Hace cuatro años decíamos que un fantasma recorría América: el de los triunfos de la izquierda y el progresismo, la ola rosa. Pero advertíamos también que ese momento traía consigo un reto más complejo. Los desplantes de sus gobernantes, su exceso de confianza y abuso de poder, además de sus tentaciones de perpetuidad podrían abrir un flanco todavía más peligroso: el regreso de las derechas. Y sí, lo provocaron, además de sus divisiones internas, y no la vuelta de cualquier derecha, sino de las más ásperas y tóxicas: neofascistas, clasistas, elitistas, excluyentes, racistas, discriminatorias y profundamente reaccionarias frente a las conquistas recientes en derechos humanos y civiles. Una verdadera joya del museo político, pero con redes sociales y asesores de imagen permanentes.
En 2022, el triunfo de Gustavo Petro en Colombia encendió un animoso despertar entre los partidos de izquierda. Hoy, la derrota de Iván Cepeda rompe la esperanza de un continente progresista capaz de poner un alto a la voracidad transnacional, reducir la desigualdad, recuperar el espíritu bolivariano de unidad de las américas y coordinar esfuerzos por un mundo mejor frente al imperialismo voraz. Nada ambiciosamente nuevo, desde luego, pero sí era viable por primera vez en nuestra historia reciente.
Más allá del nivel de resistencia civil que asuman los sectores derrotados de la coalición izquierdista colombiana, estos resultados se suman a una nueva ola de políticos populistas de corte ultraconservador en el continente. ¿Será un giro contundente o apenas un sobresalto pasajero? ¿Cómo jugará México, cuya presidenta fue calificada hace apenas una semana como la más popular y poderosa entre los liderazgos progresistas del mundo? Preguntas modestas, como se ve, para un vecindario que nunca ha tenido la delicadeza de aburrirse.
Veamos. La fórmula que resultó exitosa con Javier Milei en Argentina —y que también encuentra ejemplos en Europa— parece querer exportarse con entusiasmo de franquicia hacia varios países. Abelardo de la Espriella confirma la tendencia del candidato outsider histriónico: poca experiencia político-partidista, notable empatía con ciertos malestares clasemedieros, abundante carisma sobreactuado y una exposición mediática llevada hasta el cansancio al ritmo de tres TikToks por hora. Todo ello, por supuesto, envuelto en la promesa del “cambio verdadero” y coronado con la inevitable oferta de mano dura contra los violentos: delincuentes, grupos de presión, guerrillas o movimientos sociales que, qué desconsiderados, insisten en “generar desorden”.
Pero, sobre todo, estos liderazgos comparten una visible empatía con el presidente estadounidense Donald Trump y su idea de un nuevo orden, una nueva ética y una nueva sociedad fundada en la patria, la familia, la libertad y —vaya audacia conceptual— ¡la democracia! Si usted ha escuchado esas consignas en boca de algunos personajes locales, ya puede ir ubicando a los portadores del mismo libreto en nuestro terruño: aspirantes a convertirse en la piedra providencial que detenga esa ola llamada Cuarta Transformación.
El ascenso de estos movimientos de centroderecha, derecha tradicional y populismo ultraconservador —incluidos los de perfume fascista, para quienes gustan de las fragancias históricas intensas— aprovecha tres factores: la polarización alimentada no sólo por los medios tradicionales, sino por un golpeteo sistemático en redes sociodigitales; la falta de resultados económicos; y la violencia, ya provenga del crimen organizado o de un desorden social en ascenso.
Distintos analistas hacen bien en separar a estas nuevas derechas de la anterior ola conservadora representada por Mauricio Macri, Sebastián Piñera e Iván Duque, más institucional, más convencional y, si se quiere, más educada en sus modales. Esta nueva camada llega con resentimiento de clase, defensa descarnada de intereses y una relación bastante creativa con las instituciones: las invocan cuando les sirven y las acusan de tiranía cuando se les atraviesan. En suma, aspiran a emular los golpes de mano que Trump ha ensayado en su país, con la esperanza de que el libreto funcione igual de bien en subtítulos latinoamericanos.
La escena recuerda a Marsella, la serie en la que una líder conservadora convierte la inseguridad en su mejor negocio y en boleto de ascenso político veloz. “En la guerra, todo el mundo pierde algo. Lo importante es no perder la cabeza”, expone el personaje. O, dicho con menos dramatismo televisivo: en tiempos de miedo, siempre hay quien descubre que la angustia ajena también puede cotizar muy bien en las urnas.
Eso ocurre con Bukele, quien mantiene altos niveles de popularidad gracias a sus polémicas y severas estrategias de seguridad ciudadana. En Argentina, Chile, Paraguay, Perú y Bolivia, las promesas de desregulación económica, orden y paz, junto con el rechazo frontal a una clase política tradicional a la que no bajan de corrupta, avanzaron entre jóvenes, clases medias y sectores acomodados hasta convertirse en victoria electoral. El milagro, como suele suceder, consistió en vender como futuro una versión bastante conocida del pasado, aunque con amarga actualización de resentimientos encontrados.
Ni todas las izquierdas son homogéneas ni todas las derechas pintan del mismo color. De acuerdo con los resultados y alineamientos recientes, las derechas van desde las plenamente alineadas con los dictados de Estados Unidos —como El Salvador, Argentina, Ecuador, Perú, Chile, Paraguay, Bolivia y Panamá— hasta gobiernos que podrían redefinirse en el Caribe, como República Dominicana, Costa Rica y Jamaica.
Por ahora, el progresismo queda reducido a Uruguay, Guatemala, Brasil —aunque Lula reniegue— y México, que una vez más deberá navegar y remar con sus propias manos.
Con toda la presión del vecino del norte, nuestro país no buscó del todo el liderazgo regional ni tendió todos los puentes necesarios con sus pares progresistas para hacer frente común al imperio. ¿Qué sigue? Porque el asunto es que los operadores electorales y los estrategas están entre nosotros haciendo inteligencia, operaciones piscológicas y generando campañas como esa de #narcopresidente que duró más de tres meses. El tiempo dirá si el gobierno logra descifrar un escenario internacional cada vez más enredado en nuestra contra; porque, como sabemos, América Latina siempre ha tenido una admirable vocación por complicarse justo cuando parecía que ya no podía hacerlo mejor, pero que terminaron haciéndolo peor que nunca.
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