Distrito Capital

El día después

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Amigas y amigos: hoy, como en cualquier película noventera de Tom Cruise, la humanidad se enfrenta a una crisis global. Quizá la mayor de nuestra generación, donde las decisiones que tomemos en las próximas semanas, darán forma al mundo en los próximos años. Debemos actuar rápida y decisivamente, analizando las consecuencias a largo plazo de nuestras acciones. Aquél ejercicio de selección de futuros distópicos, entre Orwell con su novela “1984” (un Big Brother vigilante) y Huxley, con “Un Mundo feliz” (la exacerbación en la separación de las clases sociales) a nivel global, se mezcla en nuestro país con el “Fahrenheit 451” (totalitarismo del Estado basado en la ignorancia del pueblo) de Bradbury.

Escribe el Financial Times que China monitorea a sus ciudadanos usando los teléfonos inteligentes, utilizando cientos de millones de cámaras de reconocimiento facial y obligando a las personas a verificar e informar sobre su temperatura corporal y condición médica, rastreando sus movimientos e identificando a cualquiera que entró en contacto con otra persona, como antesala para ampliar su red de datos a 5G y convertirse en una potencia tecnológica. Que Israel desplegó tecnología de vigilancia con reconocimiento facial normalmente reservada para combatir a los terroristas, para rastrear a los pacientes con coronavirus. Estos avances son impresionantes, pero estos datos en manos de Cambridge Analytica (aquellos que se encargaron de manipular la votación del Brexit desde los datos de Facebook, y que a partir de allí influyeron, también, en las elecciones de Trump), ahora mediante la vigilancia biométrica -que mediría nuestra ira o felicidad al escuchar un discurso-, sería catastrófico para cualquier democracia.

Si a lo anterior le sumamos la crisis de confianza en la ciencia que vive nuestro planeta -en palabras de Asimov, como “culto a la ignorancia”-, estamos fritos. La epidemia de coronavirus nos pone a prueba: cada uno de nosotros debería optar por confiar en los datos científicos y los expertos en atención médica, más allá de teorías de conspiración infundadas por políticos egoístas. Si no tomamos la decisión correcta, podríamos renunciar a nuestras libertades pensando que es la única forma de salvaguardar nuestra salud.  

Tendríamos también que revisar las decisiones observadas últimamente, entre el aislamiento nacionalista (evidenciado a través del cierre de fronteras alrededor del mundo) y la solidaridad global. La crisis económica que vendrá es un problema mundial, que solamente se podrá resolver mediante la cooperación global.

En primer lugar, para vencer al virus, necesitamos compartir información a nivel mundial. En la medida en que seamos críticos ante las medidas que se están aplicando en China, Estados Unidos, Perú o El Salvador, junto con experiencias exitosas en Italia o Francia, avanzaremos aún más rápido que la propia velocidad de mutación en la inteligencia del propio virus. Mientras que estemos dispuestos a compartir información abiertamente y buscar consejo humildemente, podremos confiar en los datos y las percepciones que recibamos.

En cuanto a la crisis económica que viene, dada su naturaleza global -particularmente en las cadenas de suministro-, si cada gobierno hace lo suyo sin tener en cuenta a los demás, el resultado será catastrófico. Necesitamos un plan de acción global, y lo necesitamos rápido. Hoy, favorecer las ventajas competitivas (que es lo que hace a alguien mejor frente al otro, y viceversa) con una óptica de cooperación y no de competencia, nos permitirá ser más fuertes y resistentes para superar esta catástrofe.

En esta crisis, la administración estadounidense se ha negado a ser el líder mundial de otras épocas. Al Donald le importa mucho más la grandeza de Estados Unidos que el futuro de la humanidad, y Brad Pitt y Will Smith están demasiado viejos. Algunos de nosotros, así como los países, estamos recluidos en casa, sin salir y sin recibir visitas.

El Presidente López, ante la evidente molestia de connacionales, luego de haber denigrado las marchas ante los feminicidios y ninguneado las exigencias de las mujeres con cáncer, este fin de semana publica en Twitter que a una niña oaxaqueña se la quiere comer a besos, en franca provocación hacia quienes criticaron su comportamiento con otra pequeña en Ometepec, Guerrero, pese a las recomendaciones por la pandemia de coronavirus.

El apoyo de “ciudadanos libres” hacia sus acciones, -como algunos que enarbolan la bandera anticorrupción en Guanajuato y se dedican a promover a un partido político, son socios de empresas con domicilio irregular o triplican su salario dando clases-, no se hizo esperar. Afortunadamente, cada vez son menos.

Necesitamos tomar una decisión: ¿fomentaremos la desunión con base en la percepción, o colaboraremos en solidaridad desde la ciencia y el método? Al tiempo.

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Román Méndez es académico, investigador, administrador y empresario. Abogado penalista y criminólogo con Doctorados Honoris Causa en Derechos Humanos y Cultura de la Paz.

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