Ecos de Mi Onda

Mobile monumentum

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Con las piedras que con duro intento los críticos te lanzan, bien puedes erigirte un monumento.
Immanuel Kant (1724-1804) Filósofo alemán

Yo: Los días transcurren sin sentido en esta brutal oscuridad, en esta espesa penumbra que me envuelve por completo, hasta apagar las mismas luces de mi propio pensamiento perturbado, que no atina a proporcionarme una respuesta diminutamente satisfactoria. El sol me daba pleno en el verano, el frío calaba profundo en las noches de invierno. Por las noches me entretenía contando las estrellas, en las madrugadas era placentero ser testigo de la magia del preludio del ajetreo humano, las bandadas de aves buscando las copas de los árboles para posarse, el aire fresco que fluía en esas atmósferas matinales, el despertar de las pasiones humanas, las luchas, los temores, los odios, los amores. Luego el trajinar de los transeúntes ocupados en sus propios asuntos, trámites, acarreos de mercancías. La sombra vertical del mediodía, el denso tráfico vespertino en el camino a casa, las tardes apacibles, las parejas acariciándose el alma en las bancas alejadas, los viandantes resentidos caminando sin rumbo fijo en el ocaso. Las sombras nocturnas, las noches solitarias, las malas intenciones, las parrandas de los trasnochados, el silencio envolvente, la luz de las farolas, las historias cotidianas.  De todo esto era testigo fiel y lo almacenaba en la memoria como las crónicas de mi existencia.

Coro: ¿Qué fue lo que ocurrió? Dime, ¿por qué cambió tu destino?

Yo: La lucha en la vida es contra uno mismo, vencer los miedos, las angustias, sobreponerse a los fracasos, fortalecer el cuerpo y el espíritu para derribar los obstáculos y llegar a la cima. Cumplir los anhelos que justifican la plenitud de la existencia. Hay una fuerza misteriosa que acompaña a todo aquel que nunca claudica, que se cae y se levanta cuantas veces sea necesario para seguir en el camino con la brújula marcando siempre hacia el norte de los sueños, que dejarán de serlo para convertirse en justas realidades.

Coro: Damos fe de tus sabias palabras…  pero, ¡cuidado!, no siempre son justas esas realidades.

Yo: En la historia nunca hay verdades absolutas que definan, sin margen de veleidades, a los protagonistas, ni a sus ideas, ni a sus causas, ni a sus acciones. Dígalo si no la misma historia de cualquier ser humano que haya pisado el resbaloso suelo de este mundo circunspecto ¿Qué elogiaría al revisar las alforjas de sus actos, que lo colmara de orgullo?, ¿qué vergüenzas se guardaría en los cofres del silencio? Y eso, si él mismo fuera el escritor de su propia biografía. Aún más lejos ¿Qué resultaría si el mismo individuo, en tono optimista, relatara una experiencia exitosa, resaltando la importancia de su intervención en un suceso, si al día siguiente despertara melancólico y quizá, por algún resorte impertinente que saltó en un rincón de la conciencia, ese mismo acto ahora le resultara bochornoso y por tanto optara por encubrirlo? Muchas veces nos creamos fortalezas y debilidades de acuerdo a nuestras propias e inestables concepciones. Si eso sucede cuando miramos hacia atrás y tratamos de analizar y definir íntimamente nuestras vivencias ¿Quién entonces puede garantizar la objetividad de las hazañas cantadas por los trovadores y de las narraciones escritas por los cronistas? El rastro de los hechos tiene humo que nubla los ojos, pero no se detienen los cantos, ni las alabanzas, ni los monumentos dedicados a quienes consideramos nuestros héroes.

Coro: Parece ser instintivo ofrecer reverencia a nuestros héroes y mantener el valor de nuestras tradiciones. Vemos que te asiste la razón, pero parece haber un gusto de hiel en tus palabras.

