El diplomático, escritor, poeta y periodista Renato Leduc nació en Tlalpan, Ciudad de México, el 16 de noviembre de 1897 y falleció en la misma ciudad el 2 de agosto de 1986. Parte de su esencia era ser irreverente y osaba utilizar palabras “groseras” en su habla cotidiana, su poesía y sus artículos periodísticos.
Decían que era “un cabrón bien hecho” y él se soslayaba de expresar con esas palabras que, respondía con citas de obras y autores, habían sido escritas por “los clásicos”.
Nació en el corazón de Tlalpan, en la emblemática cantina La Jalisciense. Fue nieto de un militar francés que llegó con las tropas de la Segunda Intervención e hijo del periodista Alberto Leduc.
Se casó tres veces: una boda por conveniencia con la artista surrealista británica Eleonora Carrington, luego con Altagracia Gómez y finalmente con Amalia Romero.
Con la Carrington contrajo matrimonio de conveniencia en 1941 en Lisboa para protegerla y otorgarle un salvoconducto tras huir de los nazis. Llegaron a México en 1942 y se divorciaron en 1943.
Con Altagracia tuvo tres hijos y Amalia fue madre de Patricia, quien lo convirtió en abuelo de Renata. Fue tío de Paul Leduc, destacado cineasta.
Alto y de carácter amable, coqueto y galante con las mujeres, es parte de la leyenda urbana de que desdeñó a la actriz María Félix. La leyenda dice que, en una convivencia, la actriz le soltó a bocajarro un “¿y por qué no nos casamos tú y yo”. La respuesta —si es que eso fue cierto— fue épica:
“¡No la chingues, María! Yo soy feliz siendo el señor Leduc y no quiero convertirme en señor Félix. Tú controlas a los hombres que se te acercan, deberías casarte con un tipo como (José) Stalin”.

De ella fue un entrañable amigo y padrino en dos de sus bodas, pero cuando ocurrió la petición amorosa, quizá a manera de broma, él le contestó —fiel a su estilo—: “No, María, yo no seré tu padrote”. Un ejemplo de su visión sobre el amor y el matrimonio:
Burguesa
Estoy muerto de risa porque tú me has dejado…
y es que mucho se aprende después de haber paseado
del brazo y por la calle con el proletariado.
No creí que favor tan ruin se me negase…
¡Acostarte conmigo…! Pero está bien.
No le hace.
Es que tienes muy poco espíritu de clase.
Yo practico el amor por los viejos resquicios…
Burguesa mojigata trufada de prejuicios…
¿Solicitar tu mano…? No conozco esos vicios…
La historia de Leduc como telegrafista de Pancho Villa ha sido muy difundida. En plena revolución tuvo una convivencia con el mítico John Reed, el periodista gringo autor de México Insurgente. La vida bohemia en París y México son parte de su leyenda. Renato Leduc presumía que intelectuales mexicanos de principios del siglo XX —entre ellos él mismo y Diego Rivera— aprendieron artes amatorias y ludismo sexual con las prostitutas de París.
Estudió la carrera de derecho en la antigua Escuela de Jurisprudencia y en sus aulas convivió con futuros presidentes, como Miguel Alemán y Adolfo López Mateos, y forjó una amistad inquebrantable con Alejandro Gómez Arias. Este último fue una figura histórica que lideró la autonomía de la UNAM en 1929 y el primer amor de juventud de Frida Kahlo. A él le dedicó el poema “Oda a la ciudad”, publicado en su libro “El aula” en 1929.
Trabajó en casi todos los periódicos de la época. Se le recuerda por su columna “Banqueta”, en Excélsior y sus crónicas taurinas en El Sol de México.
Como maestro de nuevas generaciones, Leduc dictó cinco reglas de oro inquebrantables para ejercer el oficio:
- No ser pendejo
- Darse cuenta de las cosas
- Analizar de dónde vienen los sucesos y su peso real
- Escribir con total objetividad y sinceridad
- Llamar a las cosas por su nombre: si un tipo es un auténtico hijo de la chingada, hay que decirlo como tal.
Fue Premio Nacional de Periodismo en 1977 y guía y forjador de periodistas de izquierda como Jorge Meléndez, Humberto Musacchio, José Reveles, Rogelio Hernández, Miguel Ángel Granados Chapa y Antonio Tenorio Adame. Junto a ellos fundó la Unión de Periodistas Democráticos (UPD) y se convirtió en su primer presidente entre 1975 y 1977.

Pero lo que nos trae a este recuerdo era su esencia de “mal hablado”
Por eso se le recuerda por el “Prometeo sifilítico”, obra de sarcástico y escatológico teatro escrito en su juventud en la década de 1930.
