El espacio de Escipion

La (des)Inteligencia Artificial y el nuevo poder

No hace mucho decíamos que “los niños mexicanos actuales nacen con un chip digital integrado, con un celular inteligente en la mano y con algoritmos en sus cerebros” por la facilidad con que logran entender y manejar las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, a diferencia de quienes pasamos del cuarto, quinto o sexto piso, que pecamos de analfabetismo tecnológico.

Estamos entrando en una nueva revolución tecnológica en la que casi todo parece posible, incluso lo inimaginable. Pero esa promesa también trae riesgos acelerados y sorprendentes: una generación formada por herramientas digitales que ya afectan la calidad de vida reduce el sueño, empobrecen la socialización, dispersan la atención y fomentan adicciones al consumo digital. El problema no termina ahí: esa misma saturación de datos puede producir ciudadanos más autoritarios y, paradójicamente, más desinformados.

Así las cosas, en estos días la película 2001: Odisea del espacio, de Stanley Kubrick, estrenada en 1968, vuelve a ser citada con preocupación por el poder que estamos otorgando a las supercomputadoras que hoy caben en un bolsillo, sin que exista una autoridad dispuesta a reflexionar y atender los escenarios que podrían desencadenarse.

Por el contrario, en el Estado de México se presume que policías tipo “Robocop” podrían suplir a los cuerpos municipales de seguridad pública marcados por la corrupción. En el Senado de la República, una iniciativa de ley fue creada totalmente por inteligencia artificial. En Zacatecas, una jueza de distrito fue suspendida al descubrirse que sus sentencias estaban elaboradas con IA. Y, en medio del debate sobre el examen de admisión, la UNAM también ha quedado en el centro de la discusión sobre el uso indebido de la IA.

Y, claro, por si faltara algo, el crimen organizado también está mutando gracias a la IA: deja atrás parte del fraude tradicional para crear fintechs falsas, portales financieros fraudulentos y aplicaciones de préstamos inmediatos que han aumentado 27 por ciento en un año. Incluso hay apps que se promocionan como herramientas de seguimiento pseudopolicial, sin necesidad de un agente-campana que acompañe a la víctima.

Más aún: la IA ya se usa para construir argumentos legales para abogados, desarrollar proyectos para ingenieros, preparar presentaciones para publicistas y producir reportajes para periodistas. También llena las redes de infografías de adoctrinamiento pseudocomunista o neofascista, según la identidad de quien las genera. Mientras tanto, las fuentes de información ubicadas en redes sociodigitales desplazan lentamente al periodismo de los medios tradicionales y sus formadores de opinión. ¿Quién ocupa hoy el lugar de Jacobo Zabludovsky en la televisión? ¿Dónde está el Manuel Buendía del momento? ¿Quién lidera los noticieros radiofónicos? Hoy, cualquier youtubero o influencer con un poco de ChatGPT puede convertirse en líder de opinión sin siquiera haber pasado por la preparatoria.

En palabras de Manuel Atienza, vivimos una “guerra de las falacias”: malos argumentos, falsos debates, campañas de odio, distractores y desinformación que abundan en la esfera pública, sin que exista todavía un instructivo eficaz para combatirlos.

Los procesos creativos atraviesan una crisis de autoría que recuerda el cuento de Jorge Luis Borges, «Pierre Menard, autor del Quijote», publicado en 1939. Allí, la genialidad de Menard no consiste en copiar el Quijote de Miguel de Cervantes, sino en volver a escribirlo palabra por palabra desde otra vida, otro siglo y otro contexto, hasta producir un texto idéntico y, al mismo tiempo, distinto. Roland Barthes llevó esa provocación más lejos en La muerte del autor: una vez escrito, el texto se desprende de quien lo firma y empieza a depender de sus lectores. La IA empuja esa discusión al terreno de lo incómodo: ya no sólo separa texto y autor, sino que fabrica textos sin experiencia propia, listos para circular como si detrás hubiera una conciencia, una biografía o, ya encarrerados, aunque sea una mínima vergüenza intelectual.

El 20 de abril pasado, la revista The Economist, portavoz del mundo globalizado y neoliberal, advirtió que el problema de la inteligencia artificial ya no es sólo lo que puede hacer, sino quién la controla. Cuando una tecnología capaz de alterar la cotidianidad, los empleos, la seguridad, los mercados e incluso las decisiones sobre lo que puede hacerse público —léase censura, como la aplican los algoritmos de redes sociodigitales— queda concentrada en manos de unos cuantos, el debate deja de ser técnico y se vuelve político, económico y democrático. ¿Ahora entendemos con mayor claridad lo que advertimos en noviembre de hace dos años, cuando los magnates de las tecnologías de la información y la comunicación se alineaban con los nuevos bloques de poder ultraconservador?

Hace dieciocho meses advertimos en este espacio “que uno de los elementos novedosos de las elecciones en los Estados Unidos era que magnates como Elon Musk, dueño de Twitter ahora X, se la jugaba con Trump, mientras que Bill Gates y los socios de Google lo hicieron con Kamala Harris. Meses después, resultó alarmante entre los especialistas de las nuevas tecnologías de la información y estudiosos de la comunicación humana que Mark Zuckerberg, el dueño de META haya decidido cambiar sus políticas de verificación y se haya sumado al bloque que apoyará al próximo presidente estadounidense”.

En este contexto, el gobierno y el Estado mexicano, como otros en el mundo, han convocado a analizar y debatir qué hacer frente al crecimiento de la IA. La regulación no debe frenar la innovación, pero sí impedir que una élite tecnológica, concentrada en transnacionales de redes sociodigitales y metabuscadores, termine operando sin control sobre nuestra soberanía y sobre el futuro de las próximas generaciones. Vayamos, pues, a revisar qué se dice en esas mesas, porque el asunto está ya en el centro de la preocupación nacional.

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