Guanajuato es el lugar perfecto para poder decirle al mundo que aquí se tiene riqueza desde la historia que forjó a México pasando por la perfección de la arquitectura colonial hasta la visión mágica que muestra que los vivos y muertos conviven en armonía y muchas de las veces, sobre todo los turistas, y aún los cuevanenses, ni cuenta se dan de que hablaron con un aparecido o fantasma.

Esta ciudad, al caer la tarde, tiene un ambiente de película de misterio, pues cuando el viento frío arrecia, y aún más en octubre; ese viento envuelve las casonas y callejones con el olor a fresco de los árboles de la sierra que de pronto hace que las almas se estremezcan y se mezclen en un vaivén mágico que hace que cada instante ante nuestros ojos sea como una fotografía que capta esos seres de luz u oscuridad que deambulan por estos lares sobre todo por la proximidad del Día de Muertos, así que al ver bailar las hojas de los árboles con el aire helado sabemos los que vivimos aquí que es inminente que los espíritus aparezcan entre las multitudes que vienen a disfrutar del Festival Internacional Cervantino cada año.
Y es cierto. Me cuenta mi amigo José que desde hace mucho que no sale al Cervantino, porque lo que le pasó una madrugada de ese Festival, lo hizo saber que sí es verdad que los familiares muertos cuidan de su estirpe algunos desde el más allá y otros se apersonan ante ti como si nunca se hubieran ido de este plano.
Me dice que ese Cervantino estaba realmente preocupado porque había pedido dinero prestado a un compañero de trabajo para poder completar su boleto y así poder asistir a un evento en el Teatro Juárez; todo bien hasta que cuando iba a entrar a disfrutar del arte dancístico en todo su esplendor, una mujer ya anciana vestida a la usanza antigua con rebozo y falda larga se le acercó con cierta familiaridad, él pensó que seguro era alguien que necesitaba ayuda para ubicar algún sitio de la ciudad, pero no, ella sólo le dijo que se acercara él agachó su cabeza, se acercó y al oído le mencionó que no se preocupara por la deuda que ella se iba a encargar de que estuviera pagada a la brevedad. Dicho esto, la mujer le acarició el pelo con una ternura infinita y se dio la vuelta para desaparecer entre la gente y la algarabía que cada octubre cubre la ciudad y el centro histórico.
José extrañado por lo sucedido, sólo atinó a esbozar una sonrisa, encogerse de hombros, y entrar al bellísimo Teatro Juárez a disfrutar de la gran Fiesta del Espíritu.
Al salir, bajar las escalinatas, y pasar por La Giganta, escultura de José Luis Cuevas, se encontró a su compañero de trabajo que le había prestado el dinero, quien muy contento se le acercó, lo saludó de mano y le dijo que gracias por haberle enviado el dinero con su abuelita, que en verdad sabía que él sí cumpliría con el trato de pagarle. Entre el ruido de la ciudad, José le contestó que no había enviado a nadie con el dinero, que de hecho aún no lo juntaba, que…pero su amigo embebido por el ambiente festivo, le soltó la mano, y se dejó llevar por el mar de gente cantante y embriagada llevada por ese viento frío de la sierra de octubre, y sólo le gritó que se verían mañana en el trabajo. Mi amigo José, se quedó de pie, y de inmediato hiló este suceso con la viejita que se le acercó hace unas horas, pensativo se fue a su casa y le contó a su mamá lo que le había acontecido. Su mamá en vez de extrañarse de la situación, sólo bajó la cabeza y sonrió, le preguntó cómo era la mujer, José la describió y le dijo el detalle de que le acarició el pelo al despedirse. Fue entonces que su mamá le dijo que esa mujer era su bisabuela, que ella siempre estaba presente para cuidar de la familia, de su familia, y que desde que ella tenía uso de razón recuerda que a veces no tenían ni para comer y por arte de magia aparecían monedas de oro debajo de la almohada de sus padres, y con eso pudieron salir adelante hasta la fecha, su bisabuela sabe cuándo necesitan y el dinero aparece de la nada, le dijo que sólo debía de aceptar ese regalo que Dios les ha dado como familia, y que pocos o casi nadie tenían ese privilegio.
Desde ese día, José, cada octubre, agradece desde su casa a su bisabuela, pero no sale al Cervantino mejor les da las gracias a ella y a todos sus ancestros que los estén cuidando desde donde sea que vivan su muerte eterna en las calles del centro histórico.
Dicen los que saben que cuando uno tiene necesidad, las almas de los antiguos familiares buscan la manera de ayudarte, ya sea acercándote a la gente correcta si ellos no pueden manifestarse, es decir, te envían ángeles que te ayudarán en lo que puedan con dinero o comida o consuelo, o manifestándose aunque sea instantes, apersonados como ellos eran en vida, Y sí, no dudes de que los muertos siguen contigo, aquí, aunque no los veas.
Yo creo que en este lugar entre sierras y montañas, como dice la canción, ellos no se van, se quedan para hacerle el bien a los suyos, y yo, como José, puedo dar fe de que eso es cierto.
Gracias a los que siempre están y han estado ayudándome y, a su manera, protegiéndome en esos momentos desafortunados. Dios los bendiga hoy y siempre.
Ven, lee y anda el Cervantino en Guanajuato.
