Recuerdos de las “Pioneras del 71”

El 21 de agosto de 1971 ante más de 110 mil aficionados que agotaron las localidades del Estadio Azteca para ver el partido México-Dinamarca en la final del Segundo Mundial Femenil, Lulú de la Rosa, María Bertha Orduña, Alicia Vargas y Elvira Aracén, entre otras deportistas más, dieron vida al hoy legendario grupo de mujeres “Pioneras del 71”.

Previo a la gran final del Campeonato Mundial de Futbol que este domingo tiene lugar en Estados Unidos entre las selecciones varoniles de España y Argentina, las pioneras dieron rienda suelta a sus recuerdos para evocar el momento en que las mujeres marcaron, con fuerza, valor, y entrega, al futbol femenil mexicano que hoy en día tiene un brillo propio.

Durante la mesa de diálogo Las pioneras del 71, realizada como parte de la exposición ¿De qué color pinta el verde? coordinada por el escritor y periodista mexicano Juan Villoro, De la Rosa, Orduña, Vargas y Aracén, quienes jugaron el Mundial de 1970 en Italia y el de 1971 en la Ciudad de México elevaron la voz para, una a una, acordarse.

“Sus nombres y sus hazañas suelen ser evocadas en tiempos mundialistas, pero ellas son parte muy significativa de la historia del deporte en México; son las pioneras del futbol”, dijo Teresa Vicencio, Secretaria Administradora de El Colegio Nacional, antes de dar la palabra a cada una de ellas. El público invitado a la charla las miraba con admiración.

María de Lourdes de la Rosa fue seleccionada a los 16 años de edad. Tras el Mundial del 71, donde México quedó subcampeón, participó en giras por Europa y Sudamérica. “Ese día, a las seis de la mañana, comenzamos un entrenamiento de dos horas en Chapultepec. A eso de las dos de la tarde, ya en la cancha, entrenamos técnica y táctica de futbol”, dijo.

En su mente vibraron palabras que ella misma se decía en ese momento: “Necesitamos fuerza muscular para enfrentarnos a las europeas, que son unas mujerzotas corpulentas a final de cuentas ganamos a Inglaterra 4-0, a Italia 2-1 y además, a Argentina 3-1; en la final Dinamarca, un gran equipo, nos derrotó. Perdimos ante un equipo de gran nivel”.

Por su parte, Alicia Vargas Sánchez, a quien desde el primer partido que se jugó un año antes, en Italia 1970, se le puso el apodo de “La Pelé mexicana”, porque en ese mundial fue campeona goleadora con cinco anotaciones, señaló que con el paso de los años ha sido reconocida como la tercera mejor futbolista mexicana del siglo XX de la Concacaf.

Más adelante destacó que nunca jugaron con balones inteligentes como los que se usan actualmente “sino con pelotas de cuero, por lo cual sí se necesitaba tener un buen toque y una pierna poderosa para hacer llegar al balón a ciertas distancias. Nada como ahora que tienen aire y gas, y si tienes técnica, pues haces goles hasta desde la mitad de la cancha”.

Para el primer mundial, en Italia, todas iban con la seguridad de que harían el mejor papel para México, porque a la Ciudad Deportiva, al Deportivo Eduardo Molina, o donde les tocara jugar, la familia siempre iba a apoyar. “Eso fue lo que nos hizo grandes, además de la unión de equipo. Cada una sabía sus habilidades y posibilidades”, enfatizó “La Pelé”.

Para el mundial de 1970 tuvieron dos meses de preparación. La prensa hablaba de “una aventura de la selección femenil”, con notas pequeñitas en un rincón de la página de deportes. “Era lógico: Las mujeres habían invadido un deporte exclusivo hasta entonces de los hombres y, obviamente, estaba muy mal visto, éramos severamente criticadas”.

María Bertha Orduña tenía sus rituales. En la capilla dedicada a la Virgen de Guadalupe en el estadio, se hincaba, juntaba sus manos y agachaba la cabeza, porque recordaba que “las batallas no se ganan de pie, se ganan de rodillas. Y antes de entrar al campo respiraba profundamente, aguantaba lo más que podía, y sentía yo como un baño de agua fría”.

En la infancia de Elvira Aracén no hubo un balón de futbol. Llegó a la CDMX desde un pequeño pueblo de Veracruz donde se jugaba beisbol y el futbol era desconocido. “Otra actividad era echar carreritas con los caballos. Por las tardes lazábamos un caballo, que ni siquiera era nuestro, y lo montábamos”. Así fue como fortaleció su mente y su cuerpo.

Llego a la Ciudad de México porque en su pueblo sólo había educación primaria. Vino a estudiar la secundaria y lo único que sabía hacer era correr. “Recuerdo que mi maestra de educación física me escogió para hacer carreras. Yo quería jugar voleibol porque todas mis amigas lo jugaban, pero la profesora me sentenció: ‘No, o corres, o te repruebo’”.

Se convirtió en saltadora de longitud y de altura, además de practicar el pentatlón, y eso, le ayudó para llegar al fútbol. Sus compañeras de la preparatoria le hicieron ver que corriendo era muy rápida, por eso la invitaron a jugar futbol con ellas, pero Elvira pensó que esa era una idea descabellada y respondió “están locas. ¿fútbol?, ¡claro que eso no”.

Un día la invitar a jugar, con la promesa que al final habría carnitas. Pensaba en ser de la porra, pero algo sucedió y no llegaron todas quienes iban a jugar. “Para un partido se necesitan mínimo ocho y únicamente eran siete… y yo. Todas me miraron y casi a coro, dijeron: ‘O entras, o perdemos y no habrá carnitas’”. Entró, anotó, y comenzó su historia.