Guanajuato es un lugar que recibe cada año a miles de visitantes que se quedan maravillados por la algarabía de fiesta que hay en el centro histórico cada día y cada noche e incluso por las madrugadas, donde los cantores y turistas se conocen y reconocen como si fueran amigos de hace mucho tiempo, creando una hermandad que se perpetua por medio de las redes sociales democráticas y cosmopolitas, así como es esta ciudad.

Durante el día el vaivén de turistas y locales hace que el Jardín Unión, por ejemplo, sea el lugar donde los niños visitantes corren, suben y bajan del quiosco jugando durante un buen rato mientras sus padres descansan del trajín que visitar una ciudad turística les deja, por eso muchas de las veces se quedan disfrutando de la música y de la paz que les ofrece el que sus hijos estén felices jugando y haciendo amiguitos con los niños guanajuatenses que andan hasta esas horas también gozando el fresco de la noche que les da en su carita sudada por tanto correr.
Recientemente mi amigo Juan Manuel llegó de visita a la ciudad en compañía de sus esposa y sus dos niños: ellos vienen desde la república hermana de Zacatecas, ciudad muy parecida en su arquitectura a Guanajuato, pero, me dice, “aquí es otra cosa, aquí se sienten otras vibras”, y sí.
Cuando llegaron se hospedaron en el Hotel Santa Fe, ubicado en plano Jardín de la Unión, para poder disfrutar de la fiesta que se vive ahí cada noche: mariachis, estudiantinas, grupos norteños, paseantes, una diversidad de personas y de actividades que es imposible dejar de lado como turista aquí en la capital.
Me cuenta que una de las noches en que estaban tomando su café y mirando a sus hijos jugar cerca del quiosco, vieron cómo dos niños pequeños se acercaron a platicar con sus hijos, no se les hizo extraño pensaron que de seguro también los padres de esos niños estarían cerca, así que no les preocupó de manera alguna que luego de rato ya andaban corriendo y jugando alrededor del quiosco y en los pasillos cercanos a donde podían verlos y escuchar las risas y los murmullos de sabe de qué hablaban, seguro cosas de niños pequeños, pues en ese tropel las edades oscilaban entre seis y siete años.
Todo parecía normal hasta que ya cerca de las diez de la noche, decidieron irse a descansar, así que les pidieron a sus hijos que se despidieran y agradecieran a los dos niños por haber estado jugando con ellos, que si mañana estarían allí, se volverían a ver y volverían a jugar otra vez. Sus hijos hicieron los propio y en cuanto los niñitos escucharon esas palabras detuvieron su juego, se pusieron de pie mostrando una carita muy triste, casi para llorar, y sólo respondieron que sí, que ellos siempre estarían ahí para jugar. Acto seguido mi amigo y su familia se fueron a su hotel, dejando atrás a los niños pues supusieron que irían con su familia, así que bueno, todos a descansar.
Sin embargo, mi amigo Juan Manuel se quedó inquieto por lo de si sí irían con su familia, así que dejó a su esposa e hijos en las puertas del hotel y regresó para ver qué había pasado con los amiguitos de sus hijos, y entonces los vio solos, cerca de las escaleras del quiosco, estaban agarraditos de las manos, caminando con paso lento hacia la pared y ante sus ojos vio cómo esos niños poco a poco se volvieron casi transparentes y a la vez atravesaron el muro para meterse debajo del quiosco. Se quedó estupefacto, inmóvil, no se explicaba cómo era posible que desaparecieran que entraran, que se esfumaran, que… Movió la cabeza como negando todo, volteó a ver a las pocas personas sentadas en las bancas y ver si se habían dado de cuenta de lo que acababa de pasar, pero no, al parecer nadie los vio desaparecer, todos seguían en sus pláticas, o viendo la noche u oyendo la música y canciones que noche a noche impregna el ambiente de historias de amor y desamor.
Entonces mi amigo decidió regresar con su familia, obviamente no les iba a contar lo que había visto, sólo a su esposa, pero ya cuando estuvieran de vuelta en Zacatecas.
A la mañana siguiente, salieron a dar un último paseo, ahora a él le urgía regresar a su ciudad, y así lo hicieron. Me dice que al salir del hotel ya con sus maletas, alcanzó a ver a esos niños corriendo cerca del quiosco como esperando a que otros niños vivos los vieran para jugar una vez más. Apresuró el paso y mejor esperaron el taxi en el Baratillo, lejos del jardín para que sus hijos no vieran a sus compañeros de juego de una noche antes, pues a estas alturas mi amigo ya sabía que eran fantasmas, almitas permanentes en este mágico lugar.
Dicen los que saben que aquí en esta ciudad a los niños les da jugar en los callejones, plazas o jardines públicos porque como las casas están encima una de otra es poco común poner patios grandes en ellas, si acaso algún pasillo que conecte las habitaciones que luego, cuando la familia crece, se convierten en cuartos familiares y de a poco son los hogares de nuevas familias. Eso explica en gran parte que los fantasmitas del jardín unión sigan ahí, porque de seguro murieron cerca en alguna casona o ahí mismo por accidente. Esas almitas muertas siguen siendo niños por toda la eternidad, por eso esperan en ese lugar para seguir jugando con almas vivas que por su inocencia sólo ven que son niños que quieren jugar con ellos, pues las almas puras se reconocen en la vida y en la muerte.
¿Quieres conocer el Jardín Unión? Ven, lee y anda Guanajuato.
