertir el avance de la ultraderecha, la cual ha ganado terreno mediante promesas de seguridad, libertad y protección regional.

Aunque los líderes progresistas buscan reforzar un discurso basado en la paz, los derechos y la democracia —aspirando a convertir Barcelona en un epicentro estratégico del progresismo internacional— existen obstáculos que podrían frustrar este objetivo, para desilusión de figuras como el expresidente chileno Gabriel Boric.

El primer obstáculo es la intención del anfitrión por reposicionar a Pedro Sánchez y al PSOE como referentes internacionales del progresismo. Este intento parece responder a la necesidad de enfrentar tanto a Trump como, en el ámbito español, a Vox, Ciudadanos y un Partido Popular cada vez más desorientado. Sin embargo, Sánchez enfrenta serios problemas: escándalos de corrupción vinculados a su entorno cercano, un partido con dificultades para reinventarse y la presión política de fuerzas como Podemos, Sumar e Izquierda Unida.

El segundo problema es más profundo y difícil de resolver: los casos de Nicolás Maduro en Venezuela y el régimen socialista cubano continúan dividiendo a la izquierda global. No existen consensos claros, ni siquiera en torno a la defensa o crítica de estos gobiernos. Si bien coinciden en la necesidad de romper el bloqueo comercial contra Cuba por razones humanitarias, también exigen cambios sustanciales en su política interna.

El tercer obstáculo es el desgaste acumulado de los gobiernos progresistas. Más allá de España, países como Bolivia, Brasil, Argentina, Honduras, Ecuador, Perú y Nicaragua han visto cómo la ciudadanía castiga a estos proyectos políticos. Las razones son claras: pactos opacos con poderes fácticos —ya sean criminales o económicos—, altos niveles de inseguridad y un distanciamiento progresivo de las bases sociales, especialmente en momentos clave de relevo generacional.

El cuarto problema es el autoengaño. Existe una contradicción evidente entre el discurso y la práctica: se autodefinen como progresistas, pero en la realidad operan con lógicas propias de la derecha, incluso conservadora. Esta incoherencia debilita su credibilidad.

A esto se suma un obstáculo adicional: a diferencia de organizaciones como la Internacional Socialista, el Foro de São Paulo, el Grupo de Puebla o la Internacional Progresista, esta cumbre corre el riesgo de perder relevancia si se limita a defender intereses electorales de corto plazo. La falta de una agenda clara contra el imperialismo, el capitalismo y el neocolonialismo refleja una ambigüedad ideológica que se traduce en gobiernos sin rumbo definido ni proyecto transformador sólido.

La participación de México en este encuentro —junto a partidos socialdemócratas y nacionalistas— podría sentar las bases para que la llamada Global Progressive Mobilisation no sea solo un espacio simbólico o coyuntural, sino una plataforma con impacto real.

Para evitar que la cumbre se reduzca a discursos vacíos y fotografías para redes sociales, es indispensable abordar temas estructurales pendientes: la construcción de alternativas frente a la desigualdad, el papel de los movimientos sociales en la transformación democrática, la autocrítica efectiva y la implementación de políticas de justicia social que trasciendan lo electoral.

Si el progresismo global pretende enfrentar el avance conservador y autoritario, debe recuperar la coherencia entre sus ideales y sus acciones, reconectar con las bases populares —reconociendo su verdadero poder— y construir una agenda de cambio con alcance internacional.

De lo contrario, continuará perdiendo terreno frente a propuestas simplistas que responden a problemas complejos, y la oportunidad de Barcelona quedará como una anécdota más, en lugar de un punto de inflexión.

En este contexto, es importante destacar que, a diferencia de otros líderes como Boric, Petro, Lula o Sánchez —quienes enfrentan diversos niveles de desgaste político—, Claudia Sheinbaum llega fortalecida. La Cuarta Transformación mantiene estabilidad en gobernabilidad, altos niveles de aceptación y una perspectiva de continuidad política, pese a las críticas.

Además, ha logrado sostener una relación compleja con Estados Unidos —un socio indispensable pero también conflictivo—, lo que refuerza su posicionamiento internacional.

Barcelona, entonces, no debe ser solo un escenario simbólico, sino una oportunidad para asumir compromisos reales y de largo alcance. Porque, en un contexto global cada vez más polarizado, limitarse a posturas tradicionales como la Doctrina Estrada resulta insuficiente frente a liderazgos como el de Trump, que seguramente interpretarán con atención los mensajes que emanen de esta cumbre.

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