Recuerdo aquel día en un foro de la ciudad, yo andaba de paso haciendo otras cosas en la zona y decidí pasar a saludar a un amigo que estaba en esos momentos manejando el audio del lugar. Adentro, estaba pasando algo poco habitual para ese espacio: una fiesta de oficinistas con una terrible banda de covers de los de siempre y disfrazados de acuerdo a la ocasión o lo que ellos pensaban que era estar de acuerdo a la ocasión, aunque los zapatos boleados, el cabello con gel o con luces, las lociones cargadas y muchas cosas más los delataban.

Contrastaban con nosotros, que sin esfuerzo nos mimetizábamos con las características del lugar y me imagino que fue como si un stripper vestido de policía se encontrara con un elemento de verdad o como aquella ocasión, en mis años de estudiante de antropología en la que nos invitaron a una reunión con gente externa de improviso a la que llegamos causando sensación, hasta el punto de pedirnos fotos, por lo realista de nuestros disfraces. Era una fiesta con temática hippie y les confieso que no estábamos enterados de eso, era un viernes cualquiera, con ponchos, huaraches, colguijes y gorritos.
Actualmente me sucede lo opuesto en el bachillerato donde trabajo, donde los policías (más avanzados en edad que yo) me han tratado un par de veces como alumna, pero los adolescente jamás, bajo ninguna circunstancia, aunque según mis propios parámetros me visto jovial y no estoy tan arrugada.
Les cuento esta serie de historias jocosas, para abordar un punto importante y que puede ayudar en aquellos días donde nos podemos llegar a sentir como impostores: la pertenencia es una especie de pátina, algo que solo se logra con el tiempo y que si bien tiene algo que ver con la apariencia, esta no es tan importante como la serie de códigos no escritos desarrollados a través de una historia, espacio, intereses y competencias en común, que no se pueden poner y quitar como una peluca. La buena noticia aquí es que si ya se está adentro, los que nos dejaron pasar nos consideran uno de ellos, el resto sólo es paciencia y convivencia. Se puede engañar a un novato, nos podemos engañar a nosotros mismos con el efecto Dunning – krugger, pero a un experto no.
