Apenas se apagó el espectáculo de las patadas al balón y regresamos a eso que, por mera cortesía, seguimos llamando realidad —aunque ya se parezca demasiado a una irrealidad financiada con recursos públicos—; esa que reapareció en forma de otro torneo de patadas: el de la diplomacia mexicana contra Estados Unidos. Lo que antes se pateaba con pudor bajo la mesa ahora se distribuye sin protocolo en las espinillas, alrededor de un problema que viene arrastrándose desde el cierre del sexenio pasado: la participación no autorizada de agentes de inteligencia estadounidenses en territorio mexicano para detener a uno de los principales capos del narcotráfico, hoy confeso en Estados Unidos: Ismael Zambada, alias “El Mayo”.
La trama, desde luego, se enreda cada día más: nadie parece saber hacia dónde va ni qué se pretende, salvo quizá quienes ya calculan, con admirable sentido de la oportunidad, el rédito electoral del incendio. Con la presidencia del vecino incómodo en juego dentro de cuatro meses y los números negándose a regalarle la victoria al Partido Republicano, con esa grosería tan propia de las encuestas, la ventana que ofrecen eventuales detenciones de narcopolíticos mexicanos, más aún si se trata de gobernantes en funciones, se vuelve una jugada riesgosa, sí, pero perfectamente vendible como rentable para el señor anaranjado, todavía enredado en la guerra contra Irán y necesitado de un tema que le permita reposicionarse ante los ciudadanos de su país.
Las cosas, por supuesto, no son sencillas. No está en juego únicamente la continuidad de la colaboración entre el gobierno mexicano y Estados Unidos, ni se resuelve todo con expulsar agentes del FBI, la CIA o la DEA de territorio nacional, como si la política exterior fuera una kermés de consignas. El dilema real está en el filo: defender la soberanía nacional con seriedad institucional o envolverse en la bandera, gritar “Yankee go home” cual masiosare trasnochado y terminar defendiendo, por accidente o por cálculo, a personajes políticamente indefendibles.
Habrá de recordarse que la frase “Yankee go home” —o “yanqui, vete a casa”, para no pecar de antiimperialismo bilingüe— se acuñó como un grito global contra la presencia militar, política y económica de Estados Unidos en el extranjero durante el siglo pasado, pero hoy, vaya paradoja, en tiempos de la 4T, esto se vuelve defensa serena de la soberanía, una cortina de humo para administrar culpas, proteger a los suyos y fingir dignidad nacional justo cuando los expedientes huelen a narcopolítica, el señalamiento que hoy por hoy representa la nueva descertificación del imperialismo para castigar, bloquear o ningunear a las naciones y sus gobiernos.
No se ha querido reconocer, pero todo va junto con pegado en la línea impositiva de EEEUU: la revisión anual del T-MEC, la política arancelaria, los desvisados, las presiones para nuestra política migratoria y de seguridad, a lo que falta aún exigencia de rectificaciones a las reformas judicial y electoral para reajustar nuestro sistema al modelo que más convenga a sus intereses.
Y es que la estrategia del gobierno mexicano se complica, porque un exembajador, el examigo Ken Salazar, anticipa revelaciones del gobierno mexicano en un libro de su autoría, y para colmo con la clase política mexicana no ayuda, pues durante semanas se ha ido desgastando el tema de las facilidades que diera la gobernadora panista Maru Campos a agentes estadounidenses contra un narcolaboratorio, ganándose la acusación de traición a la patria, y cuando menos lo esperábamos el FBI filtra audios de una gobernadora morenista, Marina del Pilar, poniéndose a las órdenes como informante de dicha agencia estadounidense.
Para el gobierno mexicano y la clase política de Morena esto ha sido remar a contracorriente, porque están de ciertos que detrás de todo esto hay una operación de inteligencia política para detener electoralmente a la llamada “Cuarta Transformación” mediante temas de desacreditación ciudadana, de ahí el entusiasmo y poco pudor cual corinas machados con que las mini oposiciones celebran la intromisión estadounidense.
No está demás reiterar que hay cuadros destacados del oficialismo que parecen implosionar ante la paranoia de ser objetos de investigación y que en el mediano plazo quieran convertirse en informantes con tal de no sólo ser desvisados sino pisar una cárcel en el otro lado de la frontera.
Por ahora, la disputa por la narrativa se desliza entre lo políticamente incorrecto y la construcción de tramas verosímiles, el llenar cabos sueltos y tener credibilidad, porque no es gratuita la presión para que el gobierno mexicano entregue al mandatario Rubén Rocha Moya, pues al hacerlo aceptarían violación a la soberanía por la forma en que se llevaron a Ismael “El Mayo Zambada”, en que todo indica que el FBI operó con total sigilo y secrecía sin permiso ni advertencia previa ni a su propio embajador.
Este caso ha sido reiterativo para recordar dos violaciones a la soberanía en la trama de Enrique Camarena, primero, en marzo de 1985, con la intromisión de agentes de la DEA en Michoacán, lo cual mereció el rechazo del entonces gobernador Cuauhtémoc Cárdenas, calificando aquella intervención extranjera como una grave violación a la soberanía de su estado y del país. El segundo, en abril de 1990, con la sustracción y detención ilegal en nuestro territorio del médico que presuntamente participó en el secuestro y tortura de “Kiki” Camarena.
Curiosamente, el canciller Roberto Velasco sólo ha referido, y mal, al segundo caso como ejemplo de que se ha protestado con anterioridad por estas acciones; aunque en tonos y desenlaces totalmente distintos a como se quiere actualmente manejar el caso de “El Mayo”.
La administración del caso Zambada va junto con pegado al caso Rocha Moya y a la crisis de violencia que azota a Sinaloa y otras partes del país. El gobierno está consciente del alto riesgo político y diplomático que se enfrenta. Al sostener la defensa del gobernador hasta no tener pruebas, para evitar una crisis interna del gobierno y del parido, y defensa de la soberanía, desafía a los acuerdos y conveníos con la justicia de Estados Unidos y la relación bilateral. Ese es el dilema y la apuesta podría ser muy alta en escenarios donde quedan variables de alto riesgo, los cuales desde flojitos y cooperando, la suspensión o la ruptura; este último pareciera increíble pero no imposible.
Así que, esto no se acaba hasta que se acaba, diría un cronista futbolero.
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