La madre y el mirar el éxito y el fracaso

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Uno de los temas más socorridos en la actualidad tiene que ver con el éxito y el fracaso. No tan sólo en lo laboral o profesional, también en la empresa y en lo personal, en las relaciones logradas, en la consumación del amor, en la permanencia de vínculos firmes y cálidos con los hijos, por mencionar algo.

La experiencia muestra que muchas de las veces tanto el éxito como el fracaso son resultado de la inocencia, es decir, de no mirar las cosas con la claridad y la frontalidad que requieren, en ocasiones porque se sabe ya intuitivamente qué se exige o qué sucederá y se prefiere darle la vuelta al asunto sin siquiera probar fortuna. Otras veces simplemente porque se desconoce buena parte de lo que hace falta para emprender esta o aquella acción, en cuyo caso con inocencia uno va y se involucra, y pasa que suele atinar en la diana o perderlo todo.

Un factor más que puede contarse es la presencia o ausencia de habilidad para responder a las circunstancias del mejor modo posible. La formación de esa habilidad no llega a lograrse en algunas personas tan sólo porque no necesitaron en su vida previa ocuparse de esos asuntos, y no la desarrollaron, si bien esta inhabilidad llega a alcanzar cuestiones tan cruciales y básicas como desenvolverse en la vida cotidiana y ya no hablemos de lo que hace falta para ser un directivo, un bon vivant, o el feliz poseedor de un auto muy caro.

Ahora bien, ¿qué se necesita hacer sin embargo si uno quiere alcanzar algo del éxito, si una persona desea sostener relaciones exitosas, si quisiera mirar lo que ha acumulado exitosamente en su itinerario vital? Basta para ello una sola frase: tomando a la madre. Ése es el asunto básico. Y lo que en principio quiere señalar es que solamente quien no tiene reservas hacia su propia mamá está en aptitud de tomar el éxito, en el terreno que sea.

A este respecto no han escaseado las preguntas que buscan hurgar en los entresijos de esta relación como intentando una justificación para mantenerse en el apartamiento de la progenitora. Hay quienes hablan por ejemplo de injusticia en el caso de una madre agresiva, quienes ponen la mirada en la tristeza de ver morir a la madre en su temprana edad o crecer con ella mientras padecía algo, otras personas hay que se resguardan en el argumento de que no fueron deseados o de que fueron engendrados en un arranque de pasión, y no faltan claro los que reclaman a la madre la ausencia del papá, como si en sus manos hubiese estado el destino de aquél, o haberse desarrollado en medio de la carencia porque no se esforzó lo suficiente.

La ristra de reproches de hijos así de inmaculados puede prolongarse hasta el infinito… con el mismo resultado: la falta de éxito, la falta de calma, la tendencia a ser menos y a vivir cada vez con menos, la insatisfacción, la enfermedad, la soledad, el abandono, y todo lo que se quiera. En torno a esta cuestión, sólo queda centrar la mirada en lo que es esencial: la oportunidad dada de vivir y el logro de que la vida se mantuviera en la persona. Hechos atribuibles obviamente a una madre. La mirada va entonces a esos instantes en que el hijo o la hija dependía totalmente de la madre, y de cómo ésta después de todo no se opuso al impulso de lo vivo, al torrente de lo vital, el cual tomó a esa madre para cumplir un cometido más grande, que ha quedado en el hijo, en la hija.

La madre cumplió un servicio ante la Vida, como mujer, así de sencillo, y ese servicio (para el que no hay recompensa) se materializó en un hijo, una hija. Por eso se dice que para ser madre y padre no se necesita sino que haya una mujer y un hombre, independientemente de que sean ingenieros, doctores, analfabetos, mexicanos o africanos. En consecuencia, cuando se habla de tomar a la madre, se está requiriendo que se la mire tal como ella es, sin ningún adjetivo y sin títulos, puesto que para ser madre no necesitó sino ser ella misma y dar lo de sí, junto con lo del padre, para que la procreación tuviera lugar en el cosmos. Lo demás, ahora sí cabe decirlo, es lo de menos.

Lo más grande es tener la vida, lo de menos es todo el mundo de incidentes que resentimos a lo largo de los años. Lo más grande es agradecer por el don recibido, lo de menos es ocuparse ahora de hacer con ese don algo grande, productivo, bello, bienhechor, y esta es ya responsabilidad del hijo, de la hija. Pero tiene que hacerse sin reservas hacia la madre, pues ella es quien franquea para los hijos la puerta hacia el vivir en plenitud, hacia las oportunidades, la compañía en pareja, la abundancia.

¿Quién no conoce cómo es de difícil vivir día a día y cómo hay que esforzarse en hacer lo mejor cada vez? Bueno, pues eso mismo, meritoriamente, hizo la madre en todo momento, sólo que a diferencia de lo que podemos ver en nosotros, no sabíamos qué había en su corazón, pero lo esencial y más grande nos lo dio.