El Laberinto

El piano de Porfirio

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El sábado pasado, después de un concierto en el Alcázar del castillo de Chapultepec, me soltaron un dato que me dejó profundamente intrigada: “Este piano fue encargado por Porfirio Díaz, pero llegó después de su renuncia”. Comencé a imaginar el tragicómico escenario, un repartidor o más bien varios, que un piano no se mueve como un paquete cualquiera, llegando a la punta de un cerro con una entrega para alguien que ya anda en su  gira del retiro (y el adiós) por Europa y Egipto mientras  la vida está tan en vilo que lo último que importa es un instrumento para señoritas ricas y manos masculinas que nunca tocaron un azadón o un arma.

La curiosidad no me dejaba en paz y ahí andaba navegando en la red buscando algo que resolviera mis dudas, curiosamente no encontraba nada más que artículos sobre cómo la música se secularizó y se profesionalizó en el país y algunos anuncios de eventos culturales pasados y presentes del recinto, en donde se mencionaba a medias el origen del piano sin mencionar las circunstancias y año de su adquisición. Revisé también la historia del castillo y del lugar en sí, maravillada de que tantas cosas pudieran pasar en un solo sitio teniendo tanto territorio, como cuando en la casa de mi tía todos terminamos chismeando en la cocina habiendo dos salas y un comedor, pero con invasiones, remodelaciones, cambios de propósito y balazos.

Decidí recurrir a la vía análoga, que para algo ocupamos casi el mismo  espacio en casa mis libros y yo, y elegí a José Fuentes Mares y a Rafael Tovar y de Teresa, con el primero me reí bastante y por poco se me olvida cual era el propósito de la búsqueda pero me dió luz sobre por qué me obsesioné tanto con el mentado instrumento ya que menciona que el punto más débil de cualquier imperio o dictadura es lo finito de la vida humana. Para cuando inició la Revolución Porfirio ya tenía ochenta años, tenía que pensar en un relevo en vez de en una reelección para un periodo para el que ni él ni el vicepresidente sobrevivieron (sin necesidad de recibir ninguna “ayudita” en forma de plomo o acero). Y en lugar de eso compró un piano que presuntamente no recibió.

En el segundo libro dedicado por completo a los festejos del centenario de la independencia, me pasé leyendo sobre los invitados, los regalos, los costos de los monumentos y hasta los menús en francés de lo que se cenó, aunque como en el anterior se hacía énfasis en la “fortaleza” del dictador (aunque su comité organizador tan viejo como él se fue muriendo durante los preparativos) y la “modernidad” del país, que imitaba un estilo de vida que ya estaba caducando del otro lado del océano, digna metáfora del presidente y su piano, del que por cierto no encontré nada más que la inauguración de Wagner y Levien, tienda alemana de instrumentos, entre ellos pianos, a la que por cierto el prócer no asistió tampoco.

Y bueno aquí estamos, tras 24 horas de búsqueda y varios datos nuevos para compartir en las reuniones, sin la respuesta deseada, pensando que tal vez queda como conclusión que el señor Díaz se debe estar carcajeando de mi desde Montparnasse por hacer lo mismo que él, ocuparme tanto tiempo de un piano con todo lo que está sucediendo.