Resistencia a cambiar

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Cuando de cambiar se trata, en el propósito de mejorar el bienestar, un entusiasmo inmediato se hace presente. Gracias a esa actitud la persona decide acercarse o someterse a experiencias en las cuales confía encontrará la clave que mueva los factores de su actual situación. Sin embargo, de modo simultáneo suele aparecer también la resistencia, voluntaria o inconsciente, para tomar lo nuevo y al mismo tiempo para dejar atrás un determinado estado de cosas.

A fin de clarificar este hecho, se cuenta de una persona que asistía a un grupo terapéutico de constelaciones familiares cómo un día se acercó a Bert Hellinger y le dijo: “Estoy considerando seriamente dejar de asistir a estas reuniones, pues cada vez gasto más días y me cuesta más trabajo regresar a la condición en que me encontraba días antes de la sesión”. ¿Qué puede hacerse o decirse ante un hecho como ése?

Y es que las posibilidades del cambio también asustan, o lo que es lo mismo, para muchas personas resulta más fácil o cómodo seguir sufriendo o padeciendo un modo de vida adverso. Lo que en realidad inquieta es la posible pérdida de pertenencia. Me explico. El infortunio o el fracaso amoroso o la victimización o las agresiones, incluso las enfermedades, cumplen una función en la vida de las personas: las unen, según su idealización, a otras personas de su familia que tuvieron antes un destino difícil. Como se trata por lo regular de ancestros o de los padres, a veces ocurre que la persona vive como una traición, como una deslealtad, conquistar un nivel de bienestar mejor que el de sus familiares. Es como si pensara: “Mejorar mis condiciones de vida me haría diferente de mis parientes, me sentiría mal si los viera desde un punto mejor o más alto”.

De ahí que señale que puede percibirse como una traición aceptar las posibilidades del cambio y que sea más fácil continuar padeciendo. Esto último, por supuesto, es una ilusión infantil, cuyo falso cometido hace que la persona suponga que si ella se sacrifica acabará con el infortunio, con la enfermedad, con la mala estrella. Sin embargo, ocurre exactamente lo contrario: de esta manera no puede evitar lo que ya ocurrió y a la vez repite la desgracia que intenta conjurar, asimismo añade otro infortunio a uno anterior (de tal suerte que en lugar de una sola persona en desgracia, ahora hay dos), por último, lo que es muy importante, se niega a mirar lo actual, se resiste a asentir a lo nuevo.

En consecuencia, se requiere una buena dosis de determinación para decidirse a dar el paso y cambiar, valentía y humildad para dirigir el esfuerzo hacia lo presente en lugar de mirar hacia atrás. Humildad sobre todo para asentir a lo que dispone la vida misma, la cual a veces nos regala otra oportunidad, sobre todo cuando dejamos de lado toda resistencia. Y valentía para asentir a lo que dispone la vida misma, en cuyo orden tal vez esté dispuesto un nuevo rol para nosotros, a cambio del cual tenemos que dejar atrás lo que en verdad ya es pretérito. Valentía para sobreponernos al pensamiento mágico de la infancia, que aún subiste en la vida adulta porque suministra seguridad y permite deshacernos de la propia responsabilidad, y para intentar abrir los ojos y reconocer las cosas como son, por ejemplo que no hicimos lo que debíamos y dañamos a otra gente o que somos portadores de un sentimiento básico muy intenso que solemos reemplazar por otro más superficial que nos deja ver como agresivos o retraídos o escandalosos o muy religiosos.

En ese sentido, hace falta subrayar que el cambio no tiene lugar solamente en el despacho de un terapeuta, ocurre a cada instante con hechos más y menos inesperados, por ejemplo, cuando sustituyen a nuestro jefe y temblamos ante lo que viene, cuando nuestra pareja nos da muestras de estar alejándose de nosotros, cuando pasamos o reprobamos un examen, cuando decimos “sí” a alguna relación, cuando perdemos la billetera, en fin. De lo que se trataría, después de todo, es de no reclamar a Dios o a la vida o a la Fortuna por la manera en que ocurren las cosas, por supuesto, de un modo diferente a como nos gustaría que fuese. ¿Acaso alguien podría haber impedido las glaciaciones o la extinción de los dinosaurios?

Ese reclamo puede adquirir la forma del enojo o la tristeza o el desinterés, por señalar algo. A este respecto, la persona que asiente al flujo de los acontecimientos, sean como sean, hayan sido como hayan sido, experimenta una paz profunda. Sólo somos una parte de la vida y con nuestros actos, con nuestra existencia misma, servimos a la Vida, a la Gran Alma. En consecuencia, resistirse al cambio o temer a lo nuevo, implica el afán inútil de permanecer inocentes como niños, negarse a tomar la responsabilidad y las posibilidades de nuestros actos, naturalmente: negarse a crecer y a encarar la vida adulta, y claro no sintonizar con la dinámica fluidez de lo vivo y del amor, que son lo más grande y que nos llevan a cumplir nuestro destino, lo queramos o no.