Las cosas como son

Servir a la vida a través de los grupos

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En este tiempo, el nuestro, no hay persona libre de sujeciones a un grupo, a salvo del compromiso de ser leal al mismo y de procurar mantener su pertenencia. Desde el más indispensable, como la familia, hasta los más distantes o complementarios, como los grupos de ayuda o los grupos de estudios, nadie puede dejar de vivir en relación con otros y, en esa medida, de responder a lo que se requiere.

La lealtad, esa ley de fondo que regula los actos hacia algo o hacia alguien; la consciencia, entendida como el ánimo, como el impulso de pertenecer o de poner en riesgo la pertenencia con lo que se hace, más la vinculación y también la intensidad del dar y el tomar, constituyen los elementos claves en el logro de nuestra relaciones. Representan la oportunidad de preservarnos en compañía en nuestro viaje por el mundo y por la vida, y también llegan a ser en ocasiones factores de contención, de impedimento, de estorbo, de dificultad. Esto ocurre especialmente cuando permanecemos en tales grupos con los ojos cerrados, y con una ceguera semejante acatamos sus indicaciones, que llegan a ser como órdenes precisas.

Al cumplirlas, uno tiene la sensación de que está en el lugar adecuado, de ser acogido, de formar parte de algo más grande, de pertenecer. Sin embargo con alguna frecuencia aparece también algo de inconformidad, una leve molestia, que pueden crecer y hacerse grandes, debido a lo que se pierde, a la renuncia que ha tenido que hacerse. Muchas de las veces ocurre que el desarrollo de la vida personal lleva a una tal expansión que uno se siente constreñido por los marcos que antes le brindaba seguridad y apoyo, de tal suerte que ya no cabe; otras veces, el curso mismo del grupo acerca las ocasiones para que uno se retraiga y se dé cuenta de apetencias muy propias e interiores que habían estado soterradas y se preferiría ponerlas en buena sintonía. Como si uno mismo sintiera que ya no pertenece del todo a donde antes.

En ambos casos la cuestión es por demás interesante, pues trae como consecuencia lo que podríamos llamar “un síntoma”, una como sensación de culpa o de tristeza, de vigor y de atasco, de impulso y de negación. Una contrahechura, para decirlo rápido. Tal síntoma se pone al descubierto cuando la persona da muestras de querer más de algo pero se ve obligada a refrenarse, porque no tiene contexto para el caso, porque la detiene el qué dirán los demás, porque teme ser echada fuera, porque duda de su sensación interna. ¿Qué puedo hacer, dice, para ir por lo que quiero sin dañar a nadie? Un matrimonio que debe romperse, por ejemplo; un hijo que decide instalar su propia morada; un empresario que quiere hacer trabajo social para compartir su riqueza; un hombre de la política en pos del bien común, verdaderamente; una mamá en busca de su reinserción productiva después de cuidar a los hijos; un jugador con el deseo de integrar la nómina del mejor equipo de la liga.

En todos los ejemplos listados lo común es la sensación de culpa, de traición hacia el grupo del cual se parte. La causa es natural: se estableció con dicho grupo una vinculación, se recibió de él algún beneficio, incluso uno experimento cierto desarrollo en ese ambiente. Por eso cuesta desprenderse. Más todavía: sucede que la persona dejó de sentirse a sí misma para vivir lo del grupo. Así que la disyuntiva que subyace en el síntoma es clara. Lo relevante de este hecho sin embargo es encontrar la puerta de salida más apropiada para todos. En ese sentido, casi no hay posibilidad de irse sin sentir culpa, o lo que es lo mismo: el crecimiento lleva aparejada una dosis de culpa, y hay que aguantarla si se quiere trasponer el lindero donde se está.

Igualmente, hay que agradecer por todo lo recibido, con los ojos bien abiertos, y dejar gustosamente lo dado, como una forma de equilibrar el intercambio. Por último, hace falta confiar en las sensaciones internas, en el hambre interior, en el anhelo secreto del corazón, pues si los alcanza, la persona adquiere una fuerza diferente, se impregna de una energía especial, que es la del logro. Esta sería además la mayor conquista: la confianza en el propio ser que se es, a cuyo servicio uno puede transitar por la vida intentando situarse en las mejores posiciones, con claridad y decisión, con agradecimiento y compromiso. Por esta vía tal vez uno descubre que servir al grupo no es lo esencial, sino que a través de los grupos a los que uno pertenece se sirve a la vida. Y esta es una seguridad diferente, una determinación nueva, una certidumbre mayor.