Mirar el destino, y lo que el destino mira

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Cómo interviene el destino en nuestras relaciones es algo que puede verificarse. Se dice fácil, pero no es sencillo, sin embargo es a la vez un hecho cotidiano. Una imagen expone claramente cómo funciona este encadenamiento: cuando dos personas se miran, a los ojos, abiertamente, cada una mira a la otra desde la condición y circunstancia a que la ha llevado su destino, el cual ya se ha cumplido hasta donde la persona lleva su vida. Por eso uno pude mirar a la persona de enfrente de determinada manera, considerando ciertas cosas, a partir de estos o aquellos valores, con mayor o menor ternura o frialdad, con alguna seguridad y tal desconfianza.

Sin embargo, cuando yo miro a alguien, hace en mí también su efecto el destino de esa persona, es decir, yo tengo presente entonces que su destino ha hecho lo propio y que por ende puedo no ser a los ojos de ella quien yo considero que soy o tener la valía que me atribuyo. Y esta ponderación establece derroteros diferentes para mi relación con ella, pues así yo me doy cuenta de que si de mi lado están los buenos, frente al grupo representado por la otra persona, de este lado puede haber también gente no tan buena. Y eso ayuda entonces a considerar que somos personas, y cómo somos las personas, pues yo categorizo de un modo semejante.

Y si esto llega a ocurrir, sencillamente, puede decirse que aun y cuando esté frente a alguien, en realidad estoy siguiendo la senda que marca mi destino, sigo el rumbo que marca ese destino para mí, sólo que ahora voy con una certidumbre adicional: la otra persona, la de enfrente, la diferente, la mala, la ineficaz, la enfermiza, como yo, sigue el rumbo que marca ese destino para ella. Así, aunque yo no le mire más, ¿qué nos hace diferentes a ambas personas si las dos somos tan semejantes, iguales en este sentido?

La ocasión ha sido buena para encontrarse y tener la oportunidad de mirar y sentir esta fuerza de lo más grande. Fuerza que se percibe cuando siento sobre mí, ya en mi intimidad, la mirada del destino, cuando yo lo miro, a mi propio destino, y me acomodo en la sensación de lo conocido, de lo que me corresponde. Lo que dejé atrás sigue también su destino, mira a su destino y su destino lo mira. Y hay en ese movimiento de renuncia a lo que no está en mi camino una conformidad grande, una paz saludable.

Y sucede en seguida que en un momento dado el destino deja de mirarme, aunque está frente a mí. Ahora no veo sino su espalda. Y es que el destino a su vez mira a algo más grande y es mirado por esa entidad, tanto así que sus pasos se encaminan hacia allá, como los míos antes iban tras de los de mi destino. Y así tanto mi destino como yo mismo seguimos a algo más grande, que nos toma en su magnitud y nos acoge, incluso nos somete a su servicio, otorgándonos la sensación de lo familiar, de lo conocido, de la pertenencia, de la calidez amorosa, de las formas nuestras del enojo o la tristeza.

Por eso nos agrupamos como familias, por eso somos parte de unos grupos y no de otros, por eso miramos al mundo y la vida de una forma específica y por eso vivimos también sin aspavientos la diferencia, como algo cotidiano. No obstante, lo más grande que nos dirige es también tributario de una entidad, ésta mucho más grande, en la que todos caben, con sus especificidades y sus diferencias, en la que no hay categorizaciones como las nuestras.

Este ámbito es verdaderamente el de lo más grande. Y se le reconoce porque hace que llueva igual para todos, cuando llover es lo que toca; porque trae la noche y el día y a todo el mundo lo incorpora sin tapujos, sea cual sea su destino; porque establece dinámicas muy particulares por ejemplo para el sol, alejándolo y acercándolo a las personas, para que conozcan el frío y el calor, y en esta dinámica puedan crecer.

Así configuramos poco a poco el mundo en que vivimos, a veces en lo estrecho, a veces en la mirada abierta y profunda. Y este hecho confirma la afirmación que reza: después de todo, la paz comienza en el alma.