Democracia Mediática

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Desde las definiciones griegas hasta la primera década del siglo XXI, la democracia, con su división de poderes, su urgencia de no solo ser un gobierno perfecto sino “practicable”, y la importancia de que ésta sea conducida por hombres de Estado[1], ha transitado históricamente por diversas transformaciones. Este ideal de gobierno, basado en la igualdad que da la libertad —no la riqueza ni el número— más allá de la diversidad cultural, de género, oficios, educación, o posesiones y el reclamo que exige equidad para con los diferentes; hoy por hoy se percibe en tremenda crisis. Los indignados y en general manifestantes[2] de todos los puntos cardinales, reclaman por el hecho de saberse excluidos frente a sistemas que constitucionalmente suponen un gobierno del pueblo, aunque prácticamente están al servicio de minorías. Concluida la era de Guerra Fría posterior a la segunda tragedia bélica mundial, el incipiente poder del pueblo —que en ocasiones se manejó como tiranía— se ha reducido a una especie de disfraz democrático, donde es justamente el pueblo quien carece de control acerca de lo que ocurre y le afecta en la convivencia diaria.

Esta conciencia social, alimentada en buena parte por el acceso a una gama más amplia y menos manipulada de información, ha sido el mejor caldo de cultivo para revueltas de toda índole, lo cual parece también resultar en beneficio de unos pocos poderes fácticos, que por lo mismo dejan una sensación generalizada de impotencia y hacen surgir en los seres humanos, las pasiones más deleznables, como en el caso de crímenes —de ambos bandos— en Libia. Egipto es uno de los casos más emblemáticos, no solo de la simulación sino de la imperfección democrática. Sin que al momento existan los elementos para conocer si las manifestaciones de principio del 2011 fueron resultado de una auténtica acción colectiva o de la manipulación interesada en la simple sustitución del gobierno que presidía Mubarak, el hecho es que “el pueblo” exigió un cambio y éste aparentemente se dio con el derrocamiento, la encarcelación y el juicio de quienes fueron objeto de una de las tres partes del método usado por el imperio para seguir controlando la vida política de cualquier país o ciudad: descalifica, enfrenta, sustituye.

Los ciudadanos de El Cairo —y lo mismo se puede decir de los de España, varios países árabes, ciudades estadounidense, africanas o latinoamericanas— salieron a acampar en primer lugar porque no tienen otra actividad como resultado del desempleo. Se les sumaron jóvenes que luego de crecer como los niños perdidos del país de nunca jamás, enfrentan una amarga realidad que los está condenando a una vida sin vida, como de robots o de Gamas del mundo feliz de Huxley. Igual tomaron parte gentes de clase media, agobiada por el alza de impuestos —predial, IVA, ISR, traslación de dominio, tenencia etc. —, costo de servicios —agua, luz, gas, etc. —, y exclusión de las decisiones importantes que les atañen. “Estas elecciones no transformarán a Egipto en una democracia”, recién declaró Ahmed Fauzi, activista que ha recogido percepciones de diversos grupos que hablan de “la confusión”, de una sensación “como si la revolución no hubiera ocurrido», de la falta de capacitación y de elementos jurídicos que permitan a “la comisión” hacer cumplir el mandato popular. Es como si después de la euforia de varias semanas de presión que terminaron en la caída de un gobernante, viejo e incapaz de responder a los intereses de los grupos que ahí le colocaron, vivieran la cruda por la violación de los derechos humanos, la ganancia en río revuelto, donde los propios manifestantes siguen siendo los peces, en suma: más de lo mismo aunque con diferentes actores.

Quizá el elemento más novedoso en estas manifestaciones, marchas y campamentos globalizados, se refiere a la protestas ya no solo contra gobiernos sino especialmente señalando a quienes se percibe como los causantes de esta desgracia para la raza humana. Sobre todo en los Estados Unidos, las masas —grandes o pequeñas, según quien haga la nota— señalan a los dueños del dinero. Acusan a los bancos, a los organismos financieros públicos y privados, a los especuladores y, a los que parecen ser sus empelados, presidentes, primeros ministros, legisladores y jueces que, por indicaciones de los primeros, reaccionan en contra de los seres libres, negándoles —por el retraso o por retorcer la ley— la justicia; excluyéndolos o satanizándolos con una maraña legislativa complicada; lanzándoles chorros agresivos de agua, bombas de diversos elementos químicos, balas y gases como si se tratara de enemigos y no de los ciudadanos miembros de una república a la cual gobiernan. Dicho en términos aristotélicos, han dejado de ser democracias puras —porque tienen y cumplen Constituciones para satisfacer el interés general y practican la justicia— para convertirse en aberraciones, que únicamente tienen en cuenta el interés de los gobernantes, y en los tiempos modernos esto incluye a poderes de facto. Este razonamiento es tan antiguo como La Política aristotélica, que al definir tal tipo de democracia imperfecta, señala los vicios de “corrupción de las buenas constituciones” y la aproximación de este tipo de gobiernos al poder del señor sobre los esclavos, por lo cual la ciudad deja de serlo para convertirse simplemente en una asociación de seres libres, con todos los riesgos que ello implica sobre todo por la ausencia de organización social y los efectos de la explosión demográfica.

Pero seres libres que se miran como un simple agregado y su condición de acotados; pues a fin de cuentas como en el caso de los comités ciudadanos del Distrito Federal en la república mexicana, o las asociaciones —IAP, AC, APL etc. — de diversa índole que, salvo malignas excepciones con la intención de evadir impuestos o promover el propio ego, son ignorados y objeto de burla cuando no de persecución; motivo por el cual deberán pasar por el tamiz de la lucha que los lleve a la organización y la altura de miras, a fin de convertirse en quienes nuevamente reencausen la vida institucional hacia una verdadera democracia que supere a la mediática.

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[1] “El hombre de estado además de las cualidades expresadas, debe ser capaz de mejorar la organización de un gobierno constituido”. La política, Aristóteles, libro Sexto Capítulo I.

[2] Estudiantes, migrantes, desempleados, empleados con suelos insuficientes etc.