Desde el Faro

LOS PLANETAS Y LA OSUG

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Profundidad Emocional en el Juárez

Son muchas las emociones que provoca la obra de Gustav Holst, tal vez por ello, el Teatro Juárez no fue suficiente para dar cabida al público que deseaba ver y escuchar este trabajo magistral con la Orquesta Sinfónica de la Universidad de Guanajuato (OSUG), bajo la dirección de Catherine Larsen – Maguirre.

Una fila de casi un kilómetro vaticinaba lleno absoluto; minutos antes de las 20 horas las puertas del Juárez se abrieron, el acceso fue lento, pero no había desesperación entre la gente; al entrar, ya se percibía un ambiente único, como el de quienes son bien recibidos en una fiesta, regocijo que continuó al sonar Sensemayá, esa pieza compuesta por Silvestre Revueltas, que con su lluvia de percusiones invita a mover desenfrenadamente el cuerpo; luego, la orquesta interpretó Parajes de la Memoria, La Selva, de Graciela Agudelo, en la cual la compositora mexicana evoca recuerdos de su padre en la Selva Amazónica.

Después, vino lo mejor, con ese clima de jolgorio y entusiasmo, el público estaba listo para ver y escuchar Los Planetas. Orquesta y directora se acomodaron frente a sus atriles, en el escenario apareció la imagen de Marte, el Mensajero de la Guerra; en forma sincronizada, la música y la figura del planeta rojo se seguían una a la otra hasta lograr el efecto de que el oyente se sintiera protagonista de la historia; la música fue agresiva y poderosa; con el tambor, trombones, gong, timbales y el sonido de rayos provocado por láminas metálicas golpeadas por 2 baquetas, desencadenó ansiedad, la ansiedad del infinito.

Venus, contrario a Marte, desde el punto de vista astrológico, planteado por el autor, es el portador de la paz; tanto en la proyección como en la música, hubo tranquilidad, el universo que rodea a este planeta se miraba con ojos poéticos; violines, violas, chelos, contrabajos y arpas hicieron soñar al espectador; tanto que seguramente muchos anhelaron que este movimiento fuese el futuro de la Tierra, si es que los humanos la cuidan y protegen.

Júpiter es el portador de la alegría, con música afortunada, todo un destello de la belleza, amabilidad, euforia, disfrute; al final, un solo de trompeta, acompañado por los alientos, cuerdas y timbales, transmitió algarabía total.

En Mercurio y Urano, se escucharon sonidos de júbilo, en ambos, antes de concluir, cornos y arpas evocaron admiración por lo desconocido e inacabable.

La imagen anillada de Saturno invitó a la más hermosa de las contemplaciones; el portador de la vejez se mostró con la sabiduría del tiempo; la música y la imagen incitaron a escuchar y contemplar, contemplar y contemplar, como un poeta; toda una invitación a la fantasía.

Y al final, apareció Neptuno, el planeta más alejado del Sol; como el fin de lo que vemos, el inicio de lo desconocido; con la música y la proyección, el espectador pareció adentrarse a una atmósfera de soledad que tal vez le hizo recordar que el humano es un ser sociable y necesita la presencia de otras personas para sobrevivir. Esta sensación fue transmitida por el Ensamble Coral de la Universidad de Guanajuato que permaneció fuera de escena, fue el momento en que la música se apagó, se diluyó, se incorporó al éter, a la luminosidad, al brillo. Aquí, el público pareció haberse visto frente a lo sublime que embriaga.

Todo esto hizo sentir la OSUG, una orquesta pequeña, que bajo la cotidiana disciplina y la dirección de alguien como Catherine Larsen – Maguirre, suena como una agrupación gigantesca; solo así pudo montarse este proyecto que requiere una orquestación muy grande – casi 100 músicos- cuando el conjunto universitario apenas cuenta con 60.