Mandíbula trabada

Mandíbula trabada

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Me imagino que apretar los dientes tendrá alguna utilidad si se trata de recibir un golpe para que no nos pesque tan violentamente; para  tomar valor y sobrellevar alguna situación incomoda, o incluso para sostener cosas si nuestras manos están ocupadas, aunque sea de manera temporal. Lo que no sabe mi carita es que no siempre tenemos que recibir lo violento, apechugar lo feo o sostener la emergencia, o por lo menos no de manera tan física y literal, mucho menos si me encuentro durmiendo al abrigo de mi techo y sin peligro aparente.

Pero me ataca cuando no tengo control sobre ella, cuando no me puedo defender y buscar tranquilidad en mí o en los otros. Es prácticamente como aquel personaje de terror tan noventero de que lleva largas navajas en los dedos, camiseta a rayas y sombrerito que aprovecha para tasajearte mientras duermes.

Y siendo ésta su característica principal, el no control, mediamente la puedo atender o detener y no me queda más que aprender de ella, usarla de indicador, pues no existe modo alguno de no estresarse, exceptuando una lobotomía frontal, aunque unos milloncitos en el banco serian de considerable ayuda.

Es una pesadilla recurrente, esa de estar en un lugar lleno de gente a la que le debo explicaciones y que se encuentra tremendamente molesta conmigo, mientras mi mandíbula no responde y me hace hablar de manera incomprensible y por alguna razón tampoco puedo escribir para compartir mi punto y defenderme, lo que hace crecer el malestar y que la situación se ponga tensa hasta que me despierto sudando como en un sauna, con chasquidos de cascanueces y un tremendo dolor facial.

Pensando en por qué me da tanto miedo aquel sueño y las razones por las que sus efectos se prolongan durante varios días en los que no puedo voltear o reír a placer, es porque engloba todo aquello que a la mayoría de nosotros nos causa pavor, incluso despiertos: la injusticia de ser juzgado sin tener conocimiento de nuestro crimen, la incapacidad de defensa, la impotencia física, el odio y el dolor.

Quiero pensar que cada chasquido mandibular debe recordarme a ser más empática y a escuchar a los demás antes de sacar la espada voladora. Eso y que necesito nuevos analgésicos.