Ecos de Mi Onda

Una pregunta en la cabeza

El primer paso de la ignorancia es presumir de saber.

Baltasar Gracián (1601-1658), escritor español.

Me levanté con una pregunta en la cabeza, ¿Por qué dicen que para la miel se tiene que usar una cuchara de madera y no de metal? No tenía ni la menor idea del porqué, pero la insistencia en el cerebro me hizo levantarme para consultar en la computadora. Seguramente, la inteligencia artificial debe tener una respuesta satisfactoria. Pero antes tomé mi medicina para la presión – siempre la traigo un poco alta – y luego fui a la cocina y abrí el refrigerador en forma automática, tal vez buscando algo que me pareciera un bocadillo, pero lo cerré de inmediato y vi que no había café en la cafetera, así que lave los restos, le puse agua, agregué el café molido y la puse a calentar, mientras me senté en la mesa somnoliento como estaba. Había dejado el celular en la recámara, si no estaría revisando mensajes y viendo reels, en lugar de eso me eché hacia atrás estirándome como tratando de reforzar la voluntad de mi indeciso despertar, sintiendo que tendría un día bastante ocupado. Hay tantas cosas en las cuales ponerse a pensar.

Pero me olvidé de la pregunta con la que me levanté y la urgencia que tenía por responderla acudiendo a la IA, perdió importancia. Me gusta la miel, pero no voy a buscar una cucharita de palo para untar un poco en el pan con mantequilla.

El tiempo. Se dice que el tiempo vuela ¿Qué se quiere decir, que es un pájaro, una hoja deslizándose por el aire en la suave brisa, una estrella fugaz cruzando el oscuro cielo? Desde que tengo uso de razón mido el tiempo con un reloj de pulsera. El primero que tuve siendo casi un niño, fue un steelco. Eran relojes mecánicos de cuerda, con una numeración muy legible y un cuadrito con el día y el mes en la carátula. No recuerdo que pasó con ese reloj, tal vez lo perdí. Luego me hice de un Casio, con la llegada de los relojes que llamaban de cuarzo, ya no se les daba cuerda, eran de pila y tenían un botoncito que se apretaba e iluminaba la carátula en la oscuridad. Hoy aún uso reloj de pulsera, en una época en la que ya no son necesarios, pues todos estamos equipados con un celular que hace las funciones de todos los dispositivos que usábamos en el siglo pasado, en forma separada por supuesto, el radio, la tele, la computadora, la cámara fotográfica, el periódico, la calculadora y también el reloj entre otras cosas necesarias, excepto esas aplicaciones de redes sociales, que luego me mantienen ocupado viendo videítos sobre ejercicios de tai chi, remedios para la próstata, acupuntura para el zumbido de oídos y cosas divertidas sobre los políticos siempre sinvergüenzas que dicen gobernarnos. Yo lo traigo en una funda colgando del cinto, como si fuera un revólver en los tiempos de los cowboys y lo desenfundo a la menor provocación, para ponerme a revisar mensajes de whatsapp, sin consideración del tiempo, del tiempo que medimos y luego nos olvidamos de medir, sin atender aquella famosa frase de la sabia virtud de conocer el tiempo.

Bueno, pero para esto ¿el tiempo vuela? Sí, si vuela, recorre acontecimientos que configuran la historia de una vida, con sus altas y bajas y nosotros volamos con el tiempo, arrugándonos con la velocidad con la que transcurren los instantes, que nunca se detienen y forman el frente que avanza hacia el futuro, dejando sólo estelas en la mar, como decía Machado. La estela de la mujer araña, del bolero del jardín, del inflador de globos de neón, del pintor de arco iris después de la lluvia del día de San Juan Bautista, del vendedor de cervezas en el graderío de los estadios, del jubilado que tiene que ver el calendario para saber el día que está viviendo, del político que cambia de partidos, lanzando el anzuelo para ver si por azar el pez de una candidatura se convierte en pescado. Todos tenemos un destino frente a nuestros ojos y lo vamos alcanzando a cada instante, porque el tiempo es eso, el transcurrir de instantes que realmente se viven. El pasado no existe, sólo quedan recuerdos vivos que van languideciendo en los vericuetos cerebrales, colgados en los ramales de las neuronas interconectadas del universo mismo. El tiempo avanza como un vuelo congelado, metáfora de la sensación del desgaste cotidiano de los tejidos, con la aparición de arrugas y flemas espesas con toses de espasmos, del fluir de las estaciones con los giros planetarios y estelares, la secuencia de calores, de sequías y de lluvias torrenciales, de abandonos y despechos y de noches pasionales.

El pasado sólo existe en la cuota de espacio que le concedo en el cerebro y todo lo que pasó, bueno o malo, aun cuando los resultados del momento pasado hayan influido en los acontecimientos de un presente determinado, ya no se puede arreglar. Pero si se puede conceder posibilidades de que lo acontecido ahorita mismo, se desarrolle con un mínimo de razonamiento, para preparar la tierra y sembrar una semilla que de fruto bueno en el porvenir y que, cuando este se haga presente, lo bueno esperado sea una evidente realidad. Pero, ¿qué es lo bueno por venir? Pasé horas mirando el verde paisaje, con las aves volando y luego posándose en las ramas con su canto melodioso en plena primavera; las nubes pasajeras, gordas de lluvia en el verano; el cálido verdor dándole paso al amarillo terroso, el verde olivo y el naranja tostado de la floresta en el otoño y sintiendo la singular intimidad que nos produce el frío invierno. Me llamaron holgazán, a pesar del esmero que prendió en mí para seguir observando y sintiendo con toda intensidad mis momentos presentes. Entonces vacilé y dejé de prestarle atención al transcurso normal de los fenómenos del universo, con un portafolios pesado que me hacía mirar al suelo. No me di la oportunidad de, en ese entonces, reflexionar sobre lo que significaba el equilibrio y la estabilidad.

Se puede entonces vivir en el interior de una oscura caverna, no es un mito, es una certeza, que incluso se promueve llamándole estrategia. Unos dicen que no me preocupe de nada, que ellos están para dirigir mis acciones en beneficio de la economía local, e incluso del mundo entero. Me preparan para hacer clic en los comandos, lo que mueve todo un sistema sincronizado de productos, bienes y servicios. Seré feliz, me dicen, si cumplo debidamente mis tareas, con un salario que me permitirá acceder a objetos que, me sugieren seriamente, son muy necesarios, de acuerdo a los consejos que recibo directamente de un colaborador cercano al inalcanzable CEO.

Sin embargo, en la oscuridad de esa cueva, otros me advierten que no es necesario que observe los colores, que basta con imaginarlos según dicta la definición que proporciona el manual de los colores, que escucho en voz de un servidor instruido para tal efecto. Eso sí, a la descripción oficial no se le puede cambiar una coma, sostiene con firmeza, pues entonces se trastocaría su sentido hacia una dirección peligrosa. Este sistema paralelo ha elaborado también manuales de la felicidad, de la armonía comunitaria, de los deleites del estoicismo austero, así como de la perturbadora maldad de la gente emprendedora, que individualiza y rasga la deseable igualdad que, desde la desigual altura de sus tacones pregonan los maestros y voceros populares.

Llegada la edad mayor con los cambios graduales evidentes por la suma de los años, que se fueron sumando inexorablemente a los de la fecha de nacimiento expresada en las actas de nacimiento, en las credenciales para votar, en las velitas de los pasteles de cumpleaños, me regresó el interés de volver a mirar el cielo. Nunca es tarde, alcancé a escuchar en el susurro de mi propia voz, luego subí el volumen y lo dije con firmeza, nunca es tarde.

¿Qué significa la ignorancia? Me surgió esta nueva pregunta en la cabeza. Tengo que salir de la caverna, tengo que volver a observar el mundo y los variados colores que lo impregnan de maravillas visuales, escuchar los sonidos, el sonar de las campanadas parroquiales, el latido de los corazones, aspirar el aroma de la tierra tras la lluvia, del pan recién horneado, estrechar las manos de los amigos, convivir con sus amenas charlas. No quiero ser oprimido, no quiero ser humillado, no quiero ser enajenado. Me niego a ser materia individual sumada en estrategias, no anhelo ser constitucionalmente asistido, no quiero la comodidad de que otros piensen en mi conveniencia, me niego a ser parte de una supuesta sabia pobreza socialmente compartida, cobijada por patrocinadores oficialistas degradantes.

Nunca es tarde, a mí mismo me digo, para aspirar a preservar la libertad, justicia, dignidad, la verdad, mis derechos como ser humano. Aspiro a cumplir a cabalidad mis responsabilidades, sin necesidad de capataces, ni tampoco de benefactores. Me desligo definitivamente de permitir que se me trate de mantener en la ignorancia, para convencerme de la supuesta honorabilidad de la pobreza, pues permitirlo conduce a la miseria del espíritu.

Después de preguntar, me surgió una respuesta en la cabeza: No quiero ser un ignorante, quiero con autenticidad saber al menos, que sólo sé que no sé nada.

Juan José Guzmán Andrade

Ecos de mi onda

Guanajuato, Gto., 24 de agosto de 2026.