Dedos divinos

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¿De qué tamaño tendrá qué ser el dedo que al interior del Partido Acción Nacional designe, elija, escoja, apunte, señale al ungido, a la candidata para una diputación local, o una Alcaldía, o más arribita, para los aspirantes al Senado de la República o a la Cámara Federal?

¿Qué tan larga y afilada deberá ser la uña de aquella extremidad que indique, literalmente con índice de fuego, a aquél que en su caso deba ser el candidato a gobernador, si las cosas o los escenarios se conjuran para ello porque no quede de otra?

¿Será efectivamente con el dedo índice que se apunte al elegido?

¿Por qué no usar el meñique, el pulgar, el anular o el gordo?

¿Hay alguna diferencia?

Nada más pregunto.

Padrón de militantes alterado. Decisión del Consejo Nacional del partido. Democracia interna. Métodos para evitar las rupturas.

En su transitar hacia las elecciones constitucionales, cada tres y cada seis años los partidos políticos nos muestran y nos demuestran cuán débiles son y cuánto les falta aún por recorrer en el camino institucional para convertirse en los modelos que sus principios y plataformas establecen.

O con cuánta facilidad sus dirigentes y candidatos pueden alejarse de esos principios doctrinarios y desvirtuarlos en aras del poder.

El PAN ha determinado que la elección de su candidato o candidata a la Presidencia de la República se hará mediante la consulta directa a su base de militantes y adherentes, esta última figura de simpatizantes en proceso de cumplir con los tiempos reglamentarios para pasar a ser de los primeros mencionados.

Y luego, con el argumento de que se han presentado irregularidades en el empadronamiento de nuevos militantes en varios estados, entre ellos en Guanajuato donde Acción Nacional tiene uno de sus bastiones inamovibles y sólidos de las últimas dos décadas (hasta ahora), pues el Consejo Nacional determina proponer y votar por una designación directa en el caso de 141 de los 300 distritos electorales federales, de los senadores y, en caso de ser necesario, en las diputaciones locales y alcaldías que tengan condiciones de riesgo para una contienda interna y sea menos costosa una entrega de la candidatura con previo destinatario.

No le pareció a Josefina Vázquez Mota la consulta a militantes para elegir al candidato a la Presidencia, y lo resaltó hasta en una carta formalmente entregada al presidente del partido Gustavo Madero. No le gustó a Santiago Creel. Ambos suenan convencidos de que la consulta directa —y no la abierta a la ciudadanía— despierta sus suspicacias porque parece hecha a modo para resolverle la vida a Ernesto Cordero, quien por ahora fuera del partido poco tiene que hacer.

Y dentro, también.

No le gustó al ex dirigente estatal Fernando Torres Graciano la decisión de designar a los candidatos al Senado. No le gustó tampoco al alcalde de León, Ricardo Sheffield Padilla. Suena a escenario propicio para cumplir con pactos y pagar los favores recibidos desde Los Pinos hasta las oficinas del DIF estatal, donde bajo la etérea y conveniente figura de presidenta del voluntariado despacha con manga ancha la esposa de quien sí es el titular del Ejecutivo, al menos constitucionalmente declarado.

¿Quién le va a pagar a quién?

¿Quién le va a cobrar a quién?

¿Dedazo mata encuestas?

¿El dedazo decidirá los frágiles equilibrios internos que hoy, en medio de tantas ambiciones desatadas, vive el Partido Acción Nacional?

Me preguntan qué ocurre en Guanajuato con el PRI y con el PRD.

Pues no mucho.

El primero está sentado esperando a que pase Peña Nieto y les pase un poco de oxígeno.

El segundo… no puede ni organizar una elección de consejeros y delegados.

*

Verónica Espinosa es periodista. Ha desarrollado una importante trayectoria en medios impresos y electrónicos de la región desde hace ya varios lustros. Actualmente es corresponsal del semanario Proceso en el estado. Con más de una década de emisiones radiofónicas a sus espaldas, Candil de la Calle, prestigiada columna de opinión, análisis y crítica política ahora llega cada miércoles a través de igeteo.mx por escrito, para descubrir la desnudez de la política y la observación acerada sobre la cosa pública.