Fue publicado originalmente como “Prometeo o Prometeo mal encadenado” y es un irreverente poema dramático satírico, una parodia cruda y contracultural de la tragedia clásica de Esquilo.
El texto nació además como una respuesta satírica al idealismo nacionalista del «Prometeo liberado» propuesto por José Vasconcelos.
A diferencia del mito griego donde el titán roba el fuego elemental, el Prometeo de Leduc roba los secretos eróticos de los dioses. El titán enseña a los humanos corrientes 46 maneras distintas de hacer el amor. Antes de esto, la humanidad sólo conocía una posición sexual.
Similar la obra de Esquilo, Zeus condena a Prometeo a ser encadenado en un paraje lúgubre llamado Recabado. En lugar de un águila devorando su hígado, el tormento físico y la degradación del personaje están directamente ligados a las enfermedades venéreas y es sancionado con una enfermedad: la sífilis
Leduc, en su libreto teatral, utiliza el habla popular mexicana, vulgaridades y la ironía de los barrios bajos. Se dice que el autor escribió esta pieza en la célebre cantina “El Nivel”, del Centro Histórico de la ciudad de México. Es considerada una de las obras cumbre de la poesía obscena y de denuncia en el país. Consigue bajar el misticismo divino al terreno de los burdeles y la vida nocturna de los años treinta. He aquí un fragmento del excelso y soez libreto de la obra de marras:
CRATOS
(a Prometeo)
Por fin hemos llegado
al siniestro confín de Recabado.
Tú, padrote de putas miserables,
quedarás enclavado en esta roca,
un chancro fagedénico en tu boca
dejará cicatrices imborrables.
(a Hefestos)
Y tú, cojo cabrón, ya palideces
como si fueras a correr su suerte.
Átalo pronto, que si no, mereces
¡oh! ¡pendejo inmortal, que te dé muerte!
HEFESTOS
(para sí)
Yo no tengo la culpa de apreciarle,
juntos corrimos memorable juerga.
¡Oh miseria! ¡Oh dolor! Tener que atarle
de pies y manos, de pescuezo y verga.
El texto desafía la solemnidad del Olimpo y concluye con la más pura irreverencia mexicana cuando el Titán se dirige al mensajero Hermes con una frase lapidaria: «¡Mensajero fatal, chinga a tu madre!».
La escritura del Prometeo de Leduc es de una pulcritud impecable, fiel al estilo de un escritor que soltaba albures y majaderías con la cadencia de quien recita un poema, rematando a menudo sus frases con una sonora mentada de madre.
Carlos Monsiváis entendió que el uso frontal de estas “malas palabras” tenía en el tlalpense un propósito mucho más profundo y letal: servían para “crear los anticuerpos para devastar su odio predilecto: la cursilería”. Cuenta el periodista Fred Álvarez que cuando Monsiváis intentaba coronarlo como “el último bohemio” de México, Renato lo atajaba de inmediato: “No la chingues, Carlos… no soy Bohemia, soy de barril”. Octavio Paz quiso definirlo como “poeta del arrabal”
El señor Cu Delgado
Lo anterior es el preludio para entender más la anécdota motivo de este escrito:
Allá por 1943, quien esto redacta participó en una comida donde estaban presentes Renato Leduc y otro profeta de la injuria en la literatura: Rubén Salazar Mallén.
En aquella ocasión, Leduc contó que, tras la publicación de ciertas palabras en un artículo publicado en Excélsior, fue llamado a “platicar” desde la Secretaría de Gobernación por un interventor —que hacía funciones de censor— de nombre Arnulfo Cu Delgado. El funcionario lo citó en una cantina para platicar sobre el tema. Ésta es la versión del poeta:
“Me dijo que no era su intención censurarme, ni mucho menos; dijo que yo escribía muy bonito y que le gustaba leerme y que no le escandalizaban las palabras ‘fuertes´, pero que había personas que podían sentirse ofendidas por usar esas palabras.
Yo le expliqué que no se trataba de groserías, sino que eran palabras que estaban incluso en las obras de los clásicos, como en El Quijote de la Mancha de Cervantes. En insistió: hay niños que pueden ver el periódico y leer cosas inadecuadas para su edad.
Entonces me encabroné y le dije:
‘Mire, cabrón: usted se apellida “Cu” y en francés “cu” es culo (nota: en realidad se escribe “cul”, pero no se pronuncia la “l”). Si a esas vamos, su apellido es una grosería’”
La anécdota culminó con el relato de que ambos se pudieron ebrios.
Pese a todo lo anterior, Renato Leduc se asumía con modestia:
“No es cierto que yo sea el escritor más mal hablado de México: me gana Juanito de la Cabada (poeta chiapaneco). Era tan mal hablado que ya no le decíamos Juan de la Cabada, sino Juan de la Chingada”.
Salud, Renato.
