El espacio de Escipion

La ira de Trump

Amables cinco lectores: cada día del segundo mandato de Donald Trump parece diseñado para desafiar la lógica occidental y su modelo democrático, hoy sacudido por acusaciones anticipadas de fraude electoral; el orden mundial que los propios Estados Unidos impusieron a las naciones; la lealtad exigida a sus aliados de la posguerra —como la OTAN, a la que ahora ningunea— y, de paso, las reglas más elementales de la diplomacia. Amenazas, rupturas, aranceles y maltratos se distribuyen por igual entre socios, vecinos, amigos y enemigos, dentro y fuera del país. Porque Trump no sólo encarna al movimiento MAGA: parece considerarse también su profeta, su propietario y su departamento de antirrelaciones públicas.

Los quiere a todos sometidos a sus caprichos y a su particular visión del mundo. Y pocos, muy pocos, se atreven a rebelarse. Ahí están los sumisos cachorros del imperio, obedientemente cobijados bajo el manto del Escudo de las Américas, con una advertencia de por medio: si alguno de sus mandatarios se porta mal, irán tras él bajo la acusación de narcoterrorismo, el nuevo sello de la «certificación» estadounidense.

Tras un año y ocho meses de su segundo mandato —cinco años y nueve meses de gobierno en total—, cuesta encontrar en la historia reciente a un personaje tan soberbio, tan familiarizado con la contradicción, tan entregado a sus impulsos autocráticos, por momentos tan mesiánico y rodeado de tantas acusaciones que resulte increíble verlo aún como invencible. Entre ellas destaca la condena penal del 30 de mayo de 2024, cuando un jurado de Nueva York lo declaró culpable, por unanimidad, de 34 delitos graves de falsificación de registros comerciales. Y, pese a todo, volvió a ganar. Un detalle menor, al parecer, cuando se tienen suficientes votos y una corte de admiradores dispuesta a confundir impunidad con grandeza.

Nada de eso le impidió volver a ser candidato ni ocupar nuevamente la presidencia del (¿todavía?) país más poderoso del mundo. En 2016 se mofó de su propia inmunidad política al afirmar que podía plantarse en la Quinta Avenida, dispararle a alguien y no perder votantes. Diez años después, durante este segundo mandato, actualizó la ocurrencia: podía decir las cosas más estúpidas y sus seguidores lo aplaudirían. Al menos en materia de franqueza, nadie podrá acusarlo de modestia.

Con semejante soberbia y un talante autoritario que ya ni se molesta en disimular, Trump no se ha conformado con desafiar a las instituciones democráticas. Hoy, según las portadas de Los Angeles Times y The Washington Post, éstas se preparan ante eventuales prácticas fraudulentas del trumpismo en la próxima elección. A través de medios aliados y de las tecnoélites empresariales que dominan las benditas —o malditas— redes sociodigitales y la pomposamente llamada inteligencia artificial, ha dejado flotar incluso la posibilidad de desafiar el propio modelo político y buscar una tercera reelección. Sí, así como lo leen. Según esta doctrina de conveniencia, por encima de las instituciones estaría el interés supremo de «recuperar la grandeza» de Estados Unidos. Imperial, por supuesto; no vaya a confundirse con la grandeza democrática.

Sin embargo, el intento de convertir la excepción en permanencia empieza a desmoronarse por su propio peso. El invencible, el indestructible, el soberbio al que todo se le perdonaba en nombre de la salvación de la grandeza estadounidense comienza a enfrentar preguntas incómodas. Salen a la luz señalamientos sobre el sospechoso incremento de sus negocios y su fortuna, presuntamente favorecidos por un uso faccioso de la presidencia. Para colmo de sus ambiciones, en diversas ciudades se han reactivado las protestas en su contra y amenazan con crecer, como ya ocurrió con las movilizaciones provocadas por sus políticas antiinmigrantes. Qué ingrata costumbre la de la ciudadanía: hacerse escuchar justo cuando el gobernante preferiría administrar el aplauso.

Sus imposiciones ya no encuentran resistencia únicamente entre algunos republicanos. También los demócratas han optado por alejarse del centro y desplazarse hacia el progresismo y el izquierdismo de Bernie Sanders —si cabe llamarlo así—. Y, para sorpresa de quienes ya habían redactado su obituario político, la estrategia de los Demócratas Socialistas de América (DSA) empieza a rendir frutos, con victorias en Nueva York, Washington, Michigan y Florida. Más aún: el mexicoamericano Xavier Becerra se posiciona con una sólida ventaja en las encuestas para convertirse en el próximo gobernador de California.

Al mismo tiempo, los medios opositores —e incluso algunos aliados, con la previsible excepción de Fox News— cuestionan cada vez con mayor insistencia el crecimiento de su fortuna, sobre todo después de la intervención en Venezuela, la tolerancia hacia el gobierno de Netanyahu y, ahora, el acuerdo gasífero con Vladimir Putin. Negocios, geopolítica y patriotismo: una combinación siempre impecable mientras nadie pregunte quién cobra la factura.

Durante varios días, distintos medios han dado cuenta de la irritación de simpatizantes republicanos con su presidente, especialmente por su incapacidad para resolver la guerra contra Irán, su respaldo a Israel y el pacto con Rusia, que ha dejado desconcertados incluso a sus correligionarios. Gobernar para desorientar por igual a aliados y adversarios también parece ser una forma de liderazgo.

Este lunes, The Washington Post —el periódico del mismísimo Jeff Bezos— publicó su encuesta más reciente, con una conclusión nada amable para la Casa Blanca: «La baja popularidad de Trump otorga a los demócratas una ventaja de cara a las elecciones de mitad de mandato».

Los sondeos retratan un declive serio. La encuesta de The Washington Post / ABC News / Ipsos del 19 de octubre sitúa la aprobación de Trump en 33%, frente a 66% de desaprobación. En el voto genérico al Congreso, los demócratas aventajarían por ocho puntos a los republicanos. La de NBC News, del 18 de octubre, registra una preferencia de diez puntos a favor de los demócratas (55% frente a 45%). Y The Economist / YouGov coloca la aprobación presidencial en apenas 38%, contra 56% de desaprobación, con ventaja demócrata de 52% frente a 40% de los republicanos.

Cuando hasta el termómetro del poder marca fiebre, culpar al clima deja de resultar convincente. De ahí que Trump ya no disimule su enojo, su ira ni su malestar ante lo que podría venir: «Cuando vean los campanarios en llamas e incendios devastadores en Francia, recuerden que eso es lo que los demócratas radicales quieren hacerle a los Estados Unidos».

De cara a las elecciones intermedias del 3 de noviembre de 2026, distintos sondeos dibujan un panorama complicado para Donald Trump y conceden al Partido Demócrata una ventaja en la intención de voto al Congreso. Las urnas, esas incorregibles enemigas de los relatos triunfalistas, tendrán la última palabra.

Por supuesto, México y su gobierno permanecen atentos a los resultados y a las implicaciones que podrían traer consigo si el republicano descubre que toda su propaganda sobre la recuperación del imperialismo yanqui y la grandeza estadounidense tiene límites. Porque, a contracorriente de lo que sucede en el resto de América, donde una derecha ultraconservadora toma el poder, en Estados Unidos la tendencia podría ser inversa, siempre que las encuestas no fallen.

Así pues, la moneda sigue en el aire. Y los aires triunfalistas del prointervencionismo yanqui en las elecciones mexicanas podrían sufrir un revés considerable, para desgracia de una oposición derechista nacional que ya de por sí parece huérfana.

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