El espacio de Escipion

2027 y lecciones de las elecciones en Coahuila

Entre los asuntos que suelen despertar menos entusiasmo que una sesión extraordinaria del Congreso de la Unión un viernes por la noche, pero que resultan fundamentales para anticipar escenarios políticos, están las elecciones intermedias de 2027. Por ello, vale la pena detenerse en las lecciones que dejaron los recientes comicios distritales en Coahuila para PRI, Morena y PAN, los únicos partidos que, al menos por ahora, conservan posibilidades reales de disputar el voto el próximo año.

Como ocurre después de cada elección, cualquier resultado se interpreta de inmediato como una profecía. Para algunos anuncia el apocalipsis; para otros, el inicio de una era dorada. La realidad suele ser menos dramática: muchas veces se trata simplemente de una moneda que cayó de un lado después de un volado favorable. Pero en política abundan quienes confunden una golondrina con el verano completo.

Así, un proceso local que parecía destinado a pasar inadvertido terminó provocando nerviosismo dentro de Morena. Las alertas están tan encendidas que los aspirantes ya comenzaron la carrera antes de escuchar el disparo de salida. Según algunas estimaciones, hasta 75 suspirantes sueñan con una gubernatura. Cuando lleguen los tiempos formales, veremos el espectáculo habitual: legisladores solicitando licencia, funcionarios descubriendo súbitamente su vocación electoral y alcaldes debatiéndose entre reelegirse o perseguir un cargo mayor. La política mexicana sigue siendo uno de los pocos lugares donde todos quieren ascender al mismo tiempo. Entonces veremos una oleada de licencias legislativas, renuncias en los gabinetes estatales y movimientos en la Presidencia de la República (¿Encinas por Rosa Icela?).

Una semana después —y por si alguien no se enteró, dado que el nuevo (des)orden mundial trumpiano y el Mundial de fútbol acaparan la atención—, en Coahuila el PRI de siempre sorprendió con una victoria en los 16 distritos locales en disputa; es decir, se llevó el carro completo, como antes. Aunque parezca sorprendente, no lo es tanto: el priismo coahuilense quizá sea el último reducto serio de lo que queda del otrora súper partidazo, capaz de sostener alrededor del 60 por ciento de las preferencias y de los votos reales en elecciones municipales, distritales y de gobernador.

La paradoja es notable. El partido que nació bajo las banderas de la Revolución Mexicana y que durante décadas se presentó como nacionalista y socialdemócrata parece haber descubierto que el espacio vacante de la centroderecha también puede rentarse. El vacío ideológico dejado por el PAN ha resultado demasiado atractivo para dejarlo desocupado. Ni en sus etapas más conservadoras el PRI había llegado tan lejos en esta metamorfosis doctrinaria.

En Morena, por su parte, miran esta elección como consecuencia de la campaña multifactorial que, desde hace un par de años, corre en su contra al grito digital de #Narcopolíticos y ante la cual sólo han sabido reaccionar, no anticiparse; como gatos boca arriba, haciendo todo para darles la razón a sus detractores, para decirlo con mayor claridad.

Si bien Morena apareció en la entidad desde 2017 y ha mantenido un ascenso constante, no ha sido suficiente para hacerlos temblar. Más allá de recibir cascajos del PRI y del PAN, no han sabido aprovechar el terreno ni construirse como una oposición sólida en la entidad, aun cuando el gobernador Manolo Jiménez se haya declarado “claudista” (¿o será que este resultado también fue un triunfo de Claudia?).

Esta jornada electoral dejó claro que el PAN está peor que nunca y sigue extraviado. Ese partido que, según sus dirigentes y estrategas españoles y argentinos, debía enarbolar las banderas de la ultraderecha continental al grito de “Patria, Familia y Libertad”, como muestra de una nueva era blanquiazul, se la pasa vitoreando “pre-si-den-te” a Ricardo Salinas Pliego y dejando huerfanita a Maru Campos, vestida y alborotada.

Y es que en Coahuila, luego de haber sido la segunda fuerza electoral y de casi alcanzar la gubernatura hace nueve años, el panismo perdió el registro en este 2026 al no alcanzar siquiera el 3 por ciento de la votación total. No ha detectado que, si el PRI se mantiene como primera fuerza y Morena ha crecido, es porque parte de esa fuerza proviene de municipios donde el PAN tenía trabajo territorial y llegó a ser líder. Se corrió hacia la derecha extrema y perdió bases y simpatizantes, que han migrado hacia otras ofertas políticas.

Morena, aunque estaba en desventaja, era el partido favorito a derrotar por tres razones: a) su comisionado electoral era, hasta hace poco, el mismísimo Andy, hijo del líder histórico, Andrés Manuel López Obrador; b) en todo el país, la ola de la marca avanza a pesar de sus candidatos, sus escándalos, la corrupción de sus gobiernos estatales y municipales, y la frivolidad de sus legisladores; y c) la división promovida por el PT y el Verde generó demasiada expectativa alrededor de una elección en la que ya partían cuesta arriba. Las salidas de Luisa Alcalde y Andy eran el preámbulo de un fracaso anticipado.

Claro, ahora, con la denuncia, se culpa al QR y a las prácticas que todos los gobiernos y partidos cometen: coacción del voto, participación de servidores públicos, propaganda engañosa, uso electoral de programas sociales, violencia política de género, rebase en topes de campaña en 962 casillas y todas las mapacherías del Manual de Fraudulentos Electorales.

La jornada electoral en Coahuila se suma a la pasada intentona de destitución y enjuiciamiento contra la gobernadora de Chihuahua. Son dos derrotas al hilo para la nueva dirigencia de Morena, encabezada por Ariadna Montiel, aunque en realidad son herencia de la anterior camada de júniors morenistas que, pese a venderse como relevo generacional, nunca tomaron en serio su papel como partido en el poder ni la oferta de regeneración nacional.

Los resultados dejaron una fotografía política contundente: el PRI, en alianza con la Unidad Democrática de Coahuila, se alzó con la victoria en los 16 distritos locales en disputa, con 55.21 por ciento de los votos, prácticamente el doble de la coalición Morena-PT, que se estancó en 25.97 por ciento. El PAN, mientras tanto, celebra “el regreso del PRI” aunque perdió su registro al obtener apenas 2.1 por ciento. Claro, habrá que esperar qué resuelven los tribunales electorales una vez que Morena presentó la denuncia correspondiente ante la Fiscalía de Delitos Electorales, pero golpe dado ni Dios lo quita.

El 2027 ya comenzó. Los partidos afinan estrategias, los aspirantes miden fuerzas y los consultores preparan nuevas explicaciones para los resultados que todavía no ocurren. Conviene leer la experiencia de Coahuila con objetividad y prudencia; después de todo, la historia electoral mexicana demuestra que las señales equivocadas suelen ser las favoritas de quienes más confían en ellas.

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