Es proverbial que historia la escriben los vencedores, pero en las diversas narraciones se van reacomodando los guiones y los personajes, con una cascada inagotable de subjetividades, que al revisarla muchas veces dan ganas mejor de dejar a los muertos en paz, pues ya no están entre nosotros para tratar de explicarse en su defensa. Finalmente, no sabemos la suma de las falsedades y tal vez un determinado personaje, al leerse en la historia, no se reconocería ni en las hazañas, ni en las villanías que les son imputadas. El poderoso se impone mientras detenta el poder, finca responsabilidades y aplica las leyes a su arbitrio, muchas veces diferenciando entre las amistades y los adversarios. Pero hoy existe un poderoso, mañana otro y luego otro y surgen leyendas tras leyendas, que aportan símbolos e ideologías que se construyen sobre grandes causas, batallas, triunfos y derrotas, crímenes y noblezas, cobardías y heroísmos, odios y amores, groserías y gentilezas. En su momento un reo será juzgado y encontrado culpable o inocente, pero el juicio de la historia no termina y se sigue escudriñando con respecto a las evidencias en las santidades, heroísmos y glorificaciones, o pecados, cobardías e infiernos.

Coro 1: Nos consta que dices la verdad y ese debe ser el motivo real de tus lamentos. Sin embargo, nos pones en un predicamento ¿Cómo poner en tela de juicio los grandes méritos de nuestros héroes?

Yo: Hay quienes optan por mentir sin signos evidentes de mayores escrúpulos, alegando que mienten en aras de lograr un fin considerado noble y justo. No obstante, y de inicio, el uso de la mentira, aun cuando ciertamente pretenda un bien mayor, empaña la justa nobleza platinada del tal fin. Esa es muchas veces la actitud de los humanos, que de manera arbitraria e irreflexiva construyen monumentos de ideales, pero también de épicas falsedades, existiendo en el fondo ventaja, mentira, calumnia, ligereza, que provocan escepticismo, circunstancias encubiertas con coronas de flores, desfiles, himnos y estandartes. Pero jamás se puede dudar de la autenticidad del sinnúmero de actos de heroísmo, patentes en gran parte de la historia. Personajes de carne y hueso que lograron hazañas muchas de las veces jamás contadas, en las que se derramó la sangre roja y caliente hasta la sequedad de los corazones, sacrificios con grandes sufrimientos y llantos, hambre, dolor, enfermedades, sin detenerse en la lucha por la amada libertad, con anhelos auténticos de ser realmente libres, de romper las cadenas de las injusticias e inequidades, de concretar en realidad las esperanzas de una vida mejor para los semejantes.

Coro: Te vemos exaltado, tal como si contaras tus propias experiencias. Los hombres no pueden liberarse del fatalismo en su destino.

Yo: No tengo el asombro de estar vivo, soy producto de una versión histórica, una aleación de cobre y estaño fundida para crear una figura humana de bruñido bronce, la alegoría de una causa, una ofrenda votiva montada en un pedestal de cantera, rodeada de símbolos relacionados con una ideología, la réplica de un personaje que tal vez nunca aspiró a formar parte importante de la historia y la cultura, de las tradiciones o de los simples anecdotarios. En lo que tengo certeza es de que nunca claudicó en sus objetivos, hasta que logró concretarlos en metas. Quizá en ello pisoteó a más de muchos, a quienes consideró en su momento como obstáculos para sus propósitos, pero tal vez no podía evitarlo, tenía que hacerlo puesto que se trataba de él o ellos; adversarios que no habrían dudado un instante en aplastarlo, si advertían cualquier gesto de debilidad. La prueba de ello soy yo mismo, la estatua de ese hombre que ya fue juzgado por Dios. Murió hace siglos, vivió su propio entorno, edificó su propia historia y dejó un legado sujeto a las consideraciones caprichosas y moldeables en el tiempo, pero algo de bueno le atribuyeron en principio quienes formaban el bando de los vencedores, frente al resentimiento de quienes fueron los vencidos. Tales son las raíces de la historia, los éxitos y los fracasos, el parcial heroísmo que genera las culpas de los daños. El árbitro actual intervino presentando una versión histórica diferente, la cual prioriza la exégesis de los contrarios, apuntalados por el nuevo poder en usufructo, que pretende utilizar en su provecho.

Coro: Nos has ofrecido una clara visión del desenlace que te humilla.

Yo: En este oscuro almacén no me queda más que rumiar por mi destino ¿por cuánto tiempo? No lo sé, tal vez hasta que me desgaste totalmente, o quizá se llegue a presentar un nuevo giro favorable. Fui creado para lucir en una plaza y convocar a que se escuchen los discursos narrando las hazañas revestidas de heroísmo de quien represento con orgullo, este orgullo hoy aplastado por la pluma voluble al servicio del más fuerte.

Coro: Sólo nos queda ofrecerte condolencias y escuchar tu despedida en una frase lapidaria.

Yo: Aquí está la estatua móvil o el móvil de la estatua, he ahí el dilema.

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