El espacio de Escipion

Desafíos diplomáticos ante las bravuconadas de la derecha internacional

Los reacomodos entre las naciones siguen en movimiento constante, tanto que ya nos tienen mareados y, de paso, sorprendidos. Las derechas, por supuesto, andan felices y envalentonadas: creen que el reciente brinco electoral, sumado a la integración de ese frente continental llamado “Escudo de las Américas” y a la provocación abierta contra los gobiernos progresistas de México y Brasil, podría otorgarles un pase automático para convertirse en los nuevos consentidos del presidente de Estados Unidos. Esperan trato preferencial en materia arancelaria o, cuando menos, ser presentados como presidentes ejemplares del deber ser obediente frente al imperio.

La disputa no ocurre sólo en los comunicados oficiales ni en las cumbres visibles. También se libra en los gestos, las provocaciones calculadas, los alineamientos ideológicos y las presiones económicas que buscan redefinir quién obedece, quién resiste y quién paga los costos de este reacomodo continental. Todo ello, además, con un mapa geopolítico que puede cambiar de un momento a otro, sobre todo porque la elección de noviembre en Estados Unidos está cada vez más cerca y no pinta precisamente bien para el republicanismo.

En ese contexto, la diplomacia mexicana está puesta a prueba. Varios mandatarios de derecha se lanzan contra nuestro país y su gobierno con la misma cantaleta que circula desde enero de 2024 en las benditas —perdón, malditas— redes sociales. Ahí está, por ejemplo, Laura Fernández Delgado, de Costa Rica, con su frase de que “México es un lugar donde no queremos llegar” en materia de seguridad. Y qué decir de la rabieta de Nayib Bukele, de El Salvador, ante la falta de precisión sobre una avioneta asegurada en aguas de Colima que, aparentemente, procedía de su país. El episodio le bastó para seguirse de largo y comparar la eficacia de su plan de seguridad con la de México. Porque para algunos mandatarios, una duda técnica siempre es una excelente oportunidad para montar un espectáculo.

Con discreción, el gobierno mexicano no respondió ni con comunicado ni con declaración mañanera. Simplemente aplicó controles aduaneros y limitaciones a las importaciones: medidas de impacto menor para nuestra economía, pero no necesariamente para las suyas. Así de modesta puede ser, a veces, la pedagogía diplomática.

Ahí aparece una contradicción que México no puede ignorar: a ciertos gobiernos se les permite tensar la relación bilateral, insultar, interferir o fabricar conflictos, mientras la respuesta internacional rara vez pasa de la recomendación diplomática. No hay sanción política equivalente ni costo proporcional y, por tanto, la provocación termina convirtiéndose en método. La pregunta es si México debe seguir respondiendo únicamente con prudencia institucional o si necesita construir una doctrina más firme frente a esas agresiones. Porque una cosa es ejercer la diplomacia y otra muy distinta poner la mejilla para que cualquier aprendiz de procónsul venga a practicar puntería.

Tampoco quedan atrás los desplantes irrisorios de mandatarios de Ecuador, Perú o Bolivia. Y, claro, el peor ejemplo ha sido Javier Milei, de Argentina, quien por lengua suelta provocó una crisis diplomática con Brasil y esperaba que algo semejante ocurriera con México. No obtuvo la respuesta deseada, aunque sí recibió la de su jefe ideológico, Donald Trump, quien lo mantuvo marginado durante la ceremonia de cierre del Mundial y después le aplicó la misma dosis arancelaria. Porque hasta en las lealtades imperiales hay jerarquías.

Más allá de los maltratos que Trump le ha dispensado a Milei, los torpedos del argentino podrían ser los más peligrosos. No sólo porque algunos de sus asesores de marketing ya operan en México, sino porque pretende colocarse, a fuerza de provocaciones contra nuestro gobierno, como líder de la nueva derecha latinoamericana. Aspira a convertirse en actor central de la reconfiguración ideológica del continente, aunque para ello tenga que fabricar tensiones entre dos naciones hermanadas desde hace décadas.

Lo hace, además, aprovechando los desaguisados tiktokeros del pasado Mundial, cuando argentinos y mexicanos se enredaron en una cadena de insultos de baja manufactura. Después acusó al gobierno mexicano de orquestar una campaña antiargentina y alentó la idea de que, en su territorio, cualquiera que insulte a un connacional debería ser expulsado. Toda una cátedra de libertad, cómo no.

Por eso no resulta casual que, al peor estilo de un cómico mal pagado, intente hacer chistes sobre nuestro país, nuestro gobierno o nuestra presidenta, con tal de cosechar el aplauso fácil y gratuito de sus seguidores. El humor, cuando no alcanza para más, siempre puede disfrazarse de valentía política.

Tampoco pasamos por alto que dos españolas de poca monta han mantenido una presencia constante en supuesto respaldo a sus pares conservadores panistas y priistas, aunque para la mayoría de la población mexicana pasan prácticamente inadvertidas. Tanto viaje, tanta pose y tan poca consecuencia: también eso exige cierto talento.

El objetivo final de estas derechas, unas más entusiastas que otras, es sumarse en montón a la campaña de los republicanos antimexicanos para revertir la ola morenista que estará a prueba el año próximo y apuntalar, mediante sus victorias electorales y sus arengas libertarias, el respaldo a la MAGA de Trump y a los sectores más radicales del Partido Republicano. Dicho de otro modo: ante la ausencia de una oposición mexicana de derecha capaz de rebasar la estridencia del Tío Richie y las rabietas de los mismos cuadros de siempre del PRI y el PAN, tienen que llegar actores externos a hacerles la chamba.

Las respuestas de Claudia Sheinbaum y de la Cancillería han seguido la vía diplomática tradicional: “México es amigo de todo el mundo”, “no acostumbramos a meternos con otros países”, además del llamado a respetar la libre autodeterminación de los pueblos y el principio de no intervención, sobre todo en lo que se refiere a Cuba y Nicaragua. De Venezuela y Bolivia mejor ni hablamos: su defensa ya pasó de largo entre exmandatarios que ahora están en capilla.

Sin embargo, en esta coyuntura el gobierno sigue navegando solo, sin el acompañamiento del pueblo ni de su propio partido. Morena realiza distintas asambleas “en defensa de la soberanía” —mecanismo bastante práctico para bordear la prohibición de campañas anticipadas—, pero esas reuniones carecen de contenido. El partido está ausente de la construcción de un discurso y de llamados a la unidad nacional frente a la ofensiva extranjera. No quieren, no saben o, peor todavía, no se les ven ganas a sus dirigentes, más ocupados en identificar enemigos entre los propios mexicanos que piensan distinto.

Mientras tanto, la economía cruje, pero no se rompe. Y ese matiz importa. Una cosa es el ruido financiero, la presión de los mercados, el desgaste cotidiano y la cantaleta de que ahora sí viene el desastre; otra muy distinta es una crisis capaz de desfondar el respaldo político. Morena puede mostrar signos de declive —faltaba más: gobierna y, por tanto, se desgasta—, pero ese desgaste no necesariamente borra de inmediato el efecto acumulado de sus programas, su presencia territorial y la identificación popular con el proyecto. La oposición quisiera que cada sobresalto económico fuera el acta de defunción del lopezobradorismo, pero por ahora apenas le alcanza para redactar una esquela anticipada, de esas escritas con mucha ilusión y muy poca verificación.

La complejidad del momento consiste, sin duda, en enfrentar la idea de que México es la principal amenaza para la seguridad de Estados Unidos, más allá de los acercamientos y las reiteraciones de buena vecindad. En ello pesan tanto el factor económico como el ideológico: mientras aumenta la presión por la política de seguridad, los grupos internos de la 4T tienden a radicalizar su postura antiestadounidense. El “Escudo de las Américas” sin México está cargado de simbolismos: no estamos contemplados como aliados en materia de seguridad ni como cómplices para cerrarle el paso a China.

Se requiere mucha más diplomacia y, sobre todo, mucha más efectividad: para evitar más muertes a manos de ICE, para construir respuestas correctas y para lograr que nuestros reclamos se vean, aunque no siempre se oigan. Para ello urge depurar el cuerpo diplomático y poner la experiencia del Servicio Exterior al servicio de una defensa más sólida del gobierno de Claudia Sheinbaum. Porque en esta nueva normalidad continental la diplomacia ya no consiste sólo en saber hablar: también exige saber cuándo callar, cuándo cobrar la factura y cuándo dejar claro que la prudencia mexicana no es una invitación para que cualquier aprendiz de procónsul venga a ensayar su numerito de poder.

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