El acento es como una deliciosa especia endémica, solo se da en un determinado lugar y además le da un sabor peculiar al habla, no he escuchado cosa más aburrida que un español neutro, de doblaje de programa para niños, de película de ciertos años, donde dicen “gaseosa”, “emparedado” y “baloncesto” con tono plano, sin modismos, sin contracciones, sin albures o juegos.

Como “Alexa”, pasivo agresivo, sin corazón como el google maps diciéndote que “en trescientos metros gires al poniente” como si en la vida cotidiana diéramos las direcciones así, sin alma, sin gracia, de robot.
Limpiar el léxico y pulir el acento es la derrota de la identidad, es volverte consumible, soso, similar a la comida rápida hecha para gustarle a todos, pero no demasiado, por ser asimilable, producido en masa y más allá de sentimentalismos que se generan más con que lo asociamos que con lo que es en sí mismo, bastante desechable y olvidable.
Es darle razón al colonialismo, al clasismo y con ellos a la discriminación, lo neutro, sospecho, es una imposición que o bien suena a las minorías dominantes que hablan español y al ser más internacionales se imponen o bien es la salsa que no pica, para complacer al posible consumidor de economía superior, creer que en una ciudad con millones el acento de los pocos que viven en Polanco es el correcto, proviene mucho más de la aspiración que de apegarse a la norma. No entender algún acento, no querer conocer modos distintos de hablar, palabras nuevas y su uso es una forma muy peculiar de perezoso desprecio al otro.
Me ha dado por seguir a creadores de contenido cultos, interesantes y que ostentan sin vergüenza sus acentos reales y me encantan, aprendo el doble sobre lo que hablan y el modo en que lo dicen, lo mismo me pasa con la música y con los amigos de distintas partes de la ciudad o del país. Yo misma mantengo mi acento del Azcapotzalco, de barrio, de mezcla de norteños y pueblos originarios y me siento en casa donde quiera que lo escucho, porque el acento es mostrar el código postal, es llevar la casa en la boca.
Se trata de una cuestión de identidad, de historia pues nos dice quienes habitaron antes que nosotros un lugar, también es generacional, es clase social, es educación. es político y anti hegemónico, nos recuerda de dónde venimos, con quienes crecimos y con quienes convivimos. Es la muestra de la diversidad humana, en pocas palabras, pero con mucho acento.
