Hechos en el alma, síntomas para el mundo

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En la configuración de los asuntos del alma, del espíritu, de la vida interior, los hechos desempeñan papeles bien diferenciados. En ocasiones basta un solo hecho para desencadenar una serie de infortunados sucesos en la vida de las personas, los cuales incluso pueden considerarse virtuosos. Así por ejemplo pasa con la muerte de papá o de mamá, o con el deceso de los abuelos cuando uno es apenas un pequeño. Es casi inmediato el movimiento del hijo o de la hija para colocarse a un costado del padre o de la madre, es decir, para sentirse su igual, y ocuparse a su manera del asunto, como si dijera para su adentros, estableciendo un compromiso “mejor yo en lugar de ti” o bien “yo te sigo”.

De esta forma, puede ser que ese hijo al crecer tenga una habilidad especial para relacionarse con personas mayores de su edad, digamos que situadas en el nivel de los padres, y que le cueste acomodarse con los de su generación. Otro de estos hechos es la separación de los padres, ocurrida a edades tempranas, con la consecuente separación familiar, y la necesaria toma de partido por uno de los padres. En estos casos, casi de inmediato emerge la idea, la sensación, de que entre los padres uno es bueno y otro es malo.

Esa descolocación provoca en el hijo o en la hija múltiples efectos, como desinterés en la escuela, como falta de ánimo para vivir, como adicciones, como enojo hacia compañeros de un sexo o de otro. La razón de esa conducta es que la persona quiere arreglar en su vida presente lo que su corazón pequeño aún mira vivo, si bien ocurrió hace años. Y además intenta vanamente arreglarlo en su propio cuerpo y en sus propias opciones, como si pudiera en efecto quitar de sí lo malo de uno de sus padres, suprimirlo para que se acabasen las dificultades. Estos síntomas con frecuencia se acentúan, sobre todo si los padres separados forman otras familias, o sólo uno lo hace, o engendran otros hijos y no son conocidos de de la anterior familiar.

En el otro lado, encontramos que varios hechos pueden dar lugar en una sola persona a un síntoma. El ejemplo lo ofrece una persona enferma, si bien con un cuadro clínico complicado en el que confluye la afección de varios órganos o sistemas. En algún caso hemos encontrado que esa persona toma en sí, a manera de sacrificio o de castigo o de expiación, varios asuntos pasados en su historia familiar, de los cuales ni siquiera conoce los detalles. Así, en la consulta pudimos ver (literalmente, a través de representantes personas o de figuras, no es cosa de magia o videncia), repito, pudimos ver a través de la imagen interior de pie a esa persona en medio de varios cuerpos tirados o dolientes, unos por muerte, otros cautivos del dolor, unos más carentes de atención.

En este caso, la persona esperaba, en la dimensión de un sueño infantil, con sus padecimientos liberar a sus parientes, más aún les sacrificaba el bienestar de órganos específicos a cada uno de sus familiares, como para no olvidarlos, como para hacerles un regalo de vida, como para brindarles compañía. Ahora bien, mirar esto en la consulta no implica que la persona sana de inmediato, pues hay acciones que se ponen en marcha y cumplen sus ciclos, y cuando queremos revertir sus efectos puede ser demasiado tarde. Y en esto juega también un papel importante esa sensación de deber cumplido, esa grandeza que a los ojos de los demás es inexplicable pero que a la persona entregada le llena interiormente, le satisface, le hace vivir aunque, contradictoriamente, esté acabando con su vida.

Es obvio que lo relatado sólo puede emerger en una consulta, cuando la persona tiene una necesidad clara y sitúa su voluntad en el camino de la posible solución. Y se llega a estas observaciones, a estas comprensiones, después de plantearse qué es lo que se quisiera que fuera diferente o que cambiara en la vida. La persona señala el síntoma y entonces hace falta esperar un poco para reconocer qué hecho está detrás de esa dificultad, de esa adversidad, recubierto por varias capas de otros hechos relacionados, ocurridos con el transcurso del tiempo, a los cuales no hace falta mirar siempre, pues lo que importa es volver a situarse, con las posibilidades actuales en el instante en que el sentimiento se hizo presente, en ese justo movimiento en que se congeló la visión, en que se detuvo la respiración, en que formuló un compromiso para la vida entera, en que se contuvieron las lágrimas y se apretaron los dientes o en que se dio rienda suelta al enojo.

Para decirlo con todas sus letras: situarse en ese preciso acto en que el amor se puso en riesgo, en que lo completo se resquebrajó. Y esto pudo ocurrir solamente en un abrir y cerrar de ojos, afectando para largo tiempo el tierno corazón de un hijo, de una hija sin experiencia, y con una necesidad evidente que no fue por esa razón resuelta. O pudo ocurrir en un proceso larvado que se continuó por semanas, meses, y aun años.