Histomagia

VIEJAS FOTOS

Guanajuato es una ciudad fotogénica, su belleza arquitectónica y cultural la hace ser parte de la memoria de cada uno de los visitantes quienes sin pensarlo se dan a la tarea de llevarse los recuerdos impresos de la experiencia vivida aquí.

Los cuevanenses se llenan de orgullo al saberse habitantes de la ciudad Patrimonio Cultural de la Humanidad, tanto que ellos mismos se dan a la tarea de difundir por medio de las redes sociales fotografías que dan cuenta de lo colorida e histórica que es este lugar. Fotógrafos como la familia Montero, varios periodistas y ciudadanos han enfocado sus lentes para capturar los mejores ángulos que muestren el misticismo que es parte de aquí y que le ha dado el estatus de ciudad de leyendas.

Nico, amigo mío, me cuenta que lo que más le fascina de Guanajuato es la secuencia gráfica que construye la historia de cada familia registrada en sus viejas fotos, que se complementan con las que los historiadores y cronistas de la ciudad dando fe de la forma en que esta ciudad se ha convertido en lo que es. Fotos antiguas muestran en blanco y negro o color sepia cómo la magia de las manos guanajuatenses construyeron esta mística ciudad que une dos mundos: el de los vivos y el de los muertos.

Mi amigo me cuenta que en su casa siempre han tenido cuadros con retratos de sus antepasados, los marcos de madera o metal y la cubierta de vidrio los han conservado unos tan bien que los rostros plasmados pareciera que están aún con vida, otros casi no tiene color que hasta parecen un poco tristes; lo raro es que tanto él como sus familiares cuando pasan por la sala comedor donde se ubican, sienten que alguien los mira e incluso han escuchado alguna respiración proveniente de esos cuadros, “historias de familia”, dice mi amigo.

Nico precisa que se dio cuenta de que ellos no mienten, pues él tuvo que vivirlo en carne propia, y es fecha que ese cuadro está volteado con el rostro hacia la pared, “es para contenerlo”, me dice, pues pese a lo ocurrido, su mamá no quiso deshacerse de él.

Mi amigo me relata que una de esas noches en que se quedó solo, ya tarde, viendo una serie de televisión en la sala, le puso stop para poder ir a la cocina por botana. La luz azulada de la televisión iluminaba tenuemente su camino, obvio que tenía que cruzar por el comedor para llegar allá, así que se levantó del sillón y se encaminó pronto para no perder tiempo y seguir inmerso en la trama de su serie; de ida todo bien, pero de regreso, ya con su plato de papas y su vaso con refresco, le sucedió lo que otros familiares le habían contado: escuchó su nombre, Nico se quedó paralizado, la voz que lo nombraba era una voz masculina, firme, no quiso voltear, con el miedo en su ser decidió seguir su camino pero esa voz lo volvió a llamar; esta vez Nico, ante la duda y la curiosidad, decidió voltear a ver los retratos y en efecto, en la foto su abuelo no estaba en la posición eterna de tres cuartos, se había movido, se había volteado,  puesto de frente ante él, mi amigo incrédulo cerró sus ojos, y negando con la cabeza quiso romper ese hechizo, suspiró fuertemente, abrió sus ojos esperando que lo que había visto no fuera cierto y entonces el miedo ahora sí lo dejó con la boca abierta, pues el abuelo le dijo su nombre una vez más, Nico lo escuchó y  claramente vio como su abuelo le sonrió y con un movimiento acartonado ante mi amigo volvió a su pose normal.

Todo esto hizo que Nico soltara lo que traía en las manos y sin pensarlo se echó a correr escaleras arriba para refugiarse en su cuarto, entró rápido, encendió la luz, y se acostó en su cama boca abajo para tratar de olvidar lo que había visto, imposible que esas historias de familia fueran realidad, se repetía una y otra vez, no era posible, no era posible.

Esa noche no puedo dormir. Se incorporó y sentó en su cama, sus ojos se quedaron fijos en la puerta como si en una realidad ya no sabía si posible o no, ese ser se saliera del cuadro y completo de cuerpo le volviera a decir su nombre.

De pronto la luz del sol entró por su ventana y los vientos de la sierra le vaticinaron que ese día haría mucho frío, “típico de octubre”, se dijo para sí. Escuchó el trajín de la cocina, de seguro su mamá se había ya levantado y armándose de valor por la luz y su mamá, bajó apresurado las escaleras, se dirigió a la cocina y pese al miedo que sentía volteó a ver el retrato del abuelo que seguía con su pose infinitamente eterna, ahí sí corrió y abrazó a su mamá, quien ya le reclamaba por el tiradero y la tv encendida toda la noche. Casi llorando Nico le contó lo que le había sucedido, su mamá lo escuchó atenta sin dejar de abrazarlo, y sólo le dijo: “Es normal que tu abuelo nos hable, pero el hecho de que se haya movido eso ya no es bueno”,  entonces su mamá fue al comedor, tomó el retrato y le dijo: “perdón abuelo, pero ya no queremos que nos veas y no verte será lo mejor, descansa en paz de una vez” y le dio la vuelta al cuadro. Nico le agradeció ese gesto a su mamá.

Desde ese día la fotografía sigue ahí viendo hacia la pared.

Tal manifestación de las almas muertas en las fotos antiguas, dicen los que saben, que aunque no se crea las fotografías revelan mucho más que una imagen, en sí se quedan impregnadas las almas de lo que aparece ahí: personas, cosas y animales, sus almas son las que los hacen moverse, sonreír, perseguirte con la mirada o incluso voltear a verte de vez en cuando, esas viejas fotos contienen parte del aliento de vida que alguna vez tuvieron quienes aparecen ahí. Sin embargo otras veces los descarnados o los seres de maldad se manifiestan por medio de cualquier forma humana que se encuentran en su camino.

Yo quiero pensar que fue el alma de su abuelo, ojalá así haya sido.

Ven, lee y anda Guanajuato.