El espacio de Escipion

No es normal acostumbrarnos a la muerte

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Muy al principio, las muertes provocadas por el crimen organizado nos atemorizaban porque lo veíamos algo extraordinario. Ocurrían en pueblos, colonias o estados vecinos, cercanos, pero no tanto. Luego, nos metieron terror, pánico y miedo de vivir; aparecieron los matones arrojándonos cabezas humanas, o dejándonos en cajas con mensajes acompañadas de orejas, dedos o manos. Las ejecuciones y el reclutamiento de personas por estos grupos fueron cada vez más cercanos; ya no eran los vecinos, los del pueblo o la colonia de junto; eran nuestras familias o nuestros amigos.

“México se está colombianizando”, alertaron entonces. Hoy, por el contrario, nuestro país está estigmatizado: “Nos estamos mexicanizando”, alertan en otros países cuando el nivel de violencia excesiva entre las bandas rebasa cualquier nivel de deshumanización.

Lo grave es que conforme esa violencia y esas muertes crecieron en número y fueron cotidianas, la población se fue acostumbrando. La gente dejó de esconderse, de resguardarse en sus casas o sus familias o sus amigos. Al contrario, lo desafiaron, incluso en varias poblaciones del país, hicieron suyas las causas y banderas de uno y otro bando como si se tratara de “levas” insurrectas, y nació la “narco cultura” para darle identidad y sello a cada región del país. Hace unas semanas autoridades de seguridad e inteligencia financiera nos presentaron un mapa de México con divisiones geográficas según el cártel dominante, como si se tratara de presumir “el nuevo pacto federal”.

Elisabeth Kübler-Ross, la famosa tanatóloga, quien cambió la forma en que Occidente observaba la muerte, describió las cinco etapas que creía que experimentaban quienes se acercaban a la muerte: la negación, la ira, la negociación, la depresión y la aceptación.

Así nos ha pasado como sociedad. Negamos que nos fuera a pasar, y nos pasó. Lo aceptamos, y mal, porque creemos que estas muertes provocadas por criminales son naturales, parte de nuestra normalidad como personas y, por tanto, algún día formaremos parte de su “lista negra” para ser aniquilados.

Allá por 1995, cuando el famoso “error de diciembre”, por la disputa entre un ex presidente y otro presidente, se hizo polvo la economía familiar (ya no digamos la macroeconomía) y se abrió la puerta del crimen como parte de nuestra cotidianidad, nos alertaban los casos de clasemedieros vueltos a delincuentes comunes, profesores universitarios a secuestradores, mariguaneros a capos, y luego, niños o adolescentes que por unos pesos asesinaban. Después de eso, todo se fue yendo rápidamente al descontrol y, con el 11-S, los capos mexicanos suplieron a los sudamericanos hasta ser lo que son ahora.

Las sanguinarias ejecuciones, las masacres, las ejecuciones de familias y niños, ya no nos espantan, seguimos nuestras vidas. Esa no es la normalidad.

Todo lo anterior viene a colación porque en estos días de la pandemia covid-19, al principio, cuando eran uno-dos-cinco-diez los decesos, nos comenzó a espantar. Cuando vimos por las redes sociales a enfermos en Guayaquil cayendo y saturando hospitales, negamos que pudiera pasar en nuestro país, hasta que pasó en un hospital en Ecatepec.

Noticias llegaban de Europa, Asia, Sudamérica y Estados Unidos donde se habían dispuesto estado de excepción, toques de queda, aislamiento forzoso y sanciones ejemplares a quienes incumplieran. Todavía desde aquí lo veíamos lejos; aquí no llegaremos a eso.

La crisis de la pandemia no escaló porque nos fueron domesticando con la información oficial, parcial, sesgada, contradictoria y usada propagandísticamente sin ética científica, contabilizando muertos y decesos según modelos de estudio que van cambiando según la conveniencia política del momento.

Pero como pasó con las muertes del crimen, muy al principio a todos nos espantó y nos obligó a guardarnos, a ser estrictos con nuestros hábitos: aislarse, lavarse, bañarse si salimos, usar cubrebocas aunque la autoridad lo niegue, traer gel portátil, antibacteriales, desinfectantes y no convivir directamente.  

Cuando hemos superado más de 80 mil decesos y más de 800 mil contagios, la muerte tan cotidiana, ya no nos espanta. Es inaudito observar las calles, centros comerciales, tianguis, centros de concentración humana, abarrotados, donde una buena parte de los asistentes simplemente están como cualquier día de la vida antes de la pandemia, arriesgando y arriesgándose.

Los muertos de la pandemia son como los muertos del crimen organizado, al principio nos espantaban, mas ahora “son nuestra normalidad”. Por supuesto que no debe ser así y no es así.  Estamos peor que una sociedad insensible al dolor de la muerte, creemos que si nos toca y nos morimos no pasará de eso: una muerte más.

La Secretaría de Salud de México informó el fin de semana pasado que padecemos un exceso de MORTALIDAD. ¿Nos pasamos de muertos o las autoridades se pasaron de vivas?

Entre los meses de enero y septiembre de 2020 hubo exceso de mortalidad del 37 %, al contabilizar 193 mil muertes más de las proyectadas por las autoridades de salud al inicio del 2020 (525 mil), pero los muertos por covid-19 -que oficialmente son de 88 mil 700— rebasaron sus expectativas.

¿Es normal acostumbrarnos a estas muertes como si fueran sólo cifras, números, datos, estadísticas y “los que se murieron pues se murieron”, así nomás?

Las condiciones inhumanas del manejo de la pandemia no pueden hacernos insensibles a cada dolor, cada muerte y cada familia. Si el crimen nos hizo insensibles a las muertes, la pandemia no puede serlo; NO PODEMOS PERMITIRLO, NO, de nuevo.

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