Un líder criminal, arropado por el dinero, la corrupción de sus autoridades y llevado por el capricho de construirle un zoológico a su hijo, decidió hasta Colombia a tres hipopótamos hembra y un macho. Se dice que para despistar a los perros policía, pues el excremento de los paquidermos al parecer oculta el olor a cocaína y aquí me pregunto yo: Si tuvo el suficiente poder para pasar un animal de semejantes dimensiones y tonelaje por enfrente de las narices de las autoridades de su país, ¿por qué querría esconder la mercancía? Delirante la cuestión.

Y esto sería tan solo una anécdota curiosa de esos criminales, si no fuera porque cuando lo capturaron los hipos, cuyo único delito era ser involuntariamente una especie invasora, quedaron abandonados durante estas cuatro décadas que nos separan de la era de las hombreras gigantes y el aerosol en exceso, sin depredadores y con comida.
Cómo era de esperarse, como el crimen organizado mismo, se reprodujeron de la manera más impune y endógama posible hasta lograr mutaciones que los hacen unos parias en el mundo de los hipopótamos y una amenaza al ecosistema en el que habitan que se encuentra indefenso y en crisis ante ellos. Atrapados por su peso, por su costo de esterilización, por su salvajismo y agresividad (son el animal más peligroso de África) se han vuelto un problema y un tema de discusión internacional.
Estos hipopótamos de la cocaína, como los llamó National Geographic, me pusieron a pensar en cómo funcionan los problemas sociales en general, crecen a la vista de todos, nadie se hace responsable, no le ven lo malo hasta que las consecuencias son gigantes, hasta que se salen de su circunscrito lugar de origen volviéndose imposibles de ignorar y para este punto, donde las medidas preventivas ya no sirven (pudieron esterilizar al primer macho en su momento y asunto acabado) y sólo queda la radicalidad o la resignación, todo el mundo cree que puede opinar, pero no están dispuestos a hacer nada más que evitar que los otros hagan nada.
Me recuerdan a cuando en mi antigua colonia, infestada de perros callejeros bastante agresivos que robaban las bolsas de basura, tenían las banquetas infestadas de heces y correteaban a los niños que salían a jugar, llegó control animal y de pronto aquellos famélicos, sarnosos y ferales animales ya tenía dueños dispuestos a pelear con los empleados por ellos. Después vino el subidón de amor para ellos, trastos con croquetas en la calle, uno que otro vistiendo una playera donada por algún buen samaritano, para después olvidarlos y seguir en sus asuntos.
La corrupción pesa más que un hipopótamo y es mucho más agresiva que ellos